Seguimos al que pague

Archivo de Mayo 2009

por Ido Minaut el 26 de Mayo de 2009

Occipucio quiere invitarte a ti, fiel lector, a contribuir a la revolución de la estética, al nacimiento de una nueva Era, la aventura de la belleza. Sigue las instrucciones, paso a paso, y penetra en la felicidad…

Invernada

Tenía sótano, pero prefería utilizar cualquiera de las habitaciones libres de la planta alta. Subía y bajaba permanentemente, cargando un plato por vez; los dejaba en el piso, encimándolos alrededor de la silla en el centro de la habitación vacía. Por último, subía las gaseosas, tres o cuatro botellas de litro, y se las hacía tomar después del postre. Le gustaba eso del postre. Les decía sin mirarlas que no se habían portado tan mal como para quedarse sin el postre, aunque a veces las patadas, las mordidas y el llanto continuo le demandaban toda una mañana de trabajo. Él no se enojaba. Les daba de comer en la boca, bajándoles la mordaza negra con el pulgar y metiéndoles el tenedor o la cuchara colmados. Como con los platos, un bocado por vez. Al principio, ni bien les descubría los labios, ellas le escupían a la cara, empezaban a gritar desaforadamente, se retorcían en la silla, se quemaban las manos con la soga, hundiéndose la piel sucia por los días y el polvo y el sudor seco; algunas veces la violencia de la desesperación las hacía caer junto con la silla y se golpeaban la cabeza contra el piso, o se estrellaban contra los platos todavía llenos. Prevenido y en silencio, trapeaba el piso y las cabezas, repartiendo la sangre en un radio mayor, destiñéndola, confundiéndola con la madera y el pelo. Con el agua que sobraba del balde lavaba los alimentos salpicados. Después las levantaba y les daba de comer. Si estaban conscientes, repetía la operación de la mordaza, un bocado por vez. Si estaban desmayadas, les mantenía las mandíbulas abiertas con un destornillador corto y empezaba a tirar la comida dentro, mezclando las porciones de los platos y empujándolas alternativamente con la gaseosa y el mango de un martillo que recubría de goma espuma para no lastimarles la garganta.

A ellas les costaba más acostumbrarse al olor del cuarto, una mezcla cálida de pis, vómito, mierda, transpiración y perfume. Él limpiaba todo cada dos días, cambiándoles las mordazas manchadas de baba y vómito, humedeciéndoles el pecho con trapos mojados (estaban desnudas) y juntando en una bolsa plástica de supermercado los soretes que se acumulaban en la silla. Ellas contribuían regularmente al hedor liberando entre llantos, transformadas, las cantidades ingentes de comida y bebida que les hacía ingerir. El metabolismo se destruía despacio por la potencia del número; sus cuerpos, que al momento de entrar en la casa, no pasaban de los cuarenta kilos, recibían ocho comidas diarias de tres platos cada una, todas iguales: dados de grasa, palta, y flan con dulce de leche. A veces les daba pan. La combinación producía regurgitaciones espesas, de olor ácido, y el pis que les resbalaba por las piernas era espumoso y casi fluorescente. Los tres litros de gaseosa por día les pudrían los dientes al cabo de cuatro meses y las hinchaban como sapos.

Siempre las dejaba gritar. Se sentaba en una silla enfrente y las escuchaba atento. A veces se aburría, pero al notarlo volvía a mirar los gritos. Cuando se quedaban afónicas, las peinaba, acción que juzgaba terapéutica. No los coleccionaba, pero tenía una veintena de peines, muchos rosas o verde manzana, que iban quedando por la casa y que él metía, apilados por color, en el botiquín del baño. Mientras les alisaba el pelo con las manos, les hablaba del trabajo (era contador) o de programas de televisión. Si no se resistían (el segundo mes), les recordaba dónde y cuándo las había visto por primera vez: en aquél bar, a la salida de ese gimnasio, casualmente detrás de la ventana de alguna peluquería; perdido en esas ensoñaciones, se disculpaba cuando enredaba el peine en la sangre seca, prometiendo más cuidado.

Todos los sábados, después del tercer almuerzo, les pintaba las uñas de los pies, y a principios de mes, las manguereaba y las depilaba con técnica de orfebre, exhibiendo una paciencia sobrehumana hacia el movimiento continuo de las pantorrillas, las patadas, la huida del vientre cuando él subía a hacer los cavados. Las sogas, el cansancio y la obstinación dejaban, al cabo de dos horas, una piel lisa y humectada, que él olía y hacía oler satisfecho.

A los seis meses, estaban listas.

Le están mirando las manos para ver cómo goza

por Iacobus Tarqui el 26 de Mayo de 2009

“¡Qué flash!”, dijo nadie. Sí, claro, Flash, corré. Correte. Del medio. Pero no, se empeñaba en permanecer. Lo natural es, entonces, corretear hacia el mundo anti-real. Algunos piensan “publicar”. Otros proponen “crear”. No menos ceremoniosa es la discreta rutina del unas líneas por acá, unas firmitas por allá y listo. Aquí, Aqui, un Indiana Jones tan heroico como el pop, en busca de los Argonautas emancipados de Jasón que se le escaparon a Malinowski, esos que se entrometen en el acá, en el aquí, y se hacen los distraídos, con una perseverancia inofensiva y vulgar. Dos puntos.

Objeto de su goce

Subió la escalera, indiferente, cotidiano. La esperada sucesión de minúsculas liberaciones del regreso a casa amenazaba con repetirse, pero la presencia exagerada de un resto de cenizas sobre el agua del inodoro lo paró en seco. El meo se interrumpió, la uretra renunciaría al esfuerzo mientras aquel brusco espasmo hijo de la sorpresa se desplegara. Nadie debería haber estado allí, y el rito irrenunciable de tirar la cadena antes de salir prohibía la presencia de esos restos impunes. No había olor a tabaco. El techo se declaraba inocente: nada podría haberse desprendido de él. La forma de la ceniza era inconfundible, alguien había fumado –o, más inexplicable, simplemente tirado ceniza- aquí.

Conocía los rubios desde los catorce años, cuando fumar se había convertido en una extensión concomitante de su sociabilidad. El placer, fugaz, irrepetible, cambiaba de forma. En ocasiones, el signo indeleble del escape (él decía “salir a tomar aire”); otras tantas, el amable interlocutor del diálogo (“soy un fumador social” proclamaba, dogmático, mientras los otros, menos elocuentes, trocaban su impecable definición por la de “pelotudo”); unas menos, la indigna claudicación (“de algo hay que morirse, che”, y el “pelotudo” renacía automáticamente). Ahora tenía veintinueve, y los cigarrillos decoraban el interior de sus bolsillos con orgullo, pero sólo se mostraban resplandecientes fuera del baño, que era sagrado, alérgico a la pitada imprudente de un valiente prófugo de las prohibiciones.

Aqui (así le decían todos, a pesar de que sus padres, grandilocuentes restauradores de una supuesta heráldica hispano-helénica lo habían anotado heroicamente en el registro civil como Ramón Aquiles Pereira –con “i”, portugués, siempre aclaraban, como si importara, él (Aqui) y ellos), con la verga babeante, caminaba rebobinando, recuperando con la memoria una escena que no había visto. El periplo terminó contra la puerta entreabierta que, tozuda y enérgica, se negaba a abrazarse a unos azulejos vetustos. Sin proponérselo, la conciencia se reconstruyó de inmediato ante la presencia desproporcionada de un recipiente de porcelana sobre el borde derecho de un bidet cuya limpieza demencial parecía denunciar una cierta nostalgia del contacto con los culos, y ese rito diligente que implicaba sostenerlos, refrescarlos y penetrarlos sin mucho disimulo. Se impuso la intriga, y Aqui, semidesnudo, se propuso intentar un reconocimiento.
La hebilla del cinturón, mientras, como en un amor a primera vista, se había aferrado, traicionera, a una cerámica rota que con la misma propensión a la perfidia esperaba el momento de lacerar los pies descalzos de algún temerario sonámbulo. El cuerpo del cinturón, como todo organismo concebible, persiguió a su líder cefálico escapando torpemente pero sin vacilaciones de ese jean Levi’s viejo del que Aqui se avergonzaba (más lo avergonzaba que le gustara tanto) a medida que éste lo acompañaba, fiel (era un amor correspondido), camino al objeto misterioso.

De repente, una nueva interrupción, más ruidosa, menos interesante. El estruendo de un manojo de llaves doblegando con un esfuerzo sobreactuado la débil resistencia de la cerradura amenazaba con convertir la parsimonia de su andar de piernas abiertas, solemne, estúpido, pseudo-western (Aqui era fanático), en una burda sucesión de gags que harían recordar a ese clown pelado rosarino cuando se disfrazaba de curandero brasileño y escapaba a toda velocidad de maridos cornudos y padres justicieros. En cualquier momento alguien entraría y lo vería, en bolas (“con el pantalón bajo nada más, che”, nos reclamaría el protagonista, no sin razón), encorvado, extendidas sus dos manos con aire melodramático hacia un insípido recipiente de porcelana que en el mundo exterior los facilistas, los “objetivos”, suelen llamar (así ultrajan todo con su “realidad”) cenicero. La reacción debía ser inmediata e invisible. Las voces lejanas se mostraban fastidiosas pero suspiraban confianza en superar ese obstáculo que esos haraganes del carajo llaman puerta.

El primer paso (ante la urgencia, Aqui se volvía metódico) era rajar, salir del campo visual, pues la puerta del baño se oponía con una simetría perfecta a la puerta de entrada, signo de la rigurosa audacia de un arquitecto recién recibido. Cuando entraran (seguro que eran más de uno los intrusos –los intrusos eran ellos, por supuesto) lo verían en esa posición sodomita y circense, y Aqui debería interrumpir su trabajo de reconocimiento arqueológico. ¡Hacerle esto a él, un científico, un especialista en objetos misteriosos y cenizas inexplicables! El paso siguiente era, entonces, poner a salvo el objeto de su goce. El tercero era, naturalmente, proceder. Ni siquiera se planteaba la forma de la ejecución (él estaba para grandes cosas). No contaba, sin embargo, con la participación involuntaria de su cinturón desertor, que si no lo hubiera obligado a caer de nuca dentro del hueco que formaban la puerta caprichosa y los azulejos exigentes lo habría delatado sin remedio frente a los intrusos.

Sobrepuesto del porrazo, se creyó parado sobre el techo, que parecía oprimirlo contra un piso sólido y pegajoso. Sus piernas, ridículamente flexionadas, facilitaban el arrastre del Levi’s en busca de las rodillas erguidas; la verga lo regaba ahora impunemente (la uretra acondicionaba el stress) como una fuente escatológica apuntando con vocación pueril hacia el ombligo. El cinturón, culpable, se había replegado con vergüenza, sin despedirse como merecía de su amada cerámica rota. A simple vista, desde afuera, el baño parecía libre de Aquis.

Lo que llamamos puerta de entrada cedió, y los intrusos (finalmente eran dos, una mujer y un hombre: Aqui después diría que él lo había deducido) irrumpieron dentro de lo que consideraban “su casa”, imponiendo una atmósfera propietaria que habría sofocado al pobre Aqui si hubiera sido capaz de pensar en otra cosa que en la traición de su propio pene. El hombre declaró inmediatamente, como si “su casa” se lo hubiera preguntado, que “estaba fusilado”, y, acto seguido, corrió con pasitos cortos, exhibiendo su torpe disciplina espartana, directamente hacia la cama de ese dormitorio alejado y hermético (otra idea del arquitecto, dedicado trasgresor). La mujer, más discreta, se dirigió hacia el baño simétrico sin mirar atrás, ansiosa por responder, “por fin”, a las ganas de mear, que sólo retroceden ante el pudor, ahora inexistente en el calor de casita. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta; el hombre estaría ya aterrizando con su mejor expresión olímpica sobre la cama y durmiéndose en tiempo record, en busca de su merecida medalla dorada al pajero.
Aqui seguía ahogado en el desconcierto. El meo pronto empezaría a verse, fluvial, entre las cerámicas, como una serpiente olfateando en busca de un pozo en el cual esconderse, una vez rebasado ese ombligo poco profundo, y él sería descubierto (o él los descubriría a ellos, como le hubiera gustado decir) en bolas, presumiendo una perplejidad facial única, casi original.

Ella, en soberbia pose urinaria, no percibía ninguna alteración, ni parecía dispuesta a sospechar. Pero el cinturón, otra vez él, aceleró la dinámica persecutoria al deslizarse irremediablemente desde el pecho mojado de Aqui hacia el piso. El ruido metálico de la hebilla fue indisimulable, a su pesar (el de ella, claro). Miró hacia el origen del sonido y, rastreando, reconoció la suela sucia y gastada de una zapatilla Converse hija de una serie fabril discontinuada, más barata, a la altura del picaporte de la puerta. Presa de una despiadada confianza racionalista, accedió a construir el flamante objeto misterioso. Con una eficacia insólita, se imaginó a un tipo tirado de espaldas, en bolas, mirando el techo. Lo único que le resultaba inalcanzable era la expresión del rostro de ese hombre (tenía que ser un hombre). Pero tampoco podía saber si el objeto concebía que podía ser descubierto. Mi reino por una salida, se dijo, y optó por la más sencilla: el control.

Desde entonces, Aqui se dedica “las veinticuatro horas del día” (así dice, aunque todos sabemos que duerme algunas horitas) a extraer las verdades de su descubrimiento arqueológico, mientras la mujer, no menos descubridora, y el hombre cansado lo cobijan en ese toilette de autor, dándole cigarrillos (Aqui tira las cenizas religiosamente en la bañera, nunca en el inodoro), alimentándolo, amándolo.

Yo, Historiador

por Jonás, el Bombero Incendiario el 25 de Mayo de 2009

Una mañana, una tarde, una noche, después de Historiografía
Todos, Alguien
Universidad de Buenos Aires

Curioso. Estudio Historia. Freak!. Epa!, cómo freak! Deforme, gil, rarito! Sí, estudio historia; sí, resulta curioso. Pero…. y con eso se come? Y yo te re pregunto, como apurándote en una partida de truco, vos comiste todos estos años alimentándote con esas preguntas pelotudas? Chispita, cómo salta el pibe! Tranquilo papá, para algo estudias historia, para algo ejercitas tus gluteos en el arte de amoldar asientos de goma espuma. Sí, desmedido o, al menos, una respuesta no proporcional a la pregunta de ese viejito simpático (aunque seguramente detrás de esa sonrisa de full dentadura y con algunas pintitas de color amarillo, demostrando la salud de sus colmillos y muelas enjuiciadoras emergidas tres décadas atrás -como mínimo-, hacía piruetas un viejo bufarra con antecedentes fachos, gorilones y de pasos eventuales por el vampirismo chupa cabras). Pero, jellooouuuuu, y de la pregunta nadie se acuerda? La vamos a dejar ahí, colgando del pasamanos, como un little pendex lloriqueando porque su big papi (de big panza), en su único día de tutoría porque así lo dispuso esa turra –esa conchuda- de la jueza, obviously favoreciendo a la mamita, se colgó él también viendo esos pechos ejercitados, no precisamente del Van Dame de turno, sino de esa yegua que –se lamenta él- no da turnos y menos descuento o canjes por chiflidos mal elaborados y piropos cocinados en el taller mecánico o en la construcción de en frente para la victoria? No, no soporto los pibes lloriqueando, así que hay que pensar la respuesta, no para quedar bien con ese viejito –quien se está empezando a poner nervioso porque mi boca en realidad nunca esbozó una respuesta y simplemente permaneció abierta, dejando que las brisas de aire estomacal matutino le peinen ese mechón que todavía se aferra con dignidad a esa frente más que arrugada, lo que hace sospechar la presencia de un pegamento industrial-, sino porque realmente ese pendejo me está, se podría decir, puliendo el marote.

Hay algo de verdadera incomodidad en la pregunta del canoso. Puedo vivir de la historia? Si en el momento de elegir La Profesión, hubiese abierto el cofre de los recuerdos y, de ese modo, remontarme a mis felices años del tercer grado, para luego pulsar “STOP” en el instante en que mi compañerito Sheeler –descendiente de una noble familia campesina escocesa y practicante a te raja la tabla del protestantismo- sazonaba hojas de su cuaderno cuadriculado –que hacía las veces de soporte material para extensas composiciones literarias, extensas por su enormidad en la letra, algo así como un tamaño dieciocho del Microsoft Word aumentado a ciento cincuenta por ciento- con boligoma y les daba forma de sándwiches literarios que ingería con gusto, seguramente esta breve reflexión existencial sobre mi pasado, presente y futuro profesional-alimenticio no hubiese sido escrita jamás, con lo brusco que suena el “ás”.

Definitivamente fue una suerte de complejo lo que me llevó a la historia. Creo que se trata de un complejo lo que genera el campo magnético entre la historia y el historiador o el Paolo pensante. Un complejo, una incomodidad, una necesidad de –vaya la paradoja- de extemporalidad. Somos todos –principio básico de la generalización, impropio del oficio del historiador-, a pesar de nuestro common cutis juvenil, unos viejos jóvenes. Por mi parte, siempre creí que vivía en una época que no era la mía. Si pudiese elegir, me ubicaría en una época de boinas, tiradores y bastones innecesarios. Por su puesto, de base económica seleccionaríamos el capitalismo, eso está más que claro. En cuanto a la superestructura o la formación social, no hay una en particular que me atraiga más que otras, pero sin espacio textual para la duda, necesitaría una buena combinación de jerarquías naturales con una cuota importante de maneras y etiquetas de comportamiento. Pelucas blancas, bigotes que desafían la gravedad con la mecánica de una montaña rusa, caras empolvadas, lunares ficticios y todo el bagaje que implica el caretaje de Victoria y Versalles. Sí, nada de “muchacho” o “pibe”, más bien “Lord”, “Sir” o “Meussier”. Nada de cámaras digitales –ni siquiera polaroids-, solamente una Cámara de los Comunes y otra de Lores, los primos franceses de los Loros.

El complejo de extemporalidad o de desubicación temporal, claramente, implica una negación de la realidad. No significa que hayamos pasado una infancia problemática, sufrido abusos, maltratos, golpes. Ni tampoco que nuestros padres fuesen el primer eslabón en una cadena de mutaciones genéticas causadas por ser los primeros conejitos de india de las drogas masivas y democráticas, o por haber bailado al ritmo de los sonidos que emitía un tocadiscos con la música de Palito Ortega. La extemporalidad está más ligada a una sensación de placer, alejada de la razón, pegoteada a la excitación o a la falta de. Una dicotomía básica, simple: me aburro o me gusta. En mi caso, no leo el diario. Esa realidad tan del presente me fastidia y no porque aparezca en primera plana la foto de Chavez, Bush o la hembra que tenemos como presi –que hay que reconocerlo, suma unos puntitos más que los dos primeros-, que por separado me excitan poco y nada, aunque juntarlos en una porno sería meritorio de un buen balde de pochoclos. Me fastidia porque no logramos hacer inteligible el sentido. Y es en este punto donde el complejo extemporal del historiador se torna en misticismo. El pequeño aprendiz de historiador busca abandonar sus pecas de la primera infancia –si sos colorado cagaste, anda pensando en otra cosa pequeño aprendiz, tal vez ser maestra jardinera is suitable for you- para hacer un salto – en dirección al vacío-  y desde un trampolín ubicarse en el Olimpo creador de todas las historias. El historiador quiere reescribir la historia porque quiere reescribir su historia. Pero el capítulo final lo sumerge en una depresión insalvable. El historiador, ese literato naive, comprende que ese sentido que buscaba, of course, no existe. Porque desde que renunciamos a mamársela a Marx, ni tenemos más anales rotos o pijasos de larga duración, nos dimos cuenta que la historia, la vida, la existencia, es un polvo de corta duración, un instante de eyaculación y felicidad o de impotencia y frustración, un instante de mayor dureza o flacidez. Y por eso nunca, y digo nunca como nunca lo hice antes, vamos a ser creadores, ni dioses de nuestra existencia. Permaneceremos siendo siempre, eternamente, pequeños jóvenes disconformes de pecas púber, mientras nos miramos al espejo, aterrados como Dorian a su retrato. Entendiste viejo bufarra de qué voy a vivir cuando me dedique a la historia? Ah, por poco me olvido, son cinco pesitos por el chori y la coca, y ahí tiene chimichurri si quiere servirse. Si tiene cambio, se lo agradezco. Alguien puede callar al pendejo!

Dedicado y teledirigido a mis amigos, los historiadores del infierno.

 

Palabras claves: Teoría y Filosofía de la Historia – Choripete – Viejo bufarra – Qué estás viendo, loco?

Key Words: Theory and Filosofy of History – Choripeter – Old bufarra – What are you looking at, you crazy guy?