Yo, Historiador
Escrito por Jonás, el Bombero Incendiario el 25 de Mayo de 2009 y categorizado como Gente Seria.
Una mañana, una tarde, una noche, después de Historiografía
Todos, Alguien
Universidad de Buenos Aires
Curioso. Estudio Historia. Freak!. Epa!, cómo freak! Deforme, gil, rarito! Sí, estudio historia; sí, resulta curioso. Pero…. y con eso se come? Y yo te re pregunto, como apurándote en una partida de truco, vos comiste todos estos años alimentándote con esas preguntas pelotudas? Chispita, cómo salta el pibe! Tranquilo papá, para algo estudias historia, para algo ejercitas tus gluteos en el arte de amoldar asientos de goma espuma. Sí, desmedido o, al menos, una respuesta no proporcional a la pregunta de ese viejito simpático (aunque seguramente detrás de esa sonrisa de full dentadura y con algunas pintitas de color amarillo, demostrando la salud de sus colmillos y muelas enjuiciadoras emergidas tres décadas atrás -como mínimo-, hacía piruetas un viejo bufarra con antecedentes fachos, gorilones y de pasos eventuales por el vampirismo chupa cabras). Pero, jellooouuuuu, y de la pregunta nadie se acuerda? La vamos a dejar ahí, colgando del pasamanos, como un little pendex lloriqueando porque su big papi (de big panza), en su único día de tutoría porque así lo dispuso esa turra –esa conchuda- de la jueza, obviously favoreciendo a la mamita, se colgó él también viendo esos pechos ejercitados, no precisamente del Van Dame de turno, sino de esa yegua que –se lamenta él- no da turnos y menos descuento o canjes por chiflidos mal elaborados y piropos cocinados en el taller mecánico o en la construcción de en frente para la victoria? No, no soporto los pibes lloriqueando, así que hay que pensar la respuesta, no para quedar bien con ese viejito –quien se está empezando a poner nervioso porque mi boca en realidad nunca esbozó una respuesta y simplemente permaneció abierta, dejando que las brisas de aire estomacal matutino le peinen ese mechón que todavía se aferra con dignidad a esa frente más que arrugada, lo que hace sospechar la presencia de un pegamento industrial-, sino porque realmente ese pendejo me está, se podría decir, puliendo el marote.
Hay algo de verdadera incomodidad en la pregunta del canoso. Puedo vivir de la historia? Si en el momento de elegir La Profesión, hubiese abierto el cofre de los recuerdos y, de ese modo, remontarme a mis felices años del tercer grado, para luego pulsar “STOP” en el instante en que mi compañerito Sheeler –descendiente de una noble familia campesina escocesa y practicante a te raja la tabla del protestantismo- sazonaba hojas de su cuaderno cuadriculado –que hacía las veces de soporte material para extensas composiciones literarias, extensas por su enormidad en la letra, algo así como un tamaño dieciocho del Microsoft Word aumentado a ciento cincuenta por ciento- con boligoma y les daba forma de sándwiches literarios que ingería con gusto, seguramente esta breve reflexión existencial sobre mi pasado, presente y futuro profesional-alimenticio no hubiese sido escrita jamás, con lo brusco que suena el “ás”.
Definitivamente fue una suerte de complejo lo que me llevó a la historia. Creo que se trata de un complejo lo que genera el campo magnético entre la historia y el historiador o el Paolo pensante. Un complejo, una incomodidad, una necesidad de –vaya la paradoja- de extemporalidad. Somos todos –principio básico de la generalización, impropio del oficio del historiador-, a pesar de nuestro common cutis juvenil, unos viejos jóvenes. Por mi parte, siempre creí que vivía en una época que no era la mía. Si pudiese elegir, me ubicaría en una época de boinas, tiradores y bastones innecesarios. Por su puesto, de base económica seleccionaríamos el capitalismo, eso está más que claro. En cuanto a la superestructura o la formación social, no hay una en particular que me atraiga más que otras, pero sin espacio textual para la duda, necesitaría una buena combinación de jerarquías naturales con una cuota importante de maneras y etiquetas de comportamiento. Pelucas blancas, bigotes que desafían la gravedad con la mecánica de una montaña rusa, caras empolvadas, lunares ficticios y todo el bagaje que implica el caretaje de Victoria y Versalles. Sí, nada de “muchacho” o “pibe”, más bien “Lord”, “Sir” o “Meussier”. Nada de cámaras digitales –ni siquiera polaroids-, solamente una Cámara de los Comunes y otra de Lores, los primos franceses de los Loros.
El complejo de extemporalidad o de desubicación temporal, claramente, implica una negación de la realidad. No significa que hayamos pasado una infancia problemática, sufrido abusos, maltratos, golpes. Ni tampoco que nuestros padres fuesen el primer eslabón en una cadena de mutaciones genéticas causadas por ser los primeros conejitos de india de las drogas masivas y democráticas, o por haber bailado al ritmo de los sonidos que emitía un tocadiscos con la música de Palito Ortega. La extemporalidad está más ligada a una sensación de placer, alejada de la razón, pegoteada a la excitación o a la falta de. Una dicotomía básica, simple: me aburro o me gusta. En mi caso, no leo el diario. Esa realidad tan del presente me fastidia y no porque aparezca en primera plana la foto de Chavez, Bush o la hembra que tenemos como presi –que hay que reconocerlo, suma unos puntitos más que los dos primeros-, que por separado me excitan poco y nada, aunque juntarlos en una porno sería meritorio de un buen balde de pochoclos. Me fastidia porque no logramos hacer inteligible el sentido. Y es en este punto donde el complejo extemporal del historiador se torna en misticismo. El pequeño aprendiz de historiador busca abandonar sus pecas de la primera infancia –si sos colorado cagaste, anda pensando en otra cosa pequeño aprendiz, tal vez ser maestra jardinera is suitable for you- para hacer un salto – en dirección al vacío- y desde un trampolín ubicarse en el Olimpo creador de todas las historias. El historiador quiere reescribir la historia porque quiere reescribir su historia. Pero el capítulo final lo sumerge en una depresión insalvable. El historiador, ese literato naive, comprende que ese sentido que buscaba, of course, no existe. Porque desde que renunciamos a mamársela a Marx, ni tenemos más anales rotos o pijasos de larga duración, nos dimos cuenta que la historia, la vida, la existencia, es un polvo de corta duración, un instante de eyaculación y felicidad o de impotencia y frustración, un instante de mayor dureza o flacidez. Y por eso nunca, y digo nunca como nunca lo hice antes, vamos a ser creadores, ni dioses de nuestra existencia. Permaneceremos siendo siempre, eternamente, pequeños jóvenes disconformes de pecas púber, mientras nos miramos al espejo, aterrados como Dorian a su retrato. Entendiste viejo bufarra de qué voy a vivir cuando me dedique a la historia? Ah, por poco me olvido, son cinco pesitos por el chori y la coca, y ahí tiene chimichurri si quiere servirse. Si tiene cambio, se lo agradezco. Alguien puede callar al pendejo!
Dedicado y teledirigido a mis amigos, los historiadores del infierno.
Palabras claves: Teoría y Filosofía de la Historia – Choripete – Viejo bufarra – Qué estás viendo, loco?
Key Words: Theory and Filosofy of History – Choripeter – Old bufarra – What are you looking at, you crazy guy?
