Le están mirando las manos para ver cómo goza
Escrito por Iacobus Tarqui el 26 de Mayo de 2009 y categorizado como Gente Seria.
“¡Qué flash!”, dijo nadie. Sí, claro, Flash, corré. Correte. Del medio. Pero no, se empeñaba en permanecer. Lo natural es, entonces, corretear hacia el mundo anti-real. Algunos piensan “publicar”. Otros proponen “crear”. No menos ceremoniosa es la discreta rutina del unas líneas por acá, unas firmitas por allá y listo. Aquí, Aqui, un Indiana Jones tan heroico como el pop, en busca de los Argonautas emancipados de Jasón que se le escaparon a Malinowski, esos que se entrometen en el acá, en el aquí, y se hacen los distraídos, con una perseverancia inofensiva y vulgar. Dos puntos.
Objeto de su goce
Subió la escalera, indiferente, cotidiano. La esperada sucesión de minúsculas liberaciones del regreso a casa amenazaba con repetirse, pero la presencia exagerada de un resto de cenizas sobre el agua del inodoro lo paró en seco. El meo se interrumpió, la uretra renunciaría al esfuerzo mientras aquel brusco espasmo hijo de la sorpresa se desplegara. Nadie debería haber estado allí, y el rito irrenunciable de tirar la cadena antes de salir prohibía la presencia de esos restos impunes. No había olor a tabaco. El techo se declaraba inocente: nada podría haberse desprendido de él. La forma de la ceniza era inconfundible, alguien había fumado –o, más inexplicable, simplemente tirado ceniza- aquí.
Conocía los rubios desde los catorce años, cuando fumar se había convertido en una extensión concomitante de su sociabilidad. El placer, fugaz, irrepetible, cambiaba de forma. En ocasiones, el signo indeleble del escape (él decía “salir a tomar aire”); otras tantas, el amable interlocutor del diálogo (“soy un fumador social” proclamaba, dogmático, mientras los otros, menos elocuentes, trocaban su impecable definición por la de “pelotudo”); unas menos, la indigna claudicación (“de algo hay que morirse, che”, y el “pelotudo” renacía automáticamente). Ahora tenía veintinueve, y los cigarrillos decoraban el interior de sus bolsillos con orgullo, pero sólo se mostraban resplandecientes fuera del baño, que era sagrado, alérgico a la pitada imprudente de un valiente prófugo de las prohibiciones.
Aqui (así le decían todos, a pesar de que sus padres, grandilocuentes restauradores de una supuesta heráldica íberohelénica lo habían anotado heroicamente en el registro civil como Ramón Aquiles Pereira –con “i”, portugués, siempre aclaraban, como si importara, él (Aqui) y ellos), con la verga babeante, caminaba rebobinando, recuperando con la memoria una escena que no había visto. El periplo terminó contra la puerta entreabierta que, tozuda y enérgica, se negaba a abrazarse a unos azulejos vetustos. Sin proponérselo, la conciencia se reconstruyó de inmediato ante la presencia desproporcionada de un recipiente de porcelana sobre el borde derecho de un bidet cuya limpieza demencial parecía denunciar una cierta nostalgia del contacto con los culos, y ese rito diligente que implicaba sostenerlos, refrescarlos y penetrarlos sin mucho disimulo. Se impuso la intriga, y Aqui, semidesnudo, se propuso intentar un reconocimiento.
La hebilla del cinturón, mientras, como en un amor a primera vista, se había aferrado, traicionera, a una cerámica rota que con la misma propensión a la perfidia esperaba el momento de lacerar los pies descalzos de algún temerario sonámbulo. El cuerpo del cinturón, como todo organismo concebible, persiguió a su líder cefálico escapando torpemente pero sin vacilaciones de ese jean Levi’s viejo del que Aqui se avergonzaba (más lo avergonzaba que le gustara tanto) a medida que éste lo acompañaba, fiel (era un amor correspondido), camino al objeto misterioso.
De repente, una nueva interrupción, más ruidosa, menos interesante. El estruendo de un manojo de llaves doblegando con un esfuerzo sobreactuado la débil resistencia de la cerradura amenazaba con convertir la parsimonia de su andar de piernas abiertas, solemne, estúpido, pseudo-western (Aqui era fanático), en una burda sucesión de gags que harían recordar a ese clown pelado rosarino cuando se disfrazaba de curandero brasileño y escapaba a toda velocidad de maridos cornudos y padres justicieros. En cualquier momento alguien entraría y lo vería, en bolas (“con el pantalón bajo nada más, che”, nos reclamaría el protagonista, no sin razón), encorvado, extendidas sus dos manos con aire melodramático hacia un insípido recipiente de porcelana que en el mundo exterior los facilistas, los “objetivos”, suelen llamar (así ultrajan todo con su “realidad”) cenicero. La reacción debía ser inmediata e invisible. Las voces lejanas se mostraban fastidiosas pero suspiraban confianza en superar ese obstáculo que esos haraganes del carajo llaman puerta.
El primer paso (ante la urgencia, Aqui se volvía metódico) era rajar, salir del campo visual, pues la puerta del baño se oponía con una simetría perfecta a la puerta de entrada, signo de la rigurosa audacia de un arquitecto recién recibido. Cuando entraran (seguro que eran más de uno los intrusos –los intrusos eran ellos, por supuesto) lo verían en esa posición sodomita y circense, y Aqui debería interrumpir su trabajo de reconocimiento arqueológico. ¡Hacerle esto a él, un científico, un especialista en objetos misteriosos y cenizas inexplicables! El paso siguiente era, entonces, poner a salvo el objeto de su goce. El tercero era, naturalmente, proceder. Ni siquiera se planteaba la forma de la ejecución (él estaba para grandes cosas). No contaba, sin embargo, con la participación involuntaria de su cinturón desertor, que si no lo hubiera obligado a caer de nuca dentro del hueco que formaban la puerta caprichosa y los azulejos exigentes lo habría delatado sin remedio frente a los intrusos.
Sobrepuesto del porrazo, se creyó parado sobre el techo, que parecía oprimirlo contra un piso sólido y pegajoso. Sus piernas, ridículamente flexionadas, facilitaban el arrastre del Levi’s en busca de las rodillas erguidas; la verga lo regaba ahora impunemente (la uretra acondicionaba el stress) como una fuente escatológica apuntando con vocación pueril hacia el ombligo. El cinturón, culpable, se había replegado con vergüenza, sin despedirse como merecía de su amada cerámica rota. A simple vista, desde afuera, el baño parecía libre de Aquis.
Lo que llamamos puerta de entrada cedió, y los intrusos (finalmente eran dos, una mujer y un hombre: Aqui después diría que él lo había deducido) irrumpieron dentro de lo que consideraban “su casa”, imponiendo una atmósfera propietaria que habría sofocado al pobre Aqui si hubiera sido capaz de pensar en otra cosa que en la traición de su propio pene. El hombre declaró inmediatamente, como si “su casa” se lo hubiera preguntado, que “estaba fusilado”, y, acto seguido, corrió con pasitos cortos, exhibiendo su torpe disciplina espartana, directamente hacia la cama de ese dormitorio alejado y hermético (otra idea del arquitecto, dedicado trasgresor). La mujer, más discreta, se dirigió hacia el baño simétrico sin mirar atrás, ansiosa por responder, “por fin”, a las ganas de mear, que sólo retroceden ante el pudor, ahora inexistente en el calor de casita. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta; el hombre estaría ya aterrizando con su mejor expresión olímpica sobre la cama y durmiéndose en tiempo record, en busca de su merecida medalla dorada a la sobreactuación.
Aqui seguía ahogado en el desconcierto. El meo pronto empezaría a verse, fluvial, entre las cerámicas, como una serpiente olfateando en busca de un pozo en el cual esconderse, una vez rebasado ese ombligo poco profundo, y él sería descubierto (o él los descubriría a ellos, como le hubiera gustado decir) en bolas, presumiendo una perplejidad facial única, casi original.
Ella, en soberbia pose urinaria, no percibía ninguna alteración, ni parecía dispuesta a sospechar. Pero el cinturón, otra vez él, aceleró la dinámica persecutoria al deslizarse irremediablemente desde el pecho mojado de Aqui hacia el piso. El ruido metálico de la hebilla fue indisimulable, a su pesar (el de ella, claro). Miró hacia el origen del sonido y, rastreando, reconoció la suela sucia y gastada de una zapatilla Converse hija de una serie fabril discontinuada, más barata, a la altura del picaporte de la puerta. Presa de una despiadada confianza racionalista, accedió a construir el flamante objeto misterioso. Con una eficacia insólita, se imaginó a un tipo tirado de espaldas, en bolas, mirando el techo. Lo único que le resultaba inalcanzable era la expresión del rostro de ese hombre (tenía que ser un hombre). Pero tampoco podía saber si el objeto concebía que podía ser descubierto. Mi reino por una salida, se dijo, y optó por la más sencilla: el control.
Desde entonces, Aqui se dedica “las veinticuatro horas del día” (así dice, aunque todos sabemos que duerme algunas horitas) a extraer las verdades de su descubrimiento arqueológico, mientras la mujer, no menos descubridora, y el hombre cansado lo cobijan en ese toilette de autor, dándole cigarrillos (Aqui tira las cenizas religiosamente en la bañera, nunca en el inodoro), alimentándolo, amándolo.

Occipucio dice:
¿Vos, Historiador? ¿Profeta no?
26 de Mayo de 2009 a las 21:54