Residuos de Abel
Escrito por Iacobus Tarqui el 12 de Junio de 2009 y categorizado como Gente Seria.
Claro, se huele la náusea post-Deus-mortem. Es eso, huele. Así, inficionados, los veloces, esos que se animan a reconstruir la latencia, asesinan a los pírricos diseñadores de Cronos, que sigue comiéndose a sus criaturas, a sus destinos. Qué suerte, algunos nacen muertos. Por culpa de H.
Uno se acostaba, quería acostarse. Otro reconocía estrategias imponderables, denunciaba la artificialidad de las pulsiones. Uno recordaba. Otro resumía la historia en una perfecta combinación de fuegos congelados. La seguridad de las percepciones los comunicaba y se desentendían con ferocidad. La patológica sobriedad del descanso, la ansiosa frialdad de las conquistas. Para Uno, la omnipresencia de las humillaciones; para Otro, la irresistible desviación del ensueño. Un lecho saturado de deseos, Otro asqueado de apariciones.
Nacieron del mismo vientre, de la misma expectativa. Como cenizas de dos ocasionales y discretas huidas seminales, se vieron envueltos en una fábula industrial, que los obligó a reconocerse tarde, o demasiado a tiempo. Cuando estuvieron cara a cara ya se sabían triturados, imposibles. Unas palabras parecieron comunicarlos, hasta sonrieron sospechándose sinceros. Ensayaron alejarse con premeditadas vacilaciones de los cadalsos retrospectivos. Por un momento se creyeron juntos, hermanos. Uno pensó en la solidaridad, Otro en la complicidad. (Eran jóvenes, todavía podían). El espejismo terminó pronto, estalló y los laceró con tanta inocencia que el desenlace desnudó un conato de heroísmo.
Nunca más volvieron a creerse comunicados. Intercambiaron palabras, gestos, y uno (Uno) simuló sonreír, como homenaje, o tal vez como parodia, de aquel encuentro traumático, inmemorial. La sonrisa era la señal de despegue, el signo de la tensión, también del engaño. Por eso, precisamente por eso, decidían volver a verse; se seguirían mintiendo con cruel obstinación. La insistencia parecía un cálculo alegórico: Uno sabía que en el fondo era humano, Otro lamentaba la misma fatalidad, ejercitando el orgulloso arte de la excepción. Cada abrazo, cada intercambio circunstancial, los volvía eso, humanos, insoportables.
Así celebraron el mundo. Presas de vicisitudes y despojos, se entregaron a los rastros de sus posibilidades. Uno eligió las letras y las tetas para seguir sonriendo, para seguir; Otro persiguió el origen de las calamidades, las firmes pistas del desconcierto. Uno deseaba: cazaba felaciones oportunas y raptos eróticos, genitales. Otro nunca deseó, su misión era una ruptura definitiva.
Las formas no eran menos interesantes que las sustancias. Uno se regalaba descargas entre las sábanas, encantadoras tangentes de lo genuino. Para Otro era tarde, reconocía la inaccesibilidad del goce: eligió ser sincero, brutal, antihumano. Uno “interactuaba”, penetraba sus ordinarias aspiraciones. Otro no, la renuncia era demasiado infinita como para reconsiderarla.

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ Ombligo Verde Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dice:
Me gustó que para Otro sea demasiado tarde, hasta para castigar las sábanas, por ende excesivamente tarde para todo -hasta para cianuro y terminarla de una vez-.
Me gustó, supongo que por lo odioso de los espejos, definitivamente no entiendo el encanto de mirar a otro y verse reflejado.
Si tengo que elegir entre los dos, la verdad es que me quedo con Otro, Uno es demasiado. Así que espero saber qué fue de Otro en una pronta secuela.
13 de Junio de 2009 a las 13:49