rendres – Macabros los rincones de la seudonimia
Escrito por Brendam Melkiam el 13 de Junio de 2009 y categorizado como Gente Seria.
Una vez pensé, hace tiempo ya, escribir una biografía de un personaje inventado. Como ya tenía uno, pensé en él. Pero después me di cuenta de que sólo tenía un nombre, Brendam Melkiam, y no un ser. Jamás delineé una personalidad para él, jamás pensé cómo podría tomar forma su existencia. ¿Cómo sería? Tengo la posibilidad de crear una persona, darle un sentido. Ya tengo su nombre, ¿ahora qué? Es el procedimiento inverso a nuestra propia vida, ¿te das cuenta? Yo inventé un nombre para él, pero él no existe. La realidad invierte los términos: yo creo un ser y luego le doy un nombre. Así debe ser, así debe funcionar. ¿Así debe ser? ¿Así debe funcionar? ¿Qué clase de arbitrio es ese? ¿Quién demonios me dio a mi el poder de dar existencia? Nadie. Simple, contundente: nadie. Sin embargo lo haré, porque lo hacen todos. Aparentemente es el ciclo de la vida. ¿Y qué?
El caso es que yo creé una una persona que no tiene ser. Creé una forma que no tiene contenido. Sólo tiene rótulo, denominación. ¿Cuándo demonios le daré vida? ¿Quién demonios me pide que lo haga? Cuando se la dé, ¿la querrá? Esto mismo lo cuestiono para la humanidad. ¿Quién me pide que le de vida a mi hijo? Una vez que se la de, ¿la querrá? ¿Qué tal si me odiara por siempre por habérsela dado? Claro que ese problema no lo tendré con Él. Él no existe, no, claro, si todavía no lo he pensado. ¿Quién me pide que lo haga? Pues yo. Yo mismo lo estoy pidiendo. Cuando Él tenga su vida, su existencia, su ser, lo querrá? Pues si, porque yo haré que lo quiera, pues es vástago de mi pensamiento y en él vivirá. Sólo cuando yo decida dejará de quererlo, sólo cuando yo decida cesará de existir. Momento, ¿quiero tener ese poder?
Tengo su nombre: Brendam Melkiam. ¿Cómo sería él? ¿Sería igual a mi, pues no puedo salirme de mi propio ser? ¿Podré abstraerme de mis propios sentimientos y crear un ser distinto? ¿Acaso su personalidad será totalmente diferente a la mía o exactamanete igual? ¿Qué es lo que quiero? Si digo que me gustaría diseñarlo como alguien extraño a mi mismo, ¿estoy diciendo que no me agrado? ¿Acaso no me agrado a mi mismo y todo esto es para escapar de mi? ¿Acaso despréciome y por ese motivo estoy intentando crear un nuevo ser, y encima hablar de él, escribir sobre él? ¿Qué significa eso? ¿Qué significa esa maldita idea de no sólo crear un ser, con personalidad definida, sino resaltar su accionar, su vida? ¿Estoy manifestando un terrible odio hacia mi mismo? Es increíble que esta idea se me haya presentado hace ya mucho tiempo y sólo piense esto hoy, ahora, en este momento. El anhelo es imaginar una persona diferente a mi, pues si fuera igual a mi sería increíblemente aburrido. Uh. ¿Te das cuenta de lo que acabás de escribir? Esto es terrible. ¿Mi vida es tan aburrida? ¿Aborrezco tanto mi vida? ¿Es eso? ¿O es simplemente que está bien pensar en algo diferente a uno? ¿Acaso estoy dramatizando demasiado? Quizá sólo quiero crearlo, y darle forma y contenido, y una vida entera, sólo para vivir algo distinito, disímil. ¿Acaso es tan malo eso? ¿Por qué leemos libros si no? ¿Por qué vemos cine? ¿Por qué contemplamos arte? ¿No es acaso para encontrar otras historias de vida? ¿Tiene acaso eso que ver con un odio hacia uno mismo? ¿Acaso es porque no nos saciamos a nosotros mismos y necesitamos vivir un poco de otros? ¿Es por eso, también, que conocemos gente? ¿Se trata de compartir? ¿O se trata más bien de un critero egoísta? ¿Es tan terrible que sea egoísta? Si yo quiero dar vida a un personaje, para que vea, oiga, sienta, ¿estoy siendo egoísta? Una vez creado, ¿podrá independeizarse de mi? ¿En algún punto él me contará sus historias a mi? ¿En algún punto él vivirá, y yo sólo me limitaré a contemplar? Creo que eso es lo mejor que podría pasarnos a ambos.
¿Cómo debo proceder? ¿Debo comenzar por delimitar su personalidad? ¿O acaso debo imaginar situaciones que se le presenten, acontecimientos de su vida? En los hechos veré cómo actúa, cómo reacciona. Momento, ¿cómo va a actuar y reaccionar si no sabe cómo hacerlo, pues no lo he pensado aún? (Terminado de manera abrupta ante la llegada de extraños seres que comenzaron a deambular alrededor mío, es decir, personas).
Otra idea, que pensé, también hace tiempo ya y poco después de la anterior: la biografía tal vez deba ser sobre mi mismo y escrita por él, por Brendam Melkiam. Lo primero que pensé fue que debía relatar hechos que nunca sucedieron, pero, también pensé, ¿no es acaso eso lo mismo que antes? Para describir situaciones que nunca se dieron, esribo yo sobre él, no él sobre mi. Al instante pensé, entonces, que mejor narraba mi vida, pues, además, la conozco mejor. Momento, ¿qué importa que yo la conozca mejor, si es él quién hablará de mi? ¿Quién es él? ¿Él soy yo? Sí, claro que si, él es yo. No, no es cierto, él es un vástago de mi pensamiento, nacido de las más profundas cavilaciones de mi mente. Él no soy yo. Yo no soy él.
Por casualidad, un cuaderno mío se abrió, dejando ver la primera página del mismo, en la cual se hallaba un escrito sobre una chica que una vez vi en un viaje en tren. El texto menciona, durante tres carillas, los diversos pensamientos que esa bella dama había despertado en mi. En el borde superior de las hojas figuraba un nombre. Ese nombre era el de Brendam Melkiam. Esto me sorprendió sobremanera, pues el que había visto a la chica era yo, y no él. O al menos eso es lo que pensaba yo, hasta que vi su nombre allí. Yo había elucubrado extensamente sobre ella y no había firmado con mi nombre, sino que había firmado él. ¿Acaso se había apropiado él de mis pensamientos? ¿Acaso me había expropiado mis propias cavilaciones? ¿O, más bien, era él quien había elucubrado? ¿Acaso había sido él, y no yo, el que había maquinado? ¿Había sido un acto de inconciencia, anotar allí su nombre? Desde que presenté en sociedad el nombre de Brendam Melkiam, la gente me preguntó sucesivas veces quién demonios era, a lo cual yo respondía que era mi seudónimo. Al ver su nombre en el margen de la hoja, comencé a dudar. ¿Era sólo mi seudónimo, o acaso él, que yo pensaba que aún no tenía vida propia, en realidad sí la tenía? ¿Acaso no sólo la tenía, sino que estaba incidiendo en la mía? Este ser, que yo creía sin existencia, ¿de repente sí la tenía? ¿Fue él quien pensó todo aquello vertido en el papel?. ¿Fue él o fui yo, y el maldito me había hurtado? Ya no sólo tiene nombre, ya no sólo es una entidad individual, ¿sino que actúa sobre mi? ¿Se había independizado ya él de mi, y yo desconocía ese asunto? ¿Acaso soy yo el que está invadiendo su existencia? ¿Acaso soy yo el seudónimo? ¿Acaso yo lo creé, y ahora él me está robando el protagonismo? ¿O soy yo el que quiere robar el suyo? ¿Acaso es él quien me ha creado a mi y ahora intenta desembarazarse de mi? ¿Quién está tratando de destruir a quién?
Hablé con un íntimo amigo mío sobre lo que había escrito ese día a la mañana y éste me dijo que había leído cosas parecidas, o hasta iguales, en algunos escritores. También hablé con mi madre sobre esto y ella también mencionó que otro autor había tenido este problema, y el mismo no había terminado nada bien. ¿Qué es lo que sucede con los seudónimos? ¿Nosotros los creamos y ellos se convierten en un ente con ser propio? ¿Estos seres son vástagos de nuestro pensamiento, o nosotros lo somos del suyo? ¿Acaso nosotros los ideamos y luego no podemos soportar compartir nuestro lugar con ellos? ¿O es que nosotros los diseñamos y luego ellos no pueden soportar compartir con nosotros? ¿Acaso les otorgamos vida y luego no pueden soportar ser parte de nosotros? ¿Olvidan ellos que son, efectivamente, retoños de nuestra mente? ¿O será que olvidamos nosotros que somos sus vástagos, y no ellos los nuestros?
Tanto mi amigo como mi madre me hicieron reflexionar sobre un punto, que yo me dedicaba a negar. Yo decía que primero le daba un nombre y que luego debía darle un ser. Primero les daba forma, pero no contenido. Lo que me hicieron ver ambos, tanto mi madre como mi amigo, es que el nombre mismo ya está dando una existencia. Ese nombre que yo inventé, que yo ideé, está marcando ciertas pautas sobre el ser de mi seudónimo. Las mismas palabras que conforman su nombre lo están formando. El mero sonido de su denominación le está dando vida. Y yo eso no lo veía. Todo este tiempo estuvo allí. Era. Todo este tiempo estuvo odiándome por estar en segundo plano. Pero ya no lo soportará más. ¿Se trata, acaso, de mi alter ego? ¿Se trata tal vez de un yo ajeno a mi, y que en algún punto me está negando? ¿Es posible que esté celoso de él? ¿Por qué habría de estarlo, si debería ser inofensivo para mi, pues él es yo, y yo soy él? ¿Pero, acaso yo soy él, y él es yo? Yo fui quien decidió crear su nombre y darle un ser. ¿Yo fui quien decidió darle un nombre y crear su ser? ¿O Acaso se formó él a si mismo? ¿No habrá actuado él sobre mi y ahora trata de destruirme?
Una cosa que mi amigo me comentó me sorprendió y heló mi sangre. Me dijo que de él, de Brendam Melkiam, tenía una imagen. Lo imaginaba vestido con un sobretodo negro hasta los pies, con un sombrero del mismo oscuro color, haciendo contraste con su cabellera blanca como la nieve, ajada por los años, seca, frágil. Lo imaginaba andando en una bicicleta vieja y vagando, deambulando, a la deriva. Yo, aterrado, le dije que esa imagen era la que yo me hacía de mi mismo para un futuro lejano, lejano y nefasto, solitario, melancólico. Éste me discutió al respecto y alegaba que yo le había dicho que así sería él, Brendam Melkiam, mi seudónimo. Yo, espantado, rebatí que esa era la imagen que de mi había hecho de adolescente, y comencé a pensar que no sólo él tenía vida propia, sino que ahora tenía una imagen. Que no sólo tenía una imagen, sino que se había apoderado de la mía. Había hurtado mi imaginación. Y no sólo se había apropiado de esa imagen, que era la mía, sino que había convencido a mi amigo de que esa era su imagen y no la mía. ¿Cómo demonios había logrado él tal cosa? ¿Era mi imagen o la suya? ¿Acaso era yo el que ansiaba hurtar su imagen, y no él la mía?
Junio de 2005.
