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Escrito por Brendam Melkiam el 13 de Junio de 2009 y categorizado como Gente Seria.
Arribamos a la profundidad del bosque, perdidos en la duda más inquietante. La incógnita imperecedera atronó nuestras mentes, sofocando nuestros juicios. Una inmensa encrucijada invadía nuestras visiones. Y no supimos por dónde continuar. Nos detuvimos por un tiempo muy largo, tal vez demasiado largo. Y ya no concebimos el futuro, pues se hizo pasado a cada instante de penumbra, con la noche sobre nuestros hombros, borrando los contornos. Ya no pudimos ver más allá de nosotros, y el terror se apoderó de todos. No llevábamos luz, pues no esperábamos necesitarla. La jornada de camino era corta, no debía sobrepasar el día. Pero lo inesperado sucedió. Nuestras esperanzas se vieron socavadas ante el más insólito de los aconteceres. Habíamos oído las leyendas, no podríamos negarlo, pero lo cierto es que se habían sucedido ya muchos soles y muchas lunas, y todo había sido olvidado en la memoria. Nos habíamos cruzado con la más inmensa sorpresa. Nunca nadie vislumbró que aquello podría pasar.
La confianza reinaba, regodeante en nuestros corazones. Partimos con todas las vituallas hacia el horizonte, sabiendo que no tardaría en hacerse paisaje. Todo estaba calculado, sin dar lugar al error. Sería un trayecto fácil y tranquilo. O eso pensamos. Nunca imaginamos que el horror se ceñiría sobre nuestros seres. Que el más intenso temor se haría de nuestras almas en sempiterna inquietud. Y ahora nos encontrábamos anclados en medio de los árboles, que se abalanzaban sobre nosotros con el viento soplando las hojas entre sus ramas. Y no pudimos movernos ya. Estábamos profundamente aterrados, inmóviles en la noche negra. Nadie se animó a romper el silencio, que había sumergido nuestras existencias con la caída de la oscuridad, que se perpetuaba inmarcesible. Los caballos rezongaban, algunos relinchaban nerviosos. Los perros gruñían y ladraban. Se sentían movimientos, percibidos en las tinieblas alrededor. El aire se puso espeso de pronto. Se había hecho más pesado, cayendo sobre nuestras espaldas, casi doblándolas, venciendo nuestra resistencia.
Nos habíamos alejado del camino, realizando lo imprevisto. En nefasta insensatez, decidimos embarcarnos en tal empresa. Desoímos las numerosas advertencias, nos dejamos llevar por la curiosidad y la ansiedad. Queríamos contar historias, pensamos. Queríamos desafiar los mitos, y lo logramos. El problema era que nos estaban derrotando. Nadie podía dejar el camino: esa era la única regla de mi pueblo. Abandonarlo era correr el riesgo de perderse. Nadie conocía lo que había más allá de los límites de ese sendero. Nadie lo conoció jamás, o al menos no como para contarlo. Era imposible regresar, mucho menos entrando al bosque. Todos sabían que al caer la noche no era prudente permanecer en el camino, y nosotros nos habíamos precipitado al indómito vacío de sus lados. Nos sumergimos en el profundo abismo, y ya no hubo escapatoria. Sabios eran los consejos que indicaban no apartarse del camino, ni dejar caer la noche. Lo más temido era la oscuridad, pero lo peligroso de salirse de la ruta significaba que hacerlo era condenarse a las fauces nocturnas.
Y su manto lo cubrió todo de fría desolación. La desesperación nos devoró a todos. La noche había traído consigo a la muerte. Era su hálito el aire que ahora respirábamos, y todos comprendimos entonces que era el fin. Se avecinaba el más horrendo martirio, de la tortura más inaguantable. Incontenible sensación, como a punto de estallar. Y el espantoso pavor que provocó tan perturbadora aparición nos hizo desfallecer a todos. El horror de su mirada penetró en nuestros ojos, y se robó nuestros espíritus. Nuestras almas fueron engullidas por su apetito mortal, desgarrándonos. Y ese fue el fin de nuestras vidas. Nuestra existencia fue arrasada por el oscuro manto de dolor de la muerte.
Pero obtuve estos últimos instantes de percepción antes de extinguirme. Ahora es tiempo de que mi fuego se disipe en la eterna niebla del infinito. Es el fin.
Diciembre 2005.
