Echando raíces
Escrito por Jonás, el Bombero Incendiario el 28 de Junio de 2009 y categorizado como Gente Seria.
Era peludo. Soy peludo. Al menos, hay mucho cabello de mi cabeza para arriba. Por encima de mi cabeza, nada. Tampoco esperen algo extraño. Por encima de mi cabeza, el techo, o el cielo si nos queremos poner en románticos o astrónomos. Pero… lamentablemente, soy un pelado en potencia. Mis antepasados, mis entradas audaces en bares nocturnos y el cabello que busca su futuro en las cañerías que se abren dentro de mi bañera como boca de sapo, así lo indican. El dedo índice, y luego el pulgar, señalan, al compás de un paisano en la montaña, hacia ese sur que no vemos porque un filo, con más altura que en el que nos encontramos actualmente, nos impide visualizarlo con nitidez, aunque sabemos que allí se encuentra, allí nos está esperando.
A pesar de ese destino que amenaza con tornarse irremediable, una esperanza se transformó en mi salvavidas, en mis flotadores. Reconozco que la primera vez que lo vi la desconfianza se apoderó con fuerza (no mucha, es cierto) de mis sensaciones primerizas. Había un pelo de más. Era un pelo distinto, distinguible. Casi un pelo patito feo. Un pelo ermitaño y no un pelo tudor. Su característica principal… ser un pelo que iba de frente. Practicaba el duelo, o mejor dicho, siempre estaba preparado si se presentaba la ocasión. En el sur borgiano tenía su fama. No era ningún mariquita. No había Sánchez de Thompson que se le animase a ese de bigotes agudos. Ningún par de zapatos se le plantaba en espejo. Por otro lado, es justo aclararlo, por debajo de la línea que trazaba el Río Colorado, en pleno desierto, no se necesitaba mucho para ser pulenta. No existían rivales para un pelo ermitaño, pues como la identidad –por otro lado bien asumida y asimilada- que le asignaba el adjetivo calificativo, se trataba de un pelo ermitaño.
Su localización, vía orientación GPS, tiraba coordenadas que dibujaban un triángulo de bermudas y mocasines. Es difícil saberlo con exactitud aunque los rumores color gin con vodka –y que salían de la pulperías dando tumbos, tragando polvo y yuyos- hablaban de una pulgada por sobre la ceja izquierda. Según se cruzase con un rayo de sol o una iluminaria artificial, su brillo cobraba mayor o ninguna intensidad. No tenía brillo propio. Como una flor más, como un hombre más, ese pelo se despertaba, se levantaba, sacaba pecho y enderezaba su torso al calor de la luz. A medida que la oscuridad cedía y la luz avanzaba a trotes ganando terreno, el pelo, casi bailando, primero estiraba sus brazos de manera de quedar perpendicular a su raíz y, como segundo paso, hacía una brazada de pecho. Luego, con el pecho expulsado hacia fuera, dejaba caer su cabeza paralela al suelo y al cielo y, de esta manera, daba a conocer su existencia al mundo.
Sus apariciones, no obstante, no seguían un calendario. Eran esporádicas y siempre fugaces. El ojo de un extraño, de otro, debía tener la disciplina de un monje budista o de un fundamentalista del empirismo si deseaba capturar el momento de la reencarnación, de su cíclico -aunque temporalmente anárquico- renacimiento. Si por una de esas casualidades el ojo extraño se tropezaba azarosamente con el pelo, lo más usual era considerarlo como la aparición de un poltergeist, lo que implicaba que si se trataba de un ojo escéptico, la sentencia, escribiendo en términos naturalistas, concluiría en las ilusiones ópticas, reflejos de luces o etcéteras neuronales.
El giro inesperado de la historia de nuestro pelo ermitaño y, en definitiva, de nuestra única esperanza, nos llega cuando, durante el transcurso de un viaje en trencito en pleno carnaval carioca, se aferra con las dos manos de las caderas de la chica del ombligo con mariposas o que tenía mariposas en el ombligo. Sí, la misma que besaba leprosos y cuyas pieles faciales formaban pliegues que daban origen a volcanes en erupción. Aún así, no dejaba de ser bonita, poseedora de una belleza que amerita dolorosos sacrificios, incluso tratándose del pelo ermitaño.
Ella nunca había escuchado hablar del pelo ermitaño. Desconocía su leyenda. Los cuentos que versan sobre personajes folklóricos de nuestro desierto no participaban de la compilación de ninguno de los libros que ella ubicaba en su biblioteca. Por esa misma razón, su reacción tiránica luego de ser protagonista -poco tiempo después de un violento ataque de bombas de tiempo- de uno de esos por momentos míticos encuentros azarosos, fue condenar el pelo ermitaño, paradójicamente, al exilio, al destierro. Ella pidió que lo echen de raíz. Ella me pidió que realice el sacrificio. Ella me imploró el sacrificio. Las razones, las desconocemos. Tal vez, se trataba solamente de una cuestión de piel. No lo sabemos, ni tampoco intentamos en su momento indagar en las causas de la, creemos, desacertada decisión. Nosotros procedimos simplemente como lo ordenan los usos y las costumbres, las leyes no escritas. A modo de conclusión sometemos a lectura –y si es posible a juicio- el breve diálogo, que en ejecución, dio lugar a la condena referida previamente.
-José Luis, eso es un pelo?
-Eh? De qué me hablas?
-De ese pelo que tenés, ahí –su dedo índice presiona sobre mi frente provocando una aureola amarillenta, que al poco tiempo se desvanece como si nunca hubiese existido, exactamente a una pulgada de distancia de mi ceja izquierda, justo al norte. Mi sonrisa nerviosa, claramente falsa, artificial, fue la prueba que se necesitaba para demostrar, confirmar, que yo sabía que se trataba del pelo ermitaño. En ese mismo instante, la sonrisa fue el tropiezo que el acusado debía evitar y que decidió la condena.
-Ah, sí, el pelo. Desubicado, no?
-Te pido que te lo arranques José Luis. No voy a poder seguir mirándote a los ojos si ese pelo sigue ahí. Sacátelo.
-Pero…
-Pero nada. Sacátelo. Yo no subo si no te lo sacas.
-Ok, me lo saco, pero solamente porque quiero tomarme con vos la línea A y luego hacer combinación con la D.
No me arrepiento, pero pienso que te extraño. Mierda! Cómo te extraño Señor Pelo Ermitaño!

O.V. dice:
De vez en cuando la veo a la chica, y no siempre anda besando leprosos, y mucho menos erupcionando su cara. Eso si, que está buena, está buena.
Me contó, en uno de esos encuentros entre amigas, las razones por las que necesitaba que el pelo fuera desterrado: la ponía nerviosa. No más que eso. Cuando es una cuestión de piel no hay muchas razones, ese pelo no permitía el intercambio verbal por puro capricho. Dice que si querés que te lo pongas de nuevo, con cinta scotch. Pero que nunca va a dejar de molestarle y que cuando no te des cuenta te lo va a sacar de un soplamoco.
me gustó el
-pero…
-pero nada.
28 de Junio de 2009 a las 23:24
Occipucio dice:
qué buena onda de cuento. La despedida del final es de antología.
9 de Julio de 2009 a las 23:32