A la Caza de un ‘Criminal Mambo’
Escrito por Mr. Meiro Lopez el 2 de Julio de 2009 y categorizado como Gente Seria.
El siguiente relato ha sido modificado de su formato original para adaptarse mejor a su pantalla; en otras palabras: las siguientes 4 ‘entradas’ son parte de un mismo ‘todo’.
Parte 1: El Ámbito
Muchos han escrito ya sobre la decadencia de los sueños; textos y textos advirtiéndonos, instándonos a volver a fantasear y a soñar, a escuchar a los niños y a sus sabias ocurrencias y a buscar la verdad que esconden. Cada texto, una oportunidad; cada lector, un participe del error, del colapso; cada autor, un iluso ‘soñando’, por decirlo de alguna manera, que había un modo de evitar lo que la historia ha demostrado in-evitable.
Cenando en familia o comiendo pororó con amigos, la gente fue relegando su capacidad de ‘imaginar’, ¿para qué crear imágenes si ya se las daban procesadas de antemano? Poco a poco fueron abandonando su capacidad innata de dar imagen a sus pensamientos. Generación tras generación, esa capacidad fue debilitándose hasta pasar de ser un gesto-distintivo humano a ser considerada una insolencia ¿De qué servía mal-gastar energía en imaginar si las imágenes les eran dadas en bandeja de plata o, mejor dicho, en caja de transistores?
Y así el hombre creció cada vez más gris, perdiendo de a poco la magia que acarreaba ontologicamente con su existencia. Y aquel mundo mágico en que el individuo se libera también fue pereciendo. El mundo onírico fue perdiendo su aspecto mágico-fantástico, siendo llenado de contingencias y lógicas ¿Cómo no iba a suceder eso si el hombre ahora necesitaba que le dictasen qué ver para representar sus ilusiones?
Los hombres comenzaron a soñar con la realidad, soñaban con conseguir aquel aumento por el que tanto se hubieran esforzado, soñaban con el/la hij@ que deseaban tener o con su amad@, los más delirantes soñaban con un juego de cartas con algún familiar muerto. Triste pero des-apercibido, el cambio fue tomando lugar.
En un universo de energías, como lo es éste, la energía no desaparece, se transforma. La magia que fluía por el mundo onírico, como buena energía que es, no podía asfixiarse hasta la extinción. Tras un momento de ordenamiento universal, que a la percepción humana pareció toda una vida, ante la irrupción de la realidad en el mundo onírico, el mundo onírico irrumpió en el mundo real, la magia recobró su lugar de prestancia.
Una época de Caos fantástico había comenzado. Visitantes del Espacio se llevaban a la gente a fines de semana de placer a la luna de Venus, una luna de caramelo, llena de árboles de empanadas, con manantiales de helado y ríos de mermelada, geisers de mate-cocido y volcanes de café con leche, con sus laderas llenas de arbustos de media-lunas; hordas de conejos rosas surcaban las calles escondiendo huevos de chocolate para que transeúntes los encontraran a su paso; los niños se maravillaban al ver que si ponían un diente que se les hubiera caído recientemente bajo la almohada, a la mañana siguiente su lugar lo ocuparía a veces un diamante, otras zafiros o rubíes; miles hicieron fortunas encontrando la olla de monedas de oro al final del arco-iris, otros tantos sacándole brillo a alguna vieja tetera de chapa que encontraran por accidente, dentro de la cual saldría un extraño ser de pantalones bombachos que les concediera 3 deseos (siempre 3, excepto para esos calculadores ambiciosos que deseaban más deseos).
Los que se encontraran con semejantes maravillas cambiaban, en detrimento de su ‘grisés’ adoptaban un resplandor, un brillo encantador; su andar era más ligero y su sonreír más elocuente. Atravesaban una suerte de renacer fantástico que les otorgaba una plena felicidad.
Pero todo tiene su contra-cara. Con la llegada de los sueños, también las pesadillas tuvieron su arribo. Bajo las alcantarillas y en los túneles del subterráneo comenzaron a abitar criaturas horriblemente indescriptibles; espectros horripilantes fueron avistados en casas abandonadas; ancianas de tez verde y verrugas peludas cruzaban el cielo montadas en sus escobas y viejos de huesudas manos, larguísimas uñas y barbas blancas aun más largas lanzaban rayos fulminantes desde las cimas de las torres de reloj. Y los afortunados relucientes tuvieron, a su vez, sus sombríos opuestos: tristes hombres que en detrimento de su ‘grisés’ adoptaban una negrura devastadora. Su andar era lento y apesadumbrado. Cargaban con el peso del terror en sus espaldas; nerviosamente miraban por sobre sus hombros temiendo siempre estar acechados por alguna oscura criatura. El orden bi-polar se había restablecido.
Pero el hombre se jacta de ser centrado y está en constante, si bien inadvertida, pugna con el universo. Era cuestión de tiempo que el hombre empezara a buscar la forma de recuperar un mundo más centrado, más humano, menos cósmico. El tiempo pasó y un hombre tomó la iniciativa; su nombre: Claudio Paul Urquiza. Fue reclutando gente que estuviera dispuesta a hacerle frente a los ‘Oníricos’ hasta hacerse de una suerte de guerrilla.
Paul, como se conocía a Urquiza, y Compañía empezaron a realizar lo que llamaban ‘persecutas’, persecuciones a todos los seres fantásticos, sin discriminar por índole, tamaño o color. Diseñaron armas para hacer frente a dichos seres: Espadas cuyas hojas no eran de acero sino de libros de Física o de Lógica para los más radicales y redes de los mismos materiales para aquellos que fuero posible apresar. Los presos eran atrapados en pequeñas habitaciones empapeladas con periódicos. Eventualmente pasaron de ser esa ‘suerte de guerrilla’ a una eminente institución, la “Paul y Cía.”(“Paul y Compañía”); su contraparte, la Ambo (Asociación de Malos y Buenos Oníricos”). En la calle comenzaron a referirse a los que tuvieran que ver con la Ambo como ‘Mambos’ (o sea, “Miembros de la Ambo”) y a sus perseguidores como “Corta Mambos”, en referencia al ‘set’ de dos espadas que cada uno de ellos llevaba.
Las ‘persecutas’ fueron más y más periódicas, y cada vez más grandes. Los Mambos que quedaron sueltos eran los de más bajo perfil y menor peligrosidad; los grandes Mambos estaban, o retirados, o encerrados entre las páginas de un diario.
