Seguimos al que pague

Ejército de Salvación

Escrito por Ido Minaut el 10 de Julio de 2009 y categorizado como Gente Seria.

Ellos todavía no lo saben, pero yo los veo. Anoto mentalmente nuestras existencias, las raciones, los refuerzos necesarios. Ahogado por la marea interminable de los cálculos y la irregularidad de los mapas, me consuelo repitiendo que no es suficiente una veneración primitiva por el instrumental, es preciso que ellos mismos sean instrumentos. Y como tales, los formo en divisiones, los reubico, despliego con destreza las fuerzas en los campos y les reparto sus misiones con la autoridad de mi mirada marcial, planes de estrategia exquisita que confecciono en la cocina de mi casa y distribuyo personalmente en veredas, pasillos y colectivos. Fingen no entenderme, como hemos convenido. Y así salvamos al mundo todos los días.
Dudo si llegará el día en el que al fin les revele todo. Hay algo de compasión, en algún tiempo estimé que no comprenderían. En mi mochila, encerrada entre la humedad de la cantimplora y una capitulación ya firmada (porque la prudencia es de un poder infinito, y esto sí se los digo silenciosamente en cada encuentro, con la sola autoridad de mi mirada marcial), duerme la Declaración, escrita en una servilleta de papel casi invisible, finita, el signo equívoco de los interminables días del reclutamiento. La enmarqué en un viejo portarretratos de metal que ahora choca contra la cantimplora cuando camino por ahí; si me detengo bruscamente en una esquina o entro en un kiosco a comprar DRF, el sonido es suave, como de batallas ganadas, de quietud en un campo minado de cadáveres o flores. Cuando lo oyen cerca, las infinitas filas agradecen con pactada indiferencia. Repito la Declaración de memoria antes de salir a entregar las misiones, o cuando se vuelve imperioso reponer las mermadas reservas, pasar revista, dar ánimos en los frentes. Verificando las operaciones y cada vez más inmune a la compasión, ahora sé que no entenderían. Quieren grandes victorias, sanguinarias victorias, no modestas felicidades. Lo único que me consuela es que muchos, la mayoría, ya conocen sus posiciones estratégicas. Hacen bien su trabajo, tengo que controlarlos cada vez menos. Hay más tiempo para sentarse a mirar.

Y mientras los tres me golpeaban en una calle pobremente iluminada para robarme treinta pesos del bolsillo y la mochila cargada con la cantimplora, la Declaración, y la prudente capitulación ya firmada; mientras se ensañaban con mi cuerpo y lo desgarraban, mientras hundían la navaja en mi mirada marcial y algunos otros me mordían y me arrancaban la piel de los brazos y buscaban mi garganta y la sangre empezaba a manar como una fuente alegre y muy roja, no podía dejar de sentir que los amaba, no podía dejar de entenderlos, de disculparlos, de gritar que sí, que era una guerra agotadora; que merecían ser condecorados con todos los símbolos del Hombre, que los sacaría, triunfales, a pasear por las plazas y el río, a exclamar discursos encendidos en las escuelas o estaciones de servicio, ceremonias inútiles que los enaltecerían. Moría sabiendo que jamás comprenderían, que no estaba en ellos comprender, que cumplían mis órdenes: sostener la gratuidad del mundo, intentar el esfuerzo fatalmente necesario de convertir la carne en carne humana.

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