Seguimos al que pague

Silencios paliativos

Escrito por Iacobus Tarqui el 15 de Julio de 2009 y categorizado como Gente Seria.

El dolor se exhibe; el placer y la necesidad dan vergüenza.  L-F.C.

Alerta: Cuidado con los pies, le estás tirando de la sábana.

Bajo los pies antes de despertarme. No me animo a abrir los ojos, porque sé perfectamente dónde estoy esta madrugada. Imposible dormir en la otra cama, la que sobra; la amenaza de una emergencia intempestiva me tensa. Dormí en esta silla de plástico circunstancial unos cinco minutos, interrumpidos por la chicharra de la solemnidad. Me pregunto para qué vine: a mi derecha está El Visitante, atornillado a su propia silla circunstancial, registrando en su cuadernito omnisciente cada tos, cada gruñido, cada pesadilla. Se prepara diligentemente para el fin. El Visitante cruza las piernas y sus pies domesticados; no los apoya irrespetuoso sobre el lecho del Convaleciente. Para mí es distinto, me siento cómodo perpetrando este tipo de irreverencias.

Igual, llamo a recato a mis zapatillas sucias. El Visitante es implacable. No calibro la fuerza real de su alerta, es sólo que me perfora la glándula de la culpa, y si la glándula no resiste, temo ponerme a cantar como los Manos de Oesterheld, despidiendo al porvenir postrado en la cama que sobra. Me desnaturaliza pensar que El Visitante dedicará mi agonía a hacer exactas mis imperfecciones a través de la insensible destreza del reconocimiento. Bajo los pies, pero me hago el dormido. No me animo a abrir los ojos.

Ahora sí, un gruñido insistente me reclama vigilia. Abro el Izquierdo (siempre abro primero el izquierdo) y miro a la cara al Convaleciente. Ya no es el paterfamilias omnímodo. No veo al mítico pata de lana que opacó para siempre a Sus súbditos domésticos. Es un cuerpo cerrado y dócil, atormentado por quién sabe qué. Lúdico, pienso en los irreductibles demonios internos (o familiares, según algún tradittore desafortunado). Lúdico, pero no me río.

A bordo del Izquierdo, intento comprobar el celo Visitante, pero mi nariz censura una intrepidez semejante. Le ordeno, entonces, que me enseñe el resto del paisaje, escenografía contingente que acompaña al cuerpo arropado y sus centinelas ocasionales. Se impone una secuencia infalible. Tos. Lapicera frenética. Miro el misericordioso sachet de maná que alarga sus minutos y acorta los nuestros. Tos. Lapicera frenética. Intento cerrar la ventana de la percepción. Tos. Lapicera frenética. Vuelvo a la simulación onírica. Tos. Lapicera frenética.

¿Me das unos minutos a solas con Él? -digo.
(…) -dice.

La lapicera frenética y El Visitante que la sostiene se alejan no sin antes descargar una última flecha ponzoñosa sobre mi glándula. Gracias. Esto me da al menos diez minutos antes de ponerme a cantar. Los pies se impulsan espontáneamente hacia la cama del Convaleciente. Tendré cuidado en no tirarte de la sábana –le prometo. Una mezcla de silla incómoda, pies lejanos y gruñidos de ultratumba me resignifica. La herencia de desprolijas regurgitaciones metonímicas y sus exhaustivos decibeles es, ahora, toda mía. Los pies sobre la cama se hacen puente con el mundo inminente de la Nada. Si hubiera un tablero de ajedrez a mano, lo posaría sobre mis piernas y me pondría a hablar en sueco.

Aburrido, hago todo lo posible para despertar al Convaleciente. Le propongo un torneo de tos. Me propina una derrota inapelable. Tarareo una melodía grotesca, desafiando a la glándula. En vano. Bostezo, acompañando la boca más abierta del mundo con dos trompadas decididas hacia el cielo (el techo). Nada. Esa es la respuesta obligada. Me doy cuenta que nada y la Nada me hacen más inofensivo que la resignación absoluta.

Mejor desaparezco antes de que vuelva El Visitante y termine de convertirme en un castrato tanático. Al bajar nuevamente los pies -esta vez para siempre- legitimo la gran alerta que terminó con mis cinco minutos de gloria. Le tiro de la sábana. El Convaleciente abre los ojos y me mira fijamente con el único que le funciona (su Izquierdo: es como un guiño mendeliano). La glándula me hace cosquillas cuando sospecho que tal vez Él también fingía su sueño barra pesadilla. No me sonríe, pero porque Él nunca me sonríe, a menos que hablemos de fútbol o me haga un chiste (siempre hace Él los chistes). El cóctel de flemas y fragilidad le determina una oralidad gutural. Interpreto que me pregunta cómo estoy. Le retruco que yo bien, que cómo está Él. Frase gutural. Intenta una sonrisa sincera. Retribuyo, porque pienso que es lo segundo: me está haciendo un chiste. Mira el techo (tal vez el cielo, aunque no es religioso); no dice. Para descomprimir el silencio, me levanto de la silla y poso mi mano izquierda sobre su hombro derecho rudamente descubierto. Ensayamos un diálogo jeroglífico.

El recuerdo de la lapicera frenética me devuelve la urgencia. Palmeo el mismo hombro y aseguro -miento- que volveré “en unos días”. (No) me responde meneando su Izquierdo vacilante. Giro hacia la derecha vacía, lentamente, recreando la obstinada parsimonia de las despedidas. A punto de concluir la huida, escucho otro sonido gutural. Me doy vuelta y se interrumpe. No sé si su voz se volvió humana o mi audición renunció transitoriamente al egoísmo. Lo escuché claramente.

Te quiero mucho -(quiero que) dice.
Yo también -(creo que) digo.

En el derrotero de salida, mientras exageraba -como corresponde- la cobarde compostura de los que no lloran en público, creí ver al Visitante en la sala de espera, cabizbajo, de piernas cruzadas. Gracias a mi Izquierdo, verifiqué que la lapicera frenética trazaba en el cuadernito omnisciente un compulsivo yo también, yo también.

Lo sabía. Siempre llora primero el Izquierdo.

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