Seguimos al que pague

Archivo de Agosto 2009

Hedysarum alpinum o el fruto

por Jonás, el Bombero Incendiario el 31 de Agosto de 2009

La noche vestía una capa de silencio. Puertas adentro, una tenue luz pintaba las paredes. Afuera, la oscuridad se arropaba con el silencio invernal. Algunas nubes ocultaban el titileo de las pocas estrellas visibles. La noche no tenía nada en particular. La temperatura no era muy baja, pero estaba lo suficientemente fresco como para que las familias cenaren protegidas.

Él, sólo, acababa de comer un plato común y ordinario, empanadas acompañadas con una ensalada de lechuga y tomate, por ser un día a mitad de camino al fin de semana. Algunos rastros de la criolla todavía quedaban en el plato, a centímetros de su mano derecha. Luego de unos largos segundos sosteniendo invariablemente la mirada sobre esos huérfanos restos de lechuga, y sin pensar nada concreto, amplió el arco de su visión y se acordó del fruto que sujetaba, sin una tensión desmedida, con esa misma mano derecha.

Era la primera vez que iba a probar el fruto. No recordaba bien su nombre. Tenía la vaga idea, tal vez un falso recuerdo, de haber escuchado distintas maneras de referirse a él. En realidad no se encontraba seguro de que esos distintos bautismos estuviesen, efectivamente, nombrando al mismo fruto. Tampoco tenía certeza alguna acerca de su descripción: no podía figurarse ni el color, tamaño, forma o textura precisa de los comentarios.

No era un fruto exótico. Solía crecer en distintas latitudes y a diferentes alturas, aunque no solía ser cultivado pues su abundante oferta natural solo hacía rentable su cosecha. En general, quienes lo comercializaban no solían tomar la decisión lucrativa, y característica de un homo economicus, de cultivarlo; más bien, se topaban con él y, aprovechando el azar, lo cargaban en su canasto, como haría un típico homo medievalum, junto al resto del stock cultivado específicamente para ser vendido.

Por otro lado, él no era un versado en frutas ni  verduras. Tampoco le interesaba mucho ese reino de los seres vivos; prefería la carne y las pastas, y si había postre, algo dulce y cremoso era suficiente. Pero ese día, volviendo al hogar, y cuando ya saludaba el atardecer, pasó por la verdulería con la misión de comprar tomate y lechuga: tenía que encontrarle un acompañante a las empanadas de la próxima cena. En el cajón de los tomates se había filtrado, a causa de una torpeza previa del verdulero, el fruto que ahora estaba ocupando la totalidad de la palma de su mano derecha. Cuando el verdulero comenzó a introducir  los perita en la bolsita de plástico, él notó la presencia del intruso. Con desgano, se lo señaló al verdulero, para que lo retirase. Pero cuando éste se disponía a obedecer, luego de una disculpa tan sincera como despreocupada, un abrupto, aunque poco emotivo, “déjelo, me lo llevo también” se desprendió de sus labios, mientras el aire que subía por las cuerdas vocales, y que hacía las veces de voz, las raspó, irritándolas por su escaso uso y falta de lubricación. Con esa historia por detrás, ese fruto se encontraba entonces abrazado por sus finos y largos dedos, a breves partículas de tiempo de conferirle un nuevo sabor a sus rutinarias papilas gustativas.

Dio el mordisco virginal. Cuando sus dientes frontales atenazaron el fruto y se enterraron casi hasta su corazón, un chorro de jugo salió disparando, bañando el paladar. Hasta ahí, ningún sabor llamativo o sobresaliente, ni dulce ni amargo. Recién cuando el jugo comenzó a salir con mayor caudal, como una bañera rebalsando, y enredándose con la saliva acumulada por debajo de su lengua, sintió el sabor intensamente dulce. Con la fusión de líquidos salivales-frutales recorriendo en bajada por la garganta, en dirección al estómago, saboreó un breve amargor. Le gustó, aunque no le fascinó. Estaba bien, pero seguramente tendría que probarlo nuevamente en algún otro momento.

Dejó el corazón del fruto sobre el plato, junto a los restos vegetales. El cansancio llegó finalmente a sus ojos, cuyos párpados jugaban al sube y baja. Se retiró del comedor sin lavar. Quería aprovechar las últimas fuentes de energía para leer algunas páginas antes de quedarse dormido. Era semana de Kafka. Lo cierto es que ya iban dos semanas. Había debutado con una compilación de cuentos que incluía “La Metamorfosis”, luego siguió con el “El Castillo” y ahora probaba “El Proceso” . A las dos páginas se quedó dormido.

No era lo usual que soñara, pero esta vez tuvo uno lúcido: una pesadilla, no debido a su carácter tenebroso sino por la angustia que sobrevolaba la trama, a tono con los escritos del literato famoso a contra voluntad. No fue la pesadilla ni el estado febril que la acompañó, sin embargo, la responsable de despertarlo. De ello se encargó un fuerte espinazo en el centro de su pecho.

El espinazo indicaba que los pectorales estaban presionando los pulmones. A ciencia cierta, eran los pulmones los que estaban empujando, expandidos repentinamente por una presencia extraña que comenzaba a gobernar esos órganos. El dolor quiso escapar en forma de grito pero quedó encerrado por la nuez bíblica, que dilatada en escala geométrica, se convirtió en una barrera infranqueable dentro de las vías respiratorias. Con la nuez inmovilizada por el novel volumen extraordinario, e inválido hasta para tragar, la mano -que poco antes había sujetado desinteresadamente el fruto- creyendo que podía servir de asistencia médica, aferró desesperadamente, absurdamente, inútilmente, el cuello. Porque en ese mismo instante los tendones del pie derecho, como unas raíces quebrando las veredas, estallaron –esa fue su sensación-, y una rigidez, cortejada de un intenso ardor, jaló del pie para tomar impulso y subir por la pierna, pasar por los muslos arrasando con todos los censores nerviosos, introducirse con brusquedad en la zona abdominal y violar el estómago. Se cagó. O mejor dicho, fue como si se hubiese cagado cuando sus intestinos reventaron y la mierda en formación se desparramó por todo su interior. La rigidez no se detuvo allí. Siguió trepando hasta desviarse por su brazo, su mano y los dedos, hasta dejar la antigua garra como una pata de rana. La rigidez se mudó entonces al cuello y le hinchó las venas en el mismo instante que las tensaba. La mandíbula intentó alcanzar un ángulo de noventa grados. La piel por debajo de los pómulos se fue desprendiendo como si estuviesen bajando un cierre relámpago, exponiendo los huesos. Imitando una performance ilusionista, los párpados se abrieron hasta el punto de ocultar su propia existencia. El proceso parecía no querer cerrarse y los ojos se deshidrataron, justo, cuando un último brillo fugaz, eclipsó sus pupilas.

Silencio.

La Noche. Se Desnudó. Lo Miró. Y Permaneció en Silencio.

El Reloj y La Duna

por Mr. Meiro Lopez el 17 de Agosto de 2009

A orillas del Jordán, dos hermanos discutían. Era de noche y el campamento dormía; dado así, en susurros diferían. El mayor, bolso en mano, atravesaba un brote escapista, cansado de la cotidianidad ansiaba nuevos horizontes; el menor por su parte lo instaba a quedarse, no tiene sentido irse de un lugar cuando uno se siente echado, pues el problema nunca está en el lugar, el problema es del hombre.

 -No digo que te quedes por siempre, mas vete cuando lo que desees sea nuevos mundos, no te vayas ahora que te cansaste de éste. Amígate con esta vida, y una vez que estés en paz aquí, la paz te seguirá a dondequiera que vayas; vete en discordia, y te llevarás a ésta en la mochila.

 -Un sabio ya ha dicho alguna vez: “Para que el viaje fuera solución y no un simple alivio, el que se va no debiera llevarse. De todos modos, el alivio de partir vale la pena”. Sé de lo que me hablas, y reconozco lo que me dices; pero eso no quita que estoy harto. Y si los problemas me siguen, por lo menos el consuelo de encontrar problemas nuevos o distintos es lo que me da coraje a seguir. Esta tierra, de judíos con sus Mesías y romanos con sus cruces para exhibirlos en lo alto, me repugna. ‘Sabios’ que se llenan la boca de Dios mientras persiguen el poder del Cesar…

 -No me vengas a chamullar a mí – odiaba cuando se alzaba en profeta de la crítica para evitar hablar de él -; Rabi, te vas porque se casa, y no puedes con ello.

 Cuan cierto; por algo era su hermano, si bien no compartían padre, no dejaban de ser una misma carne.- A la muy puta no le alcanza con la vida de la mujer de un carpintero, ¡que se vaya a cagar! – se desahogó -. Sí, es verdad -le concedió-, pero no es sólo eso, hay más; es todo. Es la puta de nuestra madre y mí padre que nadie conoce; es el nabo de tu padre que calla y otorga; es Magda; son Marta y María con su casa de perdición; son Judas, Simón y los demás en su lucha suicida contra los romanos; son los esenios con sus baños de pureza y los saduceos con sus ritos teatrales en sus gigantescas casas de cambio; es el saber que es cuestión de tiempo de que alguien pida la cabeza del Bautista, un hombre de paz y de amor, para que alguien se la entregue en una bandeja de plata. Es Dios, que se ha olvidado de su pueblo y lo ha dejado a la deriva.

 Cuánto le molestaba cuando hablaba así de sus padres; era cierto que lo de ser ‘hijo del Espíritu Santo’ no le cerraba mucho a nadie, pero tampoco para decirle “puta”; y podía mostrar un mínimo de agradecimiento a José llamándole ‘Abba’ (Papá), al fin y al cabo, lo había cuidado desde su temprana infancia y le había enseñado todo cuanto sabía de su oficio; pero bueno, era una vieja disputa que sólo se iba a solucionar cuando Jesús dejara de estar enojado con el mundo y comenzara a interesarse por éste. No por nada era el ‘Rabi’, apodo bien merecido tras demostrar innumerable cantidad de veces que todo le ‘importaba un rábano’.- Lo que quieras, estás indignado con el mundo; ya lo sabemos todos, ya nos memorizamos todas tus quejas -amparado por el amor que su hermano le tenía, era el único que se animaba a desestimar sus tan elocuentes argumentos; y así, era el único que lograba que éste le hablara honestamente, fuera del personaje que se había armado como coraza externa-, pero ésta no deja de ser tu tierra, ésta no deja de ser tu gente; gente a la que amás, y gente que te ama a su vez. ¿Dónde queda todo eso?

 Cómo lo quería al ‘pendejo’, le daba vuelta la tortilla de un cachetazo y no se creía ninguna; pero no le iba a ganar la discusión, mostraba la otra mejilla y arremetía en su postura.- Gente de mierda que ama a los de su calaña; sólo unos pocos ‘zafan’. De quedarme lo haría por vos, pero sos el que sé que más me va a entender cuando me vaya. Me quedaría por Lázaro, tal vez; me duele verlo en ese mambo depresivo sin salir de su cama; parece no hacer más que esperar a la Muerte, tan ansiosamente que decidió darse por muerto incluso antes de que ésta venga a buscarlo. Me quedaría para decirle ‘Lázaro, levántate y anda’, pero me voy porque sé que no me haría caso. Uno no puede salvar a alguien de ahogarse sin antes aprender a nadar; y yo no quiero vivir toda una vida para ahogarme sin nunca haber dado siquiera una brazada.

 Igual, seamos buenos; los adoro a los chicos, y amo a mi familia; eso de “gente de mierda” – se percató de la injuria- es un tanto fuerte. Sé que lo primero que haga cuando vuelva, de volver, va a ser tratar de juntar ‘a los 12’ pa´ asarnos un corderito y tomarnos unos ‘vinasis’. Pero siento que pasa el tiempo y todo sigue igual; ya he escuchado todas sus historias, todas sus ansias de revolución y sus hartazgos de los romanos, y no quiero quedarme y seguir escuchando siempre las mismas estupideces. Los romanos seguirán aquí; cómo los babilónicos en su momento, tirarán abajo al templo, y nuestro pueblo los mirará hacerlo en silencio, mientras espera por su Mesías. –Viendo la mirada de reprobación en los ojos de Santiago, se dio cuenta que se estaba yendo de tema, así que volvió bruscamente a su línea de pensamiento original- En definitiva, me voy para extrañarlos – se sinceró consigo mismo al tiempo que lo hacía con su hermano- ; me voy para algún día volver y sorprenderme del fervor de Simón, de la Sabiduría de Juan, de la tozudez de Tomi; quiero ver a Magda y poder sentirme feliz por su felicidad; quiero ver a Lázaro andar, y saber que no tuve nada que ver para que eso suceda; quiero extrañar la devoción de mi pueblo y todo lo que éste tiene de propio, quiero extrañar el aroma de sus mujeres, quiero disfrutar del dulzor su vino de dátiles sin quejarme comparándolo con el de uvas; quiero extrañar esa capacidad de perdonarme cualquier cosa de mamá y esa paz-ciencia sin límites de… José –Santiago se frustró mínimamente, pensó que en ese momento de debilidad tal vez le dijera ‘papá’-. Me voy, porque quiero volver a sentir que todo lo que necesito está en mi tierra; pero nunca lograré hacerlo si no parto de aquí antes. Ya sea 4 días, 40 días o 40 años, necesito un tiempo lejos de casa.

 Al fin, honestidad; ya podía dejarlo ir. Se abrazaron con fuerza; si alguien los hubiera visto con detenimiento, un par de lágrimas pudieran haber sido encontradas; pero no, eran bien machos ellos. Santiago buscó en su túnica y sacó un pequeño reloj de arena. Lo tenía desde pequeño, se lo había regalado su padre cuando un hombre corto de haberes se lo dio en forma de pago por la reparación de una puerta. Tomó la mano de su hermano y lo colocó en ésta. – Esto es el tiempo que necesites- pasó a decirle-. El tiempo pasa y es lo único que hace, y si bien ante nuestros ojos parece que lo que hace es agotarse, es cuestión de un giro de muñeca para que éste se re-nueve, fluyendo con la misma fuerza de siempre. Gira, y comienza un ciclo, que caiga la arena y pase cuanto tenga que pasar por esa pequeña ranura, que parezca agotarse cuando tenga que hacerlo; pero cuando suceda, es cuestión de un movimiento mínimo, un tropiezo quizás, para que el tiempo gire y sus arenas vuelvan a pasar. No dejes nunca de moverte, no pares ante un tropiezo y no te detengas nunca; nunca sabes qué ‘empujón’ es el necesario para que el tiempo retome su curso.

 -Y la gente dice que yo soy el sabio de la familia.- dijo muy orgulloso de su ‘hermanito’; lo abrazó con fuerza una última vez a modo de despedida, para luego darle la espalda y, sin mirar para atrás, encarar hacia  el desierto.

 Ya hacía varios días que andaba, el sol era devastador y desgastante; la estepa ya había quedado en el camino y las dunas ya habían comenzado a deslizarse bajo sus pies.  Cuando el cansancio lo agobiaba tomaba en sus manos el pequeño reloj que su hermano le había regalado y eso le daba fuerzas para continuar. “Nunca dejes de moverte” se repetía, y así continuaba. Pero el movimiento constante, bajo un sol igual de constante, desgasta. Ya no era el mismo de hace unos días, parecía una persona distinta. Completamente demacrado, lo que lograba engullir por las noches, al reparo de su tienda desmontable, no era suficiente; y lo que lograra beber nunca alcanzaba para compensar el agua que escapaba por sus poros; pero no importaba, el no se detenía, no paraba de moverse. Ya no miraba donde pisaba, casi ni miraba a donde se dirigía; perdía la mirada en el difuso horizonte y ponía sus pies uno delante de otro, soportando el ardor de un suelo siempre el mismo, arena y más arena. Y así continuaba en su constancia, pero el sol tenazmente lo igualaba en constancia y obstinación y continuaba calentando y secando. Calentaba el suelo bajo sus pies y secaba todo, secaba el sudor de su frente, secaba el de debajo de su sobaco, secaba hasta el agua de los espejismo que ante él aparecían; pero ante la adversidad, reloj en mano, continuaba.

 Continuó y se movió reloj en mano, hasta que no pudo más. Y se desplomó, bajo el sol imparcial, sobre la arena que ocupaba todo lo que no fuera cielo ante su vista. Y cayó, brazos extendidos, boca abajo. Procuró apretar su amuleto para ver si le quedaban fuerzas que recuperar, pero aquél no estaba en su lugar; sus manos estaban vacías. Alzó la mirada del suelo para buscarlo y ante la homogénea inmensidad de las dunas del desierto que todo lo ocupaban, algo rompía esa perfección; pero, aun así, respetaba una cierta armonía.

 Un reloj de arena en un mar de dunas. En un esbozo de reflección pensó en sus adentros “un pequeño reloj en las inabarcables arenas del desierto: así es el hombre y su ‘tiempo’ ante Dios y su ‘eternidad’”. Último atisbo de pensamiento racional antes de entender. Apresó dentro de él una realidad harto superior a ese razonamiento que fuera no más que un puente entre su alma y la Verdad Última. Pues en ese momento, ante esa burda imagen, comprendió. Contempló la misma Verdad ante la cual se paró Moisés en su momento al ver un arbusto en llamas –fuera lo que fuera lo que éste haya razonado-. Último atisbo de cualquier tipo de conciencia; y luego, luz. Luz ante sus ojos y en su pecho, luz en sus manos a modo de sensación y en su espalda y nuca suplencia de temperatura. Luz de luz, beatitud de beatitud. El sol y su calurosa opresión ya no fueron para él, los olvidó por completo, al tiempo que también olvidaba todo en cuanto a su tierra y su gente. Y no era olvido en tanto desgaste de la memoria, olvido en tanto descarte de nimiedades; ya no recordaba ni el nombre de las cosas, ni si las mismas siquiera tenían forma. Y se alzaba por lo alto, pues ya no había arena que entrase en contacto con él; pero no era altura donde estaba, tampoco era aire lo que sentía. Luz y absolutez; libertad plena de toda atadura, física y mental.

 Y fluyó en ese fluir cuanto le duró; inmerso en un placer tan vago como la calma tan frágil como la paz; como un beso en la frente de quien se refugia tras el cobijo del sueño. Hasta que, a sus ojos, la luz se refractó de golpe y tomó forma. Tomó color y tomó distancia. Y a lo lejos divisó una ciudad. Y en su mente el nombre de ‘Jerusalén’ se oyó sonar. Qué bella que era esa ciudad, y qué bien la veía desde esa altura. Pues ahora sí estaba alto. Y miró. Y bajó la mirada; vio a Juancito y vio a mamá; también estaba Magda. Qué feliz se sintió de verlos, cuánto los quería. Pero no estaban felices. Ellos lloraban. Y miró a sus costados. Vio Cruces y Condenados, hombres colgados desnudos, manos y pies atravesados por pedazos de hierro, con sus piernas mugrosas y hediondas de sus propias heces y orines, con sus rostros llenos de lamento y clamor. Y luego sintió. Era tacto, sintió calor, pero en su espalda percibió un sudor muy frío. Y sintió, era intenso, era fuerte, y desagradable. Era muy vívido, y lo sentía, y terminaba de entender que realmente era para nada placentero, y tomó forma y lo sintió definitivamente. Dolor, inabordable, insoportable, pleno y absoluto dolor. Quiso contraerse llevando sus manos a su panza, pero no pudo. Sus manos no respondían, sus manos dolían… y mucho. Las miró, estaban clavadas. “¡Ahh!” Pensó, pero no pudo gritar; le costaba siquiera respirar. Desesperaba al comprender que él era uno de los condenados, pero ¿por qué? Se retorcía en busca de lograr librarse, pero no podía más que mover mínimamente sus caderas, para que un penetrante dolor en sus pies lo instara a detenerse. Y claro, éstos también estaban clavados.

 Y lo vio, un soldado vestido a la usanza romana, lanza en mano, dispuesto a dar los golpes de gracia. Y a su derecha, un condenado fue ‘lanzado’, y éste dejó de retorcerse. Se acercaba a él. No iba a partir sin dar un mínimo de pelea, no iba a aceptar ese castigo, el cual no había hecho nada para merecer, sin hacer uso de los medios a su disposición – los cuales eran extremadamente limitados- para aunque fuera decir ‘pero’; y comenzó a agitar sus caderas y a desagotar su vejiga. Atinó, y el soldado fue salpicado de orines; pero sin siquiera cejar momentáneamente, clavó su lanza a un lado del torso de aquel con incontinencia urinal para verse bañado con la sangre del crucificado. Y dejó de moverse.

 Pero el Tiempo siguió su curso.

  

FIN

 Nobleza Obliga

La frase: “Para que el viaje fuera solución y no un simple alivio, el que se va no debiera llevarse. De todos modos, el alivio de partir vale la pena” es de Bioy Casares.

shugle

por Brendam Melkiam el 7 de Agosto de 2009

Sometimes I wish for my death to arrive. Those are the moments that i remember the most. Those are the lapsus that remain everlasting in my memory. Those i can never erase, or ever be forgotten. My weakness takes advantage of me. I can´t control it, it splees (slips) you away. I cannot help it, it won t go away. How could i not think about it? Not ever go back, never. Don´t visit those feelings again. It makes you weaker and weaker. Small, just until you´re nothing. Everyone oublies what you are, what you were. Nobody cares. Nobody gives a shit. You can feel whatever you feel but they won´t notice. They do not watch. They observe but they don´t see. They are blind. They only think about themselves. Just like you, you filthy boy. Look at you, always complaining. You´re pathetic, they should get you against the wall, just like you do with them. Who do you think you are? Why could you posibely judge them, without condamning yourself before? Your wine is the bitterness, the joy of being sad. You embrase it. Is that what all of this is about? Or is it that you lost something on your way here? The road can be tough, you see? You can get distracted and let something fall down. Maybe hope. Maybe Love. Perhaps you´ re empty. You lack of will. You cannot easely realize what happened. You oughta dig a lot deeper and search for the answer, a definitive one. You must understand what a hell happened with you… Or perhaps, to you. Either way, it´s important that you take a deep look inside of you, for your mind contains the reminiscence of how you were and what you were. Find that memory and you will make those unpleasant feelings, those hunting wishes, desappear. It´s gonna be difficult. Once you get that review of what and how you were, try to look alike. Try to recover that image, that old being. That´s impossible, you know? Because you haven´t answered the question. You could know how you were, what you were, you could imitate. But you will never ever recover what made you that way, the mind of that old being. So what you must do is find what changed you. Where in your path you lost the trail. Where was it that you get off the road. That´s what you should think about, elaborate some reflexions. Whatever happend with, or to you, is a mistery, an unrevealed truth. Somewhere in the way you lost something, or is it maybe that you earned something? Did it only changed? Maybe you have already understood what most men take all of their lives to get, or, most generally, never get. There isn´t anything to recover. You haven´t lost or gained anything. You just understood. You saw the meaning, the purpose of life. You are there. So, why is it that you don´t want to be?

Abril 2005

relve

por Brendam Melkiam el 7 de Agosto de 2009

Sorteando peligros te acercas a mi, tomando nota de mis movimientos, evitando tropezar con los obstáculos. Zigzagueando caminos avanzas. Nada puede detener tu andar, eres como una inmensa ola de mar, irrefrebable en su paso. Inevitable llegada la de tu sombra, impenetrable negrura que todo lo invade. Consumes los corazones, puros e inocentes. ¿Quién pudiera contemplar tu aterradora imagen? ¿Quién pudiera soportar el peso de tus ojos, refulgentes al rojo? Ruges en tu inmensidad, empequeñeciéndolo todo. Tu aliento destila maldad, de un halo de odio de pura congoja. Angustia hay en tu rostro, ajado por los años, derruído por el tiempo. Temor infundes en las almas todas. Mas no en la mía. Yo te comprendo. Tu profunda aberración por lo ajeno no es más que el asco por ti mismo. Yo lo sé, pues he contemplado el fulgor de tus rabiosos ojos y he hallado tu penar. Conozco tu sufrimiento, pues es el mío. Somos similares. Sólo que el tiempo ha sido cruel contigo. Es eso lo que te hace feroz ante los demás. Construíste un muro de infinito concreto para no ser penetrado en tu abismal desnudez. Detrás de ese exterior temerario se esconde un interior temeroso, incapaz de hallar esperanzas en un mundo que te ha dado la espalda. Difícil es relacionarte con tal desconfianza en tu ser. Tu falta de amor por ti mismo es tal que al momento en que logras dejar ver un soslayo de lo que eres en tu vasta profundidad, huyes, te alejas como pólen al viento. ¿Qué es lo que escondes? ¿Es tan terrible acaso? Sé que haces el esfuerzo, sé que dejas ver al menos una pizca de tu frondoso ser esperando que alguien te comtemple y te abrace. Pero eso nunca sucede… ¿No sucede porque nadie se interesa? ¿O es porque tú mismo no lo deseas? Temes dejarte amar, lo sé. Siempre el mismo temor, el miedo al rechazo, que es el terror al fracaso. Al no hallarte tu mismo digno de amor, se hace difícil que alguien lo logre, ¿verdad? Temes quedar expuesto y salir lastimado luego, sabiendo que alguien en el mundo supo de ti, te conoció en profundidad, no supo valorarte, comprenderte, amarte en definitiva, y te dejó solo, nuevamente contigo mismo, aborreciendo tu persona más que nunca.
Es por esa razón que tu exterior se hace tan duro, tan impenetrable.
Impides…

Febrero 2005

vulma

por Brendam Melkiam el 7 de Agosto de 2009

Durmiendo en las fauces del infierno en llamas, espero por ti.
Me pregunto si algún día seré tuyo, si algún día podrás aceptar mi torpe, desesperado, desahuciado amor.
Soñando tierras lejanas de inhóspitos verdes y praderas chamuscadas. Insolente percepción la del sol, levantándose una mañana, todas las mañanas. Despierta él, obligado, condenado a recibir las miradas todas. Obnubilándome con sus absurdos rayos. Y la luz ya todo lo cubre.
Yo continúo perdido en los cielos infernales, que lloran por mi, me arruyan mientras ya no existo en una realidad que quizá no haya sido tal.
Las notas melódicas invaden mis oídos que, desconsolados, las invitan a formar parte de mis obsoletos intentos de encontrarte, por lo que ya no hay más que adormecer, somnoliento, como oscuros bosques de antaño.
Árboles que contemplan estoicos tantos amaneceres, perturbadores despertares de ese sol que sufre ser el guía, aquél que ilumine tantas vidas, tantos seres.
Y yo sigo absolutamente ensoñado, perdido en nubes que no desean llevarme con ellas dondequiera que vayan. No puedo ser parte de sus travesías. Y no tengo fuerzas para pedirles que regresen por mi, no tengo el valor de enfrentarme a una negativa. Sería tan cruel, tan burda y dolorosamente cruel.
Yaciendo en un rocoso suelo, aún espero por ti, en esta noche de rosas fugaces, de locuras desenfrenadas, de estrellas apagadas y amores desubicados, lunas desencajadas, rocas impetuosas, abrazos fríos y desolados, besos dulces y mortales, miradas caducas, sensaciones muertas, calores ignominiosos, olores inocuos, humaredas invertebradas, destrucciones saboreadas, sonidos sordos, sonrisas perfectas, y un par de miradas desencontradas que se miran absortas, sin poder dejar de mirarse.

                                                                                                                                      Julio 2006

Rigor Mortis

por Jonás, el Bombero Incendiario el 2 de Agosto de 2009

Tenía vista al mar y aún así le daba la espalda. De pie, a centímetros de una silla que había sido su compañera por más tiempo del que él hubiese deseado.
La pared, lisa, sin decoración, lo miraba fijamente, sin pestañar.
Inmóvil, enfocaba sin mirar, sin que los pensamientos tengan una coherencia, sin unidad, sin una dirección ni sentido estricto o establecido.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con una grieta, cual tajo en un cadáver en la sala de autopsia.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con una mancha de pintura colorada, desparramada anárquicamente como lo que pudo haber sido un cadáver sino fuese por el impacto del tren, el último del día.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con escarcha, desprendida de un cadáver congelado y todavía conservado.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con infinitas gotitas de agua buscando destinos diversos luego de ser paridas por una gotera, simulando las miles de burbujas que se escapaban, a manera de fugitivas, de un cadáver ahogado sin salir a flote, aunque con ojos bien abiertos y saltones, como quien cree que puede aferrarse a la existencia con una última mirada tornándose eterna de rigor mortis.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con protuberancias grasolientas excretadas desde un cadáver fileteado por la cuchilla de un carnicero.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero levantada ladrillo a ladrillo por una mano fuerte, la de un cadáver estrangulado.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con un negro metálico, como un cadáver chamuscado, que imprime su imagen desde el olfato.

Su pulgar izquierdo buscó reconocer la muñeca derecha. Su pulgar derecho buscó reconocer la muñeca izquierda. Lo que quedaba de ellas. Sin piel. Solo carne desgarrada. Suspiró. Inspiró. Dejó entrar una bocanada de aire y dilató el pecho, para luego volver a contraerlo, en busca de su posición natural.
Dieron la orden. Sintió y lo sintió. Y lo volvió a sentir miles de veces en esa sola y única vez, como si un taladro despedazara su masa encefálica en cámara lenta, cuidando que sus nervios permanezcan intactos, sin fisuras, para asegurarse de que sienta.

Lisa, sin decoración. Sin nada. Nada.

No llegó a pestañar. Lisa, sin decoración, pero con la sangre del cordero bíblico apuntando hacia un cadáver, que ahora era el suyo.