El Reloj y La Duna
Escrito por Mr. Meiro Lopez el 17 de Agosto de 2009 y categorizado como Gente Seria.
A orillas del Jordán, dos hermanos discutían. Era de noche y el campamento dormía; dado así, en susurros diferían. El mayor, bolso en mano, atravesaba un brote escapista, cansado de la cotidianidad ansiaba nuevos horizontes; el menor por su parte lo instaba a quedarse, no tiene sentido irse de un lugar cuando uno se siente echado, pues el problema nunca está en el lugar, el problema es del hombre.
-No digo que te quedes por siempre, mas vete cuando lo que desees sea nuevos mundos, no te vayas ahora que te cansaste de éste. Amígate con esta vida, y una vez que estés en paz aquí, la paz te seguirá a dondequiera que vayas; vete en discordia, y te llevarás a ésta en la mochila.
-Un sabio ya ha dicho alguna vez: “Para que el viaje fuera solución y no un simple alivio, el que se va no debiera llevarse. De todos modos, el alivio de partir vale la pena”. Sé de lo que me hablas, y reconozco lo que me dices; pero eso no quita que estoy harto. Y si los problemas me siguen, por lo menos el consuelo de encontrar problemas nuevos o distintos es lo que me da coraje a seguir. Esta tierra, de judíos con sus Mesías y romanos con sus cruces para exhibirlos en lo alto, me repugna. ‘Sabios’ que se llenan la boca de Dios mientras persiguen el poder del Cesar…
-No me vengas a chamullar a mí – odiaba cuando se alzaba en profeta de la crítica para evitar hablar de él -; Rabi, te vas porque se casa, y no puedes con ello.
Cuan cierto; por algo era su hermano, si bien no compartían padre, no dejaban de ser una misma carne.- A la muy puta no le alcanza con la vida de la mujer de un carpintero, ¡que se vaya a cagar! – se desahogó -. Sí, es verdad -le concedió-, pero no es sólo eso, hay más; es todo. Es la puta de nuestra madre y mí padre que nadie conoce; es el nabo de tu padre que calla y otorga; es Magda; son Marta y María con su casa de perdición; son Judas, Simón y los demás en su lucha suicida contra los romanos; son los esenios con sus baños de pureza y los saduceos con sus ritos teatrales en sus gigantescas casas de cambio; es el saber que es cuestión de tiempo de que alguien pida la cabeza del Bautista, un hombre de paz y de amor, para que alguien se la entregue en una bandeja de plata. Es Dios, que se ha olvidado de su pueblo y lo ha dejado a la deriva.
Cuánto le molestaba cuando hablaba así de sus padres; era cierto que lo de ser ‘hijo del Espíritu Santo’ no le cerraba mucho a nadie, pero tampoco para decirle “puta”; y podía mostrar un mínimo de agradecimiento a José llamándole ‘Abba’ (Papá), al fin y al cabo, lo había cuidado desde su temprana infancia y le había enseñado todo cuanto sabía de su oficio; pero bueno, era una vieja disputa que sólo se iba a solucionar cuando Jesús dejara de estar enojado con el mundo y comenzara a interesarse por éste. No por nada era el ‘Rabi’, apodo bien merecido tras demostrar innumerable cantidad de veces que todo le ‘importaba un rábano’.- Lo que quieras, estás indignado con el mundo; ya lo sabemos todos, ya nos memorizamos todas tus quejas -amparado por el amor que su hermano le tenía, era el único que se animaba a desestimar sus tan elocuentes argumentos; y así, era el único que lograba que éste le hablara honestamente, fuera del personaje que se había armado como coraza externa-, pero ésta no deja de ser tu tierra, ésta no deja de ser tu gente; gente a la que amás, y gente que te ama a su vez. ¿Dónde queda todo eso?
Cómo lo quería al ‘pendejo’, le daba vuelta la tortilla de un cachetazo y no se creía ninguna; pero no le iba a ganar la discusión, mostraba la otra mejilla y arremetía en su postura.- Gente de mierda que ama a los de su calaña; sólo unos pocos ‘zafan’. De quedarme lo haría por vos, pero sos el que sé que más me va a entender cuando me vaya. Me quedaría por Lázaro, tal vez; me duele verlo en ese mambo depresivo sin salir de su cama; parece no hacer más que esperar a la Muerte, tan ansiosamente que decidió darse por muerto incluso antes de que ésta venga a buscarlo. Me quedaría para decirle ‘Lázaro, levántate y anda’, pero me voy porque sé que no me haría caso. Uno no puede salvar a alguien de ahogarse sin antes aprender a nadar; y yo no quiero vivir toda una vida para ahogarme sin nunca haber dado siquiera una brazada.
Igual, seamos buenos; los adoro a los chicos, y amo a mi familia; eso de “gente de mierda” – se percató de la injuria- es un tanto fuerte. Sé que lo primero que haga cuando vuelva, de volver, va a ser tratar de juntar ‘a los 12’ pa´ asarnos un corderito y tomarnos unos ‘vinasis’. Pero siento que pasa el tiempo y todo sigue igual; ya he escuchado todas sus historias, todas sus ansias de revolución y sus hartazgos de los romanos, y no quiero quedarme y seguir escuchando siempre las mismas estupideces. Los romanos seguirán aquí; cómo los babilónicos en su momento, tirarán abajo al templo, y nuestro pueblo los mirará hacerlo en silencio, mientras espera por su Mesías. –Viendo la mirada de reprobación en los ojos de Santiago, se dio cuenta que se estaba yendo de tema, así que volvió bruscamente a su línea de pensamiento original- En definitiva, me voy para extrañarlos – se sinceró consigo mismo al tiempo que lo hacía con su hermano- ; me voy para algún día volver y sorprenderme del fervor de Simón, de la Sabiduría de Juan, de la tozudez de Tomi; quiero ver a Magda y poder sentirme feliz por su felicidad; quiero ver a Lázaro andar, y saber que no tuve nada que ver para que eso suceda; quiero extrañar la devoción de mi pueblo y todo lo que éste tiene de propio, quiero extrañar el aroma de sus mujeres, quiero disfrutar del dulzor su vino de dátiles sin quejarme comparándolo con el de uvas; quiero extrañar esa capacidad de perdonarme cualquier cosa de mamá y esa paz-ciencia sin límites de… José –Santiago se frustró mínimamente, pensó que en ese momento de debilidad tal vez le dijera ‘papá’-. Me voy, porque quiero volver a sentir que todo lo que necesito está en mi tierra; pero nunca lograré hacerlo si no parto de aquí antes. Ya sea 4 días, 40 días o 40 años, necesito un tiempo lejos de casa.
Al fin, honestidad; ya podía dejarlo ir. Se abrazaron con fuerza; si alguien los hubiera visto con detenimiento, un par de lágrimas pudieran haber sido encontradas; pero no, eran bien machos ellos. Santiago buscó en su túnica y sacó un pequeño reloj de arena. Lo tenía desde pequeño, se lo había regalado su padre cuando un hombre corto de haberes se lo dio en forma de pago por la reparación de una puerta. Tomó la mano de su hermano y lo colocó en ésta. – Esto es el tiempo que necesites- pasó a decirle-. El tiempo pasa y es lo único que hace, y si bien ante nuestros ojos parece que lo que hace es agotarse, es cuestión de un giro de muñeca para que éste se re-nueve, fluyendo con la misma fuerza de siempre. Gira, y comienza un ciclo, que caiga la arena y pase cuanto tenga que pasar por esa pequeña ranura, que parezca agotarse cuando tenga que hacerlo; pero cuando suceda, es cuestión de un movimiento mínimo, un tropiezo quizás, para que el tiempo gire y sus arenas vuelvan a pasar. No dejes nunca de moverte, no pares ante un tropiezo y no te detengas nunca; nunca sabes qué ‘empujón’ es el necesario para que el tiempo retome su curso.
-Y la gente dice que yo soy el sabio de la familia.- dijo muy orgulloso de su ‘hermanito’; lo abrazó con fuerza una última vez a modo de despedida, para luego darle la espalda y, sin mirar para atrás, encarar hacia el desierto.
Ya hacía varios días que andaba, el sol era devastador y desgastante; la estepa ya había quedado en el camino y las dunas ya habían comenzado a deslizarse bajo sus pies. Cuando el cansancio lo agobiaba tomaba en sus manos el pequeño reloj que su hermano le había regalado y eso le daba fuerzas para continuar. “Nunca dejes de moverte” se repetía, y así continuaba. Pero el movimiento constante, bajo un sol igual de constante, desgasta. Ya no era el mismo de hace unos días, parecía una persona distinta. Completamente demacrado, lo que lograba engullir por las noches, al reparo de su tienda desmontable, no era suficiente; y lo que lograra beber nunca alcanzaba para compensar el agua que escapaba por sus poros; pero no importaba, el no se detenía, no paraba de moverse. Ya no miraba donde pisaba, casi ni miraba a donde se dirigía; perdía la mirada en el difuso horizonte y ponía sus pies uno delante de otro, soportando el ardor de un suelo siempre el mismo, arena y más arena. Y así continuaba en su constancia, pero el sol tenazmente lo igualaba en constancia y obstinación y continuaba calentando y secando. Calentaba el suelo bajo sus pies y secaba todo, secaba el sudor de su frente, secaba el de debajo de su sobaco, secaba hasta el agua de los espejismo que ante él aparecían; pero ante la adversidad, reloj en mano, continuaba.
Continuó y se movió reloj en mano, hasta que no pudo más. Y se desplomó, bajo el sol imparcial, sobre la arena que ocupaba todo lo que no fuera cielo ante su vista. Y cayó, brazos extendidos, boca abajo. Procuró apretar su amuleto para ver si le quedaban fuerzas que recuperar, pero aquél no estaba en su lugar; sus manos estaban vacías. Alzó la mirada del suelo para buscarlo y ante la homogénea inmensidad de las dunas del desierto que todo lo ocupaban, algo rompía esa perfección; pero, aun así, respetaba una cierta armonía.
Un reloj de arena en un mar de dunas. En un esbozo de reflección pensó en sus adentros “un pequeño reloj en las inabarcables arenas del desierto: así es el hombre y su ‘tiempo’ ante Dios y su ‘eternidad’”. Último atisbo de pensamiento racional antes de entender. Apresó dentro de él una realidad harto superior a ese razonamiento que fuera no más que un puente entre su alma y la Verdad Última. Pues en ese momento, ante esa burda imagen, comprendió. Contempló la misma Verdad ante la cual se paró Moisés en su momento al ver un arbusto en llamas –fuera lo que fuera lo que éste haya razonado-. Último atisbo de cualquier tipo de conciencia; y luego, luz. Luz ante sus ojos y en su pecho, luz en sus manos a modo de sensación y en su espalda y nuca suplencia de temperatura. Luz de luz, beatitud de beatitud. El sol y su calurosa opresión ya no fueron para él, los olvidó por completo, al tiempo que también olvidaba todo en cuanto a su tierra y su gente. Y no era olvido en tanto desgaste de la memoria, olvido en tanto descarte de nimiedades; ya no recordaba ni el nombre de las cosas, ni si las mismas siquiera tenían forma. Y se alzaba por lo alto, pues ya no había arena que entrase en contacto con él; pero no era altura donde estaba, tampoco era aire lo que sentía. Luz y absolutez; libertad plena de toda atadura, física y mental.
Y fluyó en ese fluir cuanto le duró; inmerso en un placer tan vago como la calma tan frágil como la paz; como un beso en la frente de quien se refugia tras el cobijo del sueño. Hasta que, a sus ojos, la luz se refractó de golpe y tomó forma. Tomó color y tomó distancia. Y a lo lejos divisó una ciudad. Y en su mente el nombre de ‘Jerusalén’ se oyó sonar. Qué bella que era esa ciudad, y qué bien la veía desde esa altura. Pues ahora sí estaba alto. Y miró. Y bajó la mirada; vio a Juancito y vio a mamá; también estaba Magda. Qué feliz se sintió de verlos, cuánto los quería. Pero no estaban felices. Ellos lloraban. Y miró a sus costados. Vio Cruces y Condenados, hombres colgados desnudos, manos y pies atravesados por pedazos de hierro, con sus piernas mugrosas y hediondas de sus propias heces y orines, con sus rostros llenos de lamento y clamor. Y luego sintió. Era tacto, sintió calor, pero en su espalda percibió un sudor muy frío. Y sintió, era intenso, era fuerte, y desagradable. Era muy vívido, y lo sentía, y terminaba de entender que realmente era para nada placentero, y tomó forma y lo sintió definitivamente. Dolor, inabordable, insoportable, pleno y absoluto dolor. Quiso contraerse llevando sus manos a su panza, pero no pudo. Sus manos no respondían, sus manos dolían… y mucho. Las miró, estaban clavadas. “¡Ahh!” Pensó, pero no pudo gritar; le costaba siquiera respirar. Desesperaba al comprender que él era uno de los condenados, pero ¿por qué? Se retorcía en busca de lograr librarse, pero no podía más que mover mínimamente sus caderas, para que un penetrante dolor en sus pies lo instara a detenerse. Y claro, éstos también estaban clavados.
Y lo vio, un soldado vestido a la usanza romana, lanza en mano, dispuesto a dar los golpes de gracia. Y a su derecha, un condenado fue ‘lanzado’, y éste dejó de retorcerse. Se acercaba a él. No iba a partir sin dar un mínimo de pelea, no iba a aceptar ese castigo, el cual no había hecho nada para merecer, sin hacer uso de los medios a su disposición – los cuales eran extremadamente limitados- para aunque fuera decir ‘pero’; y comenzó a agitar sus caderas y a desagotar su vejiga. Atinó, y el soldado fue salpicado de orines; pero sin siquiera cejar momentáneamente, clavó su lanza a un lado del torso de aquel con incontinencia urinal para verse bañado con la sangre del crucificado. Y dejó de moverse.
Pero el Tiempo siguió su curso.
FIN
Nobleza Obliga
La frase: “Para que el viaje fuera solución y no un simple alivio, el que se va no debiera llevarse. De todos modos, el alivio de partir vale la pena” es de Bioy Casares.

Federico Zupan dice:
Usted si que sabe plasmar la literatura… Uno de los grandes cuentos de la era digital.
Espero con paciencia la próxima entrega, y por que no, alguna conferencia a su buen nombre!
Saludos!
7 de Septiembre de 2009 a las 22:42