Seguimos al que pague

Hedysarum alpinum o el fruto

Escrito por Jonás, el Bombero Incendiario el 31 de Agosto de 2009 y categorizado como Gente Seria.

La noche vestía una capa de silencio. Puertas adentro, una tenue luz pintaba las paredes. Afuera, la oscuridad se arropaba con el silencio invernal. Algunas nubes ocultaban el titileo de las pocas estrellas visibles. La noche no tenía nada en particular. La temperatura no era muy baja, pero estaba lo suficientemente fresco como para que las familias cenaren protegidas.

Él, sólo, acababa de comer un plato común y ordinario, empanadas acompañadas con una ensalada de lechuga y tomate, por ser un día a mitad de camino al fin de semana. Algunos rastros de la criolla todavía quedaban en el plato, a centímetros de su mano derecha. Luego de unos largos segundos sosteniendo invariablemente la mirada sobre esos huérfanos restos de lechuga, y sin pensar nada concreto, amplió el arco de su visión y se acordó del fruto que sujetaba, sin una tensión desmedida, con esa misma mano derecha.

Era la primera vez que iba a probar el fruto. No recordaba bien su nombre. Tenía la vaga idea, tal vez un falso recuerdo, de haber escuchado distintas maneras de referirse a él. En realidad no se encontraba seguro de que esos distintos bautismos estuviesen, efectivamente, nombrando al mismo fruto. Tampoco tenía certeza alguna acerca de su descripción: no podía figurarse ni el color, tamaño, forma o textura precisa de los comentarios.

No era un fruto exótico. Solía crecer en distintas latitudes y a diferentes alturas, aunque no solía ser cultivado pues su abundante oferta natural solo hacía rentable su cosecha. En general, quienes lo comercializaban no solían tomar la decisión lucrativa, y característica de un homo economicus, de cultivarlo; más bien, se topaban con él y, aprovechando el azar, lo cargaban en su canasto, como haría un típico homo medievalum, junto al resto del stock cultivado específicamente para ser vendido.

Por otro lado, él no era un versado en frutas ni  verduras. Tampoco le interesaba mucho ese reino de los seres vivos; prefería la carne y las pastas, y si había postre, algo dulce y cremoso era suficiente. Pero ese día, volviendo al hogar, y cuando ya saludaba el atardecer, pasó por la verdulería con la misión de comprar tomate y lechuga: tenía que encontrarle un acompañante a las empanadas de la próxima cena. En el cajón de los tomates se había filtrado, a causa de una torpeza previa del verdulero, el fruto que ahora estaba ocupando la totalidad de la palma de su mano derecha. Cuando el verdulero comenzó a introducir  los perita en la bolsita de plástico, él notó la presencia del intruso. Con desgano, se lo señaló al verdulero, para que lo retirase. Pero cuando éste se disponía a obedecer, luego de una disculpa tan sincera como despreocupada, un abrupto, aunque poco emotivo, “déjelo, me lo llevo también” se desprendió de sus labios, mientras el aire que subía por las cuerdas vocales, y que hacía las veces de voz, las raspó, irritándolas por su escaso uso y falta de lubricación. Con esa historia por detrás, ese fruto se encontraba entonces abrazado por sus finos y largos dedos, a breves partículas de tiempo de conferirle un nuevo sabor a sus rutinarias papilas gustativas.

Dio el mordisco virginal. Cuando sus dientes frontales atenazaron el fruto y se enterraron casi hasta su corazón, un chorro de jugo salió disparando, bañando el paladar. Hasta ahí, ningún sabor llamativo o sobresaliente, ni dulce ni amargo. Recién cuando el jugo comenzó a salir con mayor caudal, como una bañera rebalsando, y enredándose con la saliva acumulada por debajo de su lengua, sintió el sabor intensamente dulce. Con la fusión de líquidos salivales-frutales recorriendo en bajada por la garganta, en dirección al estómago, saboreó un breve amargor. Le gustó, aunque no le fascinó. Estaba bien, pero seguramente tendría que probarlo nuevamente en algún otro momento.

Dejó el corazón del fruto sobre el plato, junto a los restos vegetales. El cansancio llegó finalmente a sus ojos, cuyos párpados jugaban al sube y baja. Se retiró del comedor sin lavar. Quería aprovechar las últimas fuentes de energía para leer algunas páginas antes de quedarse dormido. Era semana de Kafka. Lo cierto es que ya iban dos semanas. Había debutado con una compilación de cuentos que incluía “La Metamorfosis”, luego siguió con el “El Castillo” y ahora probaba “El Proceso” . A las dos páginas se quedó dormido.

No era lo usual que soñara, pero esta vez tuvo uno lúcido: una pesadilla, no debido a su carácter tenebroso sino por la angustia que sobrevolaba la trama, a tono con los escritos del literato famoso a contra voluntad. No fue la pesadilla ni el estado febril que la acompañó, sin embargo, la responsable de despertarlo. De ello se encargó un fuerte espinazo en el centro de su pecho.

El espinazo indicaba que los pectorales estaban presionando los pulmones. A ciencia cierta, eran los pulmones los que estaban empujando, expandidos repentinamente por una presencia extraña que comenzaba a gobernar esos órganos. El dolor quiso escapar en forma de grito pero quedó encerrado por la nuez bíblica, que dilatada en escala geométrica, se convirtió en una barrera infranqueable dentro de las vías respiratorias. Con la nuez inmovilizada por el novel volumen extraordinario, e inválido hasta para tragar, la mano -que poco antes había sujetado desinteresadamente el fruto- creyendo que podía servir de asistencia médica, aferró desesperadamente, absurdamente, inútilmente, el cuello. Porque en ese mismo instante los tendones del pie derecho, como unas raíces quebrando las veredas, estallaron –esa fue su sensación-, y una rigidez, cortejada de un intenso ardor, jaló del pie para tomar impulso y subir por la pierna, pasar por los muslos arrasando con todos los censores nerviosos, introducirse con brusquedad en la zona abdominal y violar el estómago. Se cagó. O mejor dicho, fue como si se hubiese cagado cuando sus intestinos reventaron y la mierda en formación se desparramó por todo su interior. La rigidez no se detuvo allí. Siguió trepando hasta desviarse por su brazo, su mano y los dedos, hasta dejar la antigua garra como una pata de rana. La rigidez se mudó entonces al cuello y le hinchó las venas en el mismo instante que las tensaba. La mandíbula intentó alcanzar un ángulo de noventa grados. La piel por debajo de los pómulos se fue desprendiendo como si estuviesen bajando un cierre relámpago, exponiendo los huesos. Imitando una performance ilusionista, los párpados se abrieron hasta el punto de ocultar su propia existencia. El proceso parecía no querer cerrarse y los ojos se deshidrataron, justo, cuando un último brillo fugaz, eclipsó sus pupilas.

Silencio.

La Noche. Se Desnudó. Lo Miró. Y Permaneció en Silencio.

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