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Archivo de Septiembre 2009

La manifestación

por Ido Minaut el 23 de Septiembre de 2009

En el que se relata cómo y por qué, en el barrio que oculta agazapada a la República Separatista de Tigre, se dio, cierta vez que la memoria no quiere precisar, una singular pueblada…

Salí de mi experiencia antropológica interesante justo a tiempo para ver cómo demolían la vieja Casa Cobo. De cómo el narrador encontró el sitio de la demolición, y de la fauna que allí halló, imaginé decirme, avanzando hispánico entre el gentío que gritaba indignado o se quedaba parado frente a las grúas que desfilaban para la quinta señorial, un pavoneo tosco de machos en celo. Silencio en el reino.
El rumor venía corriendo en el barrio hacía tiempo, digamos algo así como siete años. Triste resabio de la época en la que Tigre era el sitio predilecto de merecidos descansos para un Sarmiento o un Pellegrini, notables personalidades de nuestra política criolla, la Casa Cobo soportaba esa mañana la presencia de una caterva de engañados, materia prima del municipio. Tras las bucólicas esperanzas de paz que les había ofrecido alguna vez el Delta, los engañados se descubrieron al cabo de pocos años purgando la condena de verse invadidos, no sólo por la insistencia epidémica del turismo dominguero, sino por la más endémica tortura de los enriquecidos sobrevivientes del 2001, clientes y fautores de exagerados barrios privados que se iban instalando en nuestros pantanos fiscales al ritmo de la especulación y la ejecución malsana de hipotecas. También éstos se asoleaban ahora frente al sitio de la demolición, impunes.
Digámoslo de una vez: la señorial mansión era una auténtica casona de Tigre, no del Tigre, de estas que ahora abundan a los lados de acceso Panamericana y ramales aledaños, construcciones de amplios ventanales a la vez útiles para mostrar un interior muy decorado y ahorrar en material. Los dueños de estas monstruosidades que agotan con sus desechos la exigua red de cloacas y consumen el suministro de energía con aires acondicionados -los sobrevivientes- constituían la mitad del público presente; a la otra mitad la supuse como yo, aburrida y bastante avecindada, de la primera hora, con casas de verdad y ventiladores de techo. Engañados. En esto uno debe ser terminante: los conversos existen. Y si supieras quién grita por vos ahora, ¡oh! padredelaulasarmientoinmortal, arremangarías tu saco y te mandarías con los muchachos a picar estas paredes, imaginé declamar.
La añeja mansión funcionaba por entonces como hogar y baño de perros y vagabundos, y menos como espacio para los polvos ocasionales o directamente imaginativos que ocasionalmente imaginábamos de jóvenes, seducidos por los sensuales capiteles y los altos techos espejados que creíamos entrever desde los portones mientras esperábamos tomar el 60 para ir a las fiestas del club San Fernando, con los forros molestando en la billetera vacía, inflamados ya por la leyenda del prostíbulo ilegal o la certeza de que era allí donde se perdía finalmente la virginidad.
Claro que yo no pensaba en nada de esto esa mañana, cuando me instalé entre el tumulto. Una vieja con tiempo me miró, miró mi bicicleta inglesa, volvió a mirarme. Como si mi bicicleta paqueta fuera a quitarles lugar a otros testigos de la irreversible demolición, se acercó lo suficiente como para hacerme sentir que el metal molestaba. Tañí la campana, desencadenando por accidente una nueva ola de abucheos para los obreros que paseaban por los jardines, aburridos de esperar. Ignorada, la vieja se refugió en la última trinchera, el suspiro sonoro.
Un grupo de estudiantes universitarios parecía comandar la protesta. Protestaban. Al divisarme entre la muchedumbre, la novia de un conocido protestón tigrense se me acercó, quizá animada por el respaldo que podía extender yo a la protesta que ella conducía, dada la impronta de mis estudios universitarios en la protestona Facultad de Filosofía y Letras. Un poco de revolución no te vendría nada mal, me dije, y compuse una amplia sonrisa guevarista, encarando la redacción del capítulo En el cual el narrador, componiendo una amplia sonrisa guevarista, intenta arrastrar a un acto no menos revolucionario a la cabecilla algo tetona. Debo confesar que la subestimé; ignorando mi cubana barba de dieciséis días, la compañera arrojó un golpe maestro, bajo: “están destruyendo la Historia”, dijo con mayúscula después de plantar un protocolar beso en mi mejilla tapizada. Yo la miré y quise que mi mirada no insinuara mis amargas sospechas respecto del lugar exacto de la vieja Casa Cobo entre las estructuras políticas, sociales, económicas, mentales, culturales, espirituales o incluso arquitectónicas de la Argentina contemporánea. Debió funcionar, porque mis ojos abiertos le arrancaron un retórico “¡podés creer!”. Y agregó: “Encima para poner eso”. ¿Eso? Misterio. Enfrente, el kiosquito de panchos humeaba y nos llamaba, cómplice, pero vos no te diste cuenta, compañera tetona, e insististe en la acción social, la más ingrata e ineficiente de las acciones. De cómo el narrador se apersonó solo en el puestito de panchos comenzó a redactarse al segundo en el que escuché el vocablo soez de “petitorio”.

(- Qué quilombo che. Uno, con mostaza.
- Yo estoy vendiendo a lo pavote, pibe. ¿Sale con papitas?
Mi mirada detuvo la lluvia dorada. ¿Papitas? En verdad Tigre era una pasta repugnante).

A mi regreso debí proteger el pancho de la renovada agitación de palmas ciudadanas. Se había averiguado, finalmente, que la Casa Cobo estaba siendo derribada para construir un mega-hotel yanqui (dixit). Al antiimperialismo de manual de mis colegas se le sumó no sé qué bien predispuesto nacionalismo barrial de ambas mitades del público, acicateado hacía semanas por el increíble ascenso del Club Atlético Tigre a Primera División, hecho que, evidenciando una vez más la crisis institucional que atraviesa el país, fue irresponsablemente tildado en nuestras calles de “justicia histórica”. Semejante enormidad decoraba las últimas producciones oportunistas de ropa al menudeo.
Percibí la desaprobación general que inspiró la versión del mega-hotel yanqui, y temí por el destino de mi bicicleta imperialista (En el que comienza el relato verdadero sobre un desafío sin cuartel al Imperio). Las razones por las cuales se prefería que una soberbia esquina con vista al río fuera concedida al tirano disfrute de los vagabundos y sus perros o a la imaginación de los polvos y los prostíbulos imaginarios en lugar de dar trabajo a los albañiles, arquitectos, gasistas, electricistas, mucamas, recepcionistas, gastronómicos, serenos, restaurantes y kiosquitos de panchos humeantes nunca fueron explicitadas, aunque debieron de ser telepáticamente muy convincentes, porque todos se abalanzaron a corear las consignas que espontáneamente nacían de las gargantas ofendidas. En el frente de batalla –erudito, copado por los universitarios- se alzó un aislado “yanquis hoteleros”, que murió afónico; más popular, la retaguardia enarbolaba el efectivo “yanquis hijos de mil puta”.
(Y aquí estuve a punto de imaginar rumiar un soliloquio respecto del magno problema de la concordancia, porque yo también solía dejar en singular el último sustantivo cuando puteaba a alguno de todos los hijos de mil puta que van sedimentándose en el otrora aristocrático Tigre sarmientino, y siempre me preguntaba por qué yo, que tantas veces me había investido de un puritanismo sintáctico de cruzada, me dejaba arrastrar por semejante grieta. Pero por suerte vino a rescatarme de mi Bifurcación morfológica hacia una forma de putear, y de lo que allí se reflexionó el novio protestón de mi tetona empedernida).
Novio protestón (Héroe), tosiendo por el polvo de las grúas, rastas al viento, dos puntos, línea de diálogo, comillas, no los vamos a dejar, cierro comillas.
- no no, eso está claro- yo, pancho en mano.
-(mirando en lontananza. Apertura de ojos. ¿Satisfacción?) “Ahí viene la cana”
- …
-(y porque las reglas de la etiqueta son rigurosas para la población de los privados tigrenses, frente a mi total falta de falta de respeto a la policía) “Che… emm… ¿vas al cumpleaños de Agus el viernes?”. Sí, novio protestón, cómo perderme en el ágora tu versión de la historia: De cómo se mordió los labios aquel viernes frente a la heroica versión, y de las cervezas detrás de las que ocultó su mínima parte en la pueblada. “¿A las 9, no?” Pero no me oías, oh Héroe, tan dorada prometía ser la medalla de la represión.

Coincidiendo en sus naturalezas decorativas, las fuerzas del orden acompañaron la llegada de las primeras pancartas que empezaban a ilustrar el mediodía. Era hora de salida en los colegios de la zona, y los alumnos corrían hacia el tumulto, arrancando hojas de carpeta a la carrera. Con fibras de colores o marcadores indelebles escribían “yanquis putos” o “salven a la quinta”; otro asomó un “Tigre capo”. Algún fantasioso consiguió una cartulina grande y dibujó, visiblemente irritado contra la perspectiva de los sensuales capitales, una antropomórfica Casa Cobo llorando por las ventanas, con un globito de historieta en el que decía “quiero vivir”. Primera mordida a mi pancho, único refugio de realidad a esas alturas.
La espectacular entrada de la bola demoledora logró acallar por un momento los insultos y las fibras, municiones antiimperialistas de largo alcance. Escoltado por dos curiosos uniformados, el armatoste entró pesadamente en el barro de la quinta, en medio del silencio de ambas mitades del público. Pero al instante, los condenados de la tierra se levantaron del letargo:
- ¡No pueden privarnos de nuestro patrimonio cultural!- exclamó al unísono un sector del frente (¿el grupo de Antropología? ¿No eran un mito?), cuando las máquinas encararon decididamente el holocausto inmobiliario.
- Vayan a laburar, che- replicó (no sin razón, eran las 12 del mediodía) el piloto de la bola demoledora, antes de destrozar el ala izquierda del edificio, donde nosotros nos convencíamos de chicos que estaba ubicada la sala de masoquismo. Si supieras que luchamos por vos, compañero, habrán pensado, incomprendidas, varias cabezas del comando universitario, fogueadas en cruentas batallas de clase, vírgenes de destornilladores.
- ¡Ya viene la tele, ya viene la tele!- se escuchó sobre el estruendo del derrumbamiento. “Es Crónica”, precisó otro. La viejita con tiempo se peinó de costado. Segunda mordida, atolondrada. Me manché el buzo. La demolición continuó, paciente y selectiva.

Finalmente, a pesar de Crónica, de los gritos, de las consignas; a pesar de los vagabundos y los perros y los polvos imaginarios; incluso a pesar del grupo de Antropología, la Casa Cobo tuvo su hundimiento. Fue un hundimiento nada literario, poco lúgubre, si el mediodía era una maravilla y ni siquiera estábamos en otoño; fue hasta aburrido, ningún caballo a la vista, ninguna ciénaga, ningún escudo de bronce pulido con su maldición, ninguna lady Madeline de sangradas ropas blancas acompañando los intermitentes derrumbes y llevándose a los obreros imperialistas a la tumba. Real, estruendosa, e insoportablemente lenta: así fue la aniquilación de la vieja Casa Cobo. Era difícil mantener viva la rebelión en esas condiciones. Sospeché que mi mitad se sentía desilusionada: esperaban verla explotar como en los tiempos en que Suar la había rentado venalmente al municipio para grabar una escena primermundista de su versión tercermundista del cambio de milenio, dinamitando el perímetro con explosivos y teorías conspirativo-religiosas. Eso, al menos, debe serle reconocido a las autoridades de mi pueblo: implosionar un patrimonio cultural para construir con sus fragmentos otros patrimonios más útiles pero infinitamente más privados constituyó siempre una política de Estado en la gran República Separatista de Tigre. Gloria y loor.
“¡Asesinos!”, gritó la vieja a mi lado, cuando el último ladrillo podrido tocó el barro en el que la ex Casa Cobo había logrado mantenerse a duras penas los últimos cincuenta años. La miré incrédulo, con los restos de mi pancho todavía caliente entre los dedos. En el que se explica y comprueba que la abundancia de tiempo hace estragos en la salud mental. Me sonrió levantando los hombritos. No es todo: se mordió el labio inferior. El cántico, sin embargo, tomó fuerza, incluso entre mi mitad. “A-se-sinos, a-se-sinos”. Abandonado, imaginé mirarlos uno por uno, mientras arrastraba mi bicicleta inglesa entre la manada de hienas. Sensible como nadie a la vergüenza ajena, escapé horrorizado, pedaleando.

La Prisión de las Baldosas

por Mr. Meiro Lopez el 21 de Septiembre de 2009

Sin celdas ni muros, no podía salir de su parcela. Es que no sabía atravesar sus límites. Cada baldosa separada de la próxima por las misteriosas y geométricas junturas. Era fácil circular por las zonas de grandes baldosas, lo había depositado en un banco,pero su madre  bajo el cual el mar de baldositas parecía uno de lava. Veíalos circular des-preocupados, como si eso que a él no le permitía disfrutar de esa plaza no fuera una condena. Reían, y si bien no reíanse de él, su disfrute era una burla. Cuán amplio y bello es todo, y cuán encerrado de eso lo habían dejado.

 Hizo sus excursiones explorativas a puntillas de pies, mas no fueron para durar. A cada intento, el temor a perder el equilibrio lo mandaba de vuelta, dando unos comiquísimos y cuasi-espásticos saltitos, al banco. Es que hacía tanto que firmemente pisaba sobre las baldosas que ya no sabía si lo hacía por precaución o por costumbre ¿Qué pasaría de pisar en las junturas? Poco menos que angustiado, quedose sentado y callado. Miraba al común de sus coetáneos frustrarse unas 5 veces, a lo sumo, por pisar las divisiones de las baldosas para entregarse indulgentemente a la resignación, y a pisar lo que venga, y a otra cosa.

 Y la vio, un ser extrañísimo, nunca visto algo semejante por él. Los pantalones rasgados en las rodillas, la remera hecha un terroso desastre, codos (sí, ambos dos) encascarados y un eminente chichón en la frente. Obviamente, sobre su cabeza asomaban cual cornamenta dos colitas, anunciando, en confabulación con una muy ‘pícara’ sonrisa, que se venía una diablura. Trepaba por los árboles y aterrizaba de sus alturas envuelta en carcajadas; una y otra vez repetía el accidentado ritual. Corría incontenible por todos lados, ansiosa, jolgoriosa, viva. Un huracán, una tempestad de vitalidad penta-añera.

 Pero no era eso lo que le llamó la atención; única como la percibió y la supo de inmediato, no fue por lo que ‘vio’, esos meros accidentes ‘aparenciales’. Es que ella corría libre, pero en esas escasas ocasiones en las que su paso se regularizaba y decaía a un contenido caminar, parecía que no pisaba más que las junturas. Al observar con mayor detenimiento, se dio cuenta que no era que sólo pisaba las junturas, pisaba indistintamente baldosa o juntura. Y no era resignación, no era esa actitud que tomaban los otros, de olvidarse del suelo y pasar a otra cosa; ella le prestaba profunda atención, y cuidadosamente pisaba sobre cualquier cosa. No, no era resignación, ella estaba más allá de eso, más allá del juego inclusive; era serio, realmente serio, y aun así pisaba valientemente sobre cualquier cosa. Jugar para ella era correr, subir y bajar de alturas, fueran florales u arquitectónicas. Pero caminar entraba en otro orden, era su descanso. Era su momento de muerte en su existencia de vida plena; en su vida juglaresca, esos momentos de muerte no eran más que reposo. No hacía falta jugar en ellos. Libre de todo juego, caminaba expectante y desafiante pero tranquila, pacífica; serena. Y de golpe, ‘Zas’, re-ignición; a correr, jugar, reír. Su cara volvía a su diabólica mueca de picardía y agarrate Catalina.

 En una de sus escasas caminatas de reflexión lo vio. Pensativo y solitario. En su cavilar había algo extraño, y eso le llamó la atención. No era estrepitoso, ni buscaba su atención como el resto. Él solo se sentaba y miraba a la gente pasar. Tan serio y pensativo, tan distinto. Pero aun así, a simple vista, pudo saber que algo en común tenían; y se acercó para hacérselo saber.

 -¿Sos del ‘Doke’?- le preguntó, rescatándolo de su encierro con una hermosa oferta de amistad, señalándole la camiseta roja y negra que su Papá le había regalado para Navidad.

 -Desde la cuna- respondió como le había enseñado su padre-¿vos?

 -Yo también. Como mi Papá- dijo inflando el pecho y señalando a un lejano panzón reunido con otros de panzas de símil extensión-. Pero no me dejan ir a la cancha todavía -lamentose.

 -Yo una vez fui, de chiquito- alardeó recordando-. Me llevó mi Papá porque estaba jugando el ‘Menzo’ -erró inocentemente- Medina Bello. Pero después mi Mamá le dijo que no, que hasta los 8 no me dejaba de vuelta. Cuando me lleven de vuelta si querés le decís a tus papis a ver si te dejan y vamos todos juntos.

 -Uh, ¡dale!

 No hizo falta más que eso. Dos almas se encontraron y se supieron encontradas. Con el tiempo nos enseñan a rotular, ‘mejores amigos’ a aquellos que despuntan en historial o afinidades, ‘hermanos del alma/de la calle’ a los que constituyen esa familia que nos armamos sin regirnos por la sangre, ‘conocidos’ a los que “está todo bien, pero hasta ahí”, ‘pareja’ a quien no des-entona a tu lado, ‘compañer@’ a quien te de compañía en las buenas o en las malas, ‘amante’ a quien te de un respiro de las ultimas dos rotulaciones; y así se sigue poniéndole nombres a lo que se siente, y se evita el asumirlo; libre, liso y llano: Amor. Pero ellos no, son inocentes. No saben, no entienden, son simples, peyorativamente así se los califica para convencer de que son  Los Adultos los que deben formarlos a ellos; Adultos que ya fueron de-formados en un principio, ya vienen adult-erados por Adultos anteriores, y sin re-formarse pretenden formarlos a ellos, a ellos que se esfuerzan por seguir des-formados.

 -¿Vamos a jugar?- preguntó salpiqueteando la niña. Cómo lo invitaba su sonrisa de teclas de piano (una visita del ratón Pérez se evidenciaba ante la falta de una de las ‘paletas’).

 -No puedo, las baldosas- explicole tan amplia y elocuentemente. Cómo explicarle a aquel alma libre y juguetona que no se entregaba a ella por reparos, si bien ilógicos, fundacionales a su persona. Él no sería él pisando las junturas; son los nexos los puntos débiles de las estructuras, quién sabe lo que pase si por sobre-esforzarlos se abrieran, qué habrá allí debajo. La firmeza del piso donde se para uno, da firmeza a quien en él se para. Era el miedo a las regiones infernales (en tanto que inferiores, de abajo) lo que no lo dejaba ir, a que el desconocido subsuelo se abriera en dos y lo chupara todo.

 -Uhh, claro. ¿Y si volamos?

 -¿“Volamos”?

 -Sí, así no tenés que pisar el piso.- Sin siquiera saberlo ella le mostró un mundo sin límites, ni junturas o baldosas ni arriba u abajo, solo espacio y aire, solo juego y disfrute. Irreal y mágico, lo invito a ese mundo.

 -Pero, yo no sé volar – confesó el niño.

 -Vení, yo te enseño – lo invitó. Tomó su mano, se sonrieron mutuamente y abandonaron el banco para no volver a él. Libre de todas sus ataduras, fue el niño por primera vez más rápido que el viento y más liviano que una nube. Tocó las copas de los árboles y voló a la par de las palomas. Claro está, sin soltarse de su maravillosa guía.

 En un rapto de independencia, la soltó, y voló hasta lo más alto del cielo y bajó para ella un rayo de sol, lo envolvió con un moño de arco-iris y se lo ató en el cabello. Otra vez a su lado, tomó su mano disponiéndose a no soltarla hasta el último de sus respiros.

 Pero luego, aun de la mano, caminaron. Caminaron juntos hasta que él miro abajo, y reconoció las figuras geométricas por las que andaba. Había vuelto al mundo de las formas, volvió a ver el arriba y el abajo, con la gravitación que lo rige todo transversalmente, volvió a ver las baldosas y, sobre las junturas, sus pies. Pero nada sucedía. El suelo seguía siendo suelo, amalgamado por sus nexos, el cielo seguía siendo cielo, homogéneo y absoluto, él seguía siendo él y él seguía con ella a su lado. Ella, cuyo nombre desconocía al igual que casi todo en su vida, excepto que, como su padre, era hincha de Dock Sud y que volaba como nadie podía hacerlo.

 

 FIN

 

Fe de erratas

 

La camiseta de Dock Sud es azul y amarilla, no negra y roja.

Mundana ménade

por Iacobus Tarqui el 5 de Septiembre de 2009

La inflación de las expectativas suele proponernos farsas de objetivos relativamente mínimos, absolutamente máximos. Los sabios sonreirán y descreerán. Los corderos reirán y emprenderán. Las transiciones se disfrazarán de entreactos indispensables, aprovechables. En odiseas que creemos virgílicas, entre bucólicas y malhadadas pretensiones, pensamos que allí, ante nuestros ojos, está la necesaria raison d’être de nuestros vanos esfuerzos. Y así sonreiremos, hasta que reconozcamos la infamia de los espejos, la antiespectacular sobriedad del deseo. Entonces, reiremos.

Con pensamientos que ahora sé inconducentes bramidos, yo se había propuesto leer cien páginas cada veinticuatro horas. En el primer colectivo de un día dedicado a los viajes urbanos, atrapado en desmedidas aspiraciones de compatibilidad, abrió un texto ad hoc. De su asiento hasta el timbre de Pellegrini planea leer veinte páginas, objetivo mínimo. Tema del día: Combates por la historia. A los diez minutos, empieza el cuento.

En Agronomía, sube ella. Desde su asiento con ventanilla, yo dicta silencio a universales diálogos de bocinas y maxikiosquistas jugadas de metegol. Ella pide boleto hasta Pellegrini, para que todos la escuchen, y algún romántico la persiga. Yo se detiene en su mano derecha, que hace malabares con las monedas impacientes. Saltan, caen y vuelven a volar, como infantiles demostraciones de legalidad, esperando descansar finalmente en el estómago recóndito de la máquina expendedora. Yo sólo le ve la mano, que hipnotiza. Le está mirando la mano para ver lo que dice. Sonrío.

Pienso que si supiera que sólo le estamos mirando la mano se enojaría y nos negaría la palabra para siempre. Yo baja hacia las piernas; recorre muslos turgentes, rodillas tímidas y pantorrillas uniformemente rectas, criminalmente cubiertas, expuestas, por un sacrílego jean de Rapsodia. Un oportuno haz de luz difractado que se cuela por su entrepierna y cachetea los ojos anonadados de yo anuncia una retaguardia escandalosa. Más abajo, el único pie visible, el derecho, ostenta una sandalia de goma. La perdonamos, hace calor.

Falta el pecho. Plural. Ahora no, no le perdonamos que burle la categórica objetividad del termómetro con un chaleco blanco que interrumpe cualquier certeza entre sus clavículas convergentes y la boca del estómago. Yo alcanza a vislumbrar, gracias al frívolo tiro bajo del jean, una camisa violeta ajustada, prolijamente desprendida del último botón, y un ombligo que se asoma ante cada exhalación irregular de dióxido de carbono. El resto es para los que se bajan en Pellegrini -gritan a viva voz los pregoneros angelitos que, debidamente transportados por el independiente haz de luz que supo acariciar los más secretos intersticios de los muslos de ella, se acomodan en nuestros hombros, posan sus liliputienses y preternaturales anatomías en nuestro cuero cabelludo, y al pasear sobre nuestros labios nos regalan partículas del perfume de su vientre, y nos obligan a inhalarlas, y a exhalarlas, invocando la exhibición bacanal de las caderas de ella.

Yo ensaya una observación positivista del pelo de ella, holograma de un inconstante sol de mediodía de septiembre. No hay dudas de que se lo corta ella sola frente al espejo. Le gusta que se note eso. Exhibe pinceladas de delicada motricidad: el flequillo cruza su estrecha frente de izquierda a derecha como una fotogénica ola hawaiana. Yo se concentra ahora en la cara. Ojos verdes, pestañas hiperbólicas. Nariz mínima y simétrica. Las orejas se esconden disciplinadamente tras los finos pelos rubios. En las muñecas no hay venas cercenadas, no hay señal de gomitas ajustadas. Usa el pelo suelto. La boca, breve; y labios ligeramente abultados que decoran un diastema inmejorable. Llama la atención un detalle insignificante: está masticando algo. Un chicle necesario -antídoto optimista contra la hambruna de los mediodías lectivos. Decidimos ignorar los balanceos espasmódicos de sus mejillas.

Lleva una mochila deportiva, que parece un recipiente desbordado de la lujuria gratuita de sus idólatras cotidianos. Yo, aficionado William de Baskerville, asevero: estudia ciencias económicas, está haciendo el ciclo general, y en esa mochila hay apuntes de análisis matemático, de historia social y económica y, pecado primaveral, un abrigo que sobra, que hace bulto. Una disrupción vertical que parte de la base de la mochila como una obesa taenia saginata hace pensar en una botella de agua mineral empezada.

El cálculo de las veinte páginas se torna, segundo a segundo, una quimera. ¿Hasta cuándo volarán esas monedas? Sospechamos que uno de sus inconfesables placeres es jugar al filo de la legalidad. Adora que la corran los enamorados por Pellegrini, arrastrados por angelitos silénicos, y que el chofer ponga en peligro la vida de los peatones porteños para recordarle desde la impunidad de su ventanilla: de nada, linda.

Falta algo. El brazo izquierdo se interrumpe por la pseudopared de fórmica negra que discrimina a los que todavía no pagaron el boleto, a los que, como ella, desafían el orden establecido. Termina de subir, finalmente, el último escalón. El brazo está por completarse. Antes de pagar el boleto, quiere revelarnos el secreto. El colectivo frena –creo. Las nubes suaves le dejan el camino libre al ahora envalentonado sol de septiembre, que se concentra en ella. El Tiempo le dice a Agustín que no, que no entendió nada, que Einstein la tiene más larga. Se detiene.

O tempora, o mores… Un violento choripán con chimichurri se dirige sin escalas hacia la boca breve, dirigido con firmeza por la herética mano izquierda. Las comisuras antes displicentes se adaptan a un flamante maxilar neandertal, cueva de Cro-Magnon, y reciben con placer esa casi-carne con pan y pasta de colores discutibles.

Las manos de yo, en un lapsus metafórico, dejan caer las no-veinte páginas en espontáneos agujeros negros de desasosiego.

Los angelitos se burlan de nuestra apolínea erección, nos hacen cuernitos, nos ciegan con azufre, perpetran macabras cosquillas en nuestra barbilla. Lo hicieron.

La trituración fue cruelmente expeditiva; el éxtasis, bruscamente hecho pedazos.

Fuera de mí, me bajé en Juan B. Justo.