Seguimos al que pague

Mundana ménade

Escrito por Iacobus Tarqui el 5 de Septiembre de 2009 y categorizado como Gente Seria.

La inflación de las expectativas suele proponernos farsas de objetivos relativamente mínimos, absolutamente máximos. Los sabios sonreirán y descreerán. Los corderos reirán y emprenderán. Las transiciones se disfrazarán de entreactos indispensables, aprovechables. En odiseas que creemos virgílicas, entre bucólicas y malhadadas pretensiones, pensamos que allí, ante nuestros ojos, está la necesaria raison d’être de nuestros vanos esfuerzos. Y así sonreiremos, hasta que reconozcamos la infamia de los espejos, la antiespectacular sobriedad del deseo. Entonces, reiremos.

Con pensamientos que ahora sé inconducentes bramidos, yo se había propuesto leer cien páginas cada veinticuatro horas. En el primer colectivo de un día dedicado a los viajes urbanos, atrapado en aspiraciones desmedidas de compatibilidad, abrió un texto ad hoc. De su asiento hasta el timbre de Pellegrini planea leer veinte páginas, objetivo mínimo. Tema del día: Combates por la historia. A los diez minutos, empieza el cuento.

En Agronomía, sube ella. Desde su asiento con ventanilla, yo dicta silencio a universales diálogos de bocinas y maxikiosquistas jugadas de metegol. Ella pide boleto hasta Pellegrini, para que todos la escuchen, y algún romántico la persiga. Yo se detiene en su mano derecha, que hace malabares con las monedas impacientes. Saltan, caen y vuelven a volar, como infantiles demostraciones de legalidad, esperando descansar finalmente en el estómago recóndito de la máquina expendedora. Yo sólo le ve la mano, que hipnotiza. Le está mirando la mano para ver lo que dice. Sonrío.

Pienso que si supiera que sólo le estamos mirando la mano se enojaría y nos negaría la palabra para siempre. Yo baja hacia las piernas; recorre muslos turgentes, rodillas tímidas y pantorrillas uniformemente rectas, criminalmente cubiertas, expuestas, por un sacrílego jean de Rapsodia. Un oportuno haz de luz difractado que se cuela por su entrepierna y cachetea los ojos anonadados de yo anuncia una retaguardia escandalosa. Más abajo, el único pie visible, el derecho, ostenta una sandalia de goma. La perdonamos, hace calor.

Falta el pecho. Plural. Ahora no, no le perdonamos que burle la categórica objetividad del termómetro con un chaleco blanco que interrumpe cualquier certeza entre sus clavículas convergentes y la boca del estómago. Yo alcanza a vislumbrar, gracias al frívolo tiro bajo del jean, una camisa violeta ajustada, prolijamente desprendida del último botón, y un ombligo que se asoma ante cada exhalación irregular de dióxido de carbono. El resto es para los que se bajan en Pellegrini -gritan a viva voz los pregoneros angelitos que, debidamente transportados por el independiente haz de luz que supo acariciar los más secretos intersticios de los muslos de ella, se acomodan en nuestros hombros, posan sus liliputienses y preternaturales anatomías en nuestro cuero cabelludo, y al pasear sobre nuestros labios nos regalan partículas del perfume de su vientre, y nos obligan a inhalarlas, y a exhalarlas, invocando la exhibición bacanal de las caderas de ella.

Yo ensaya una observación positivista del pelo de ella, holograma de un inconstante sol de mediodía de septiembre. No hay dudas de que se lo corta ella sola frente al espejo. Le gusta que se note eso. Exhibe pinceladas de delicada motricidad: el flequillo cruza su estrecha frente de izquierda a derecha como una fotogénica ola hawaiana. Yo se concentra ahora en la cara. Ojos verdes, pestañas hiperbólicas. Nariz mínima y simétrica. Las orejas se esconden disciplinadamente tras los finos pelos rubios. En las muñecas no hay venas cercenadas, no hay señal de gomitas ajustadas. Usa el pelo suelto. La boca, breve; y labios ligeramente abultados que decoran un diastema inmejorable. Llama la atención un detalle insignificante: está masticando algo. Un chicle necesario -antídoto optimista contra la hambruna de los mediodías lectivos. Decidimos ignorar los balanceos espasmódicos de sus mejillas.

Lleva una mochila deportiva, que parece un recipiente desbordado de la lujuria gratuita de sus idólatras cotidianos. Yo, aficionado William de Baskerville, asevero: estudia ciencias económicas, está haciendo el ciclo general, y en esa mochila hay apuntes de análisis matemático, de historia social y económica y, pecado primaveral, un abrigo que sobra, que hace bulto. Una disrupción vertical que parte de la base de la mochila como una obesa taenia saginata hace pensar en una botella de agua mineral empezada.

El cálculo de las veinte páginas se torna, segundo a segundo, una quimera. ¿Hasta cuándo volarán esas monedas? Sospechamos que uno de sus inconfesables placeres es jugar al filo de la legalidad. Adora que la corran los enamorados por Pellegrini, arrastrados por angelitos silénicos, y que el chofer ponga en peligro la vida de los peatones porteños para gritarle desde la ventanilla: de nada, linda.

Falta algo. El brazo izquierdo se interrumpe por la pseudo-pared de fórmica negra que discrimina a los que todavía no pagaron el boleto, a los que, como ella, desafían el orden establecido. Termina de subir, finalmente, el último escalón. El brazo está por completarse. Antes de pagar el boleto, quiere revelarnos el secreto. El colectivo frena –creo. Las nubes suaves le dejan el camino libre al ahora envalentonado sol de septiembre, que se concentra en ella. El Tiempo le dice a Agustín que no, que no entendió nada, que Einstein la tiene más larga. Se detiene.

O tempora, o mores… Un violento choripán con chimichurri se dirige sin escalas hacia la boca breve, dirigido con firmeza por la herética mano izquierda. Las comisuras antes displicentes se adaptan a un flamante maxilar neandertal, cueva de Cro-Magnon, y reciben con placer esa casi-carne con pan y pasta de colores discutibles.

Las manos de yo, en un lapsus metafórico, dejan caer las no-veinte páginas en espontáneos agujeros negros de desasosiego.

Los angelitos se burlan de nuestra apolínea erección, nos hacen cuernitos, nos ciegan con azufre, perpetran macabras cosquillas en nuestra barbilla. Lo hicieron.

La trituración fue cruelmente expeditiva; el éxtasis, bruscamente hecho pedazos.

Fuera de mí, me bajé en Juan B. Justo.

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