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La Prisión de las Baldosas

Escrito por Mr. Meiro Lopez el 21 de Septiembre de 2009 y categorizado como Gente Seria.

Sin celdas ni muros, no podía salir de su parcela. Es que no sabía atravesar sus límites. Cada baldosa separada de la próxima por las misteriosas y geométricas junturas. Era fácil circular por las zonas de grandes baldosas, lo había depositado en un banco,pero su madre  bajo el cual el mar de baldositas parecía uno de lava. Veíalos circular des-preocupados, como si eso que a él no le permitía disfrutar de esa plaza no fuera una condena. Reían, y si bien no reíanse de él, su disfrute era una burla. Cuán amplio y bello es todo, y cuán encerrado de eso lo habían dejado.

 Hizo sus excursiones explorativas a puntillas de pies, mas no fueron para durar. A cada intento, el temor a perder el equilibrio lo mandaba de vuelta, dando unos comiquísimos y cuasi-espásticos saltitos, al banco. Es que hacía tanto que firmemente pisaba sobre las baldosas que ya no sabía si lo hacía por precaución o por costumbre ¿Qué pasaría de pisar en las junturas? Poco menos que angustiado, quedose sentado y callado. Miraba al común de sus coetáneos frustrarse unas 5 veces, a lo sumo, por pisar las divisiones de las baldosas para entregarse indulgentemente a la resignación, y a pisar lo que venga, y a otra cosa.

 Y la vio, un ser extrañísimo, nunca visto algo semejante por él. Los pantalones rasgados en las rodillas, la remera hecha un terroso desastre, codos (sí, ambos dos) encascarados y un eminente chichón en la frente. Obviamente, sobre su cabeza asomaban cual cornamenta dos colitas, anunciando, en confabulación con una muy ‘pícara’ sonrisa, que se venía una diablura. Trepaba por los árboles y aterrizaba de sus alturas envuelta en carcajadas; una y otra vez repetía el accidentado ritual. Corría incontenible por todos lados, ansiosa, jolgoriosa, viva. Un huracán, una tempestad de vitalidad penta-añera.

 Pero no era eso lo que le llamó la atención; única como la percibió y la supo de inmediato, no fue por lo que ‘vio’, esos meros accidentes ‘aparenciales’. Es que ella corría libre, pero en esas escasas ocasiones en las que su paso se regularizaba y decaía a un contenido caminar, parecía que no pisaba más que las junturas. Al observar con mayor detenimiento, se dio cuenta que no era que sólo pisaba las junturas, pisaba indistintamente baldosa o juntura. Y no era resignación, no era esa actitud que tomaban los otros, de olvidarse del suelo y pasar a otra cosa; ella le prestaba profunda atención, y cuidadosamente pisaba sobre cualquier cosa. No, no era resignación, ella estaba más allá de eso, más allá del juego inclusive; era serio, realmente serio, y aun así pisaba valientemente sobre cualquier cosa. Jugar para ella era correr, subir y bajar de alturas, fueran florales u arquitectónicas. Pero caminar entraba en otro orden, era su descanso. Era su momento de muerte en su existencia de vida plena; en su vida juglaresca, esos momentos de muerte no eran más que reposo. No hacía falta jugar en ellos. Libre de todo juego, caminaba expectante y desafiante pero tranquila, pacífica; serena. Y de golpe, ‘Zas’, re-ignición; a correr, jugar, reír. Su cara volvía a su diabólica mueca de picardía y agarrate Catalina.

 En una de sus escasas caminatas de reflexión lo vio. Pensativo y solitario. En su cavilar había algo extraño, y eso le llamó la atención. No era estrepitoso, ni buscaba su atención como el resto. Él solo se sentaba y miraba a la gente pasar. Tan serio y pensativo, tan distinto. Pero aun así, a simple vista, pudo saber que algo en común tenían; y se acercó para hacérselo saber.

 -¿Sos del ‘Doke’?- le preguntó, rescatándolo de su encierro con una hermosa oferta de amistad, señalándole la camiseta roja y negra que su Papá le había regalado para Navidad.

 -Desde la cuna- respondió como le había enseñado su padre-¿vos?

 -Yo también. Como mi Papá- dijo inflando el pecho y señalando a un lejano panzón reunido con otros de panzas de símil extensión-. Pero no me dejan ir a la cancha todavía -lamentose.

 -Yo una vez fui, de chiquito- alardeó recordando-. Me llevó mi Papá porque estaba jugando el ‘Menzo’ -erró inocentemente- Medina Bello. Pero después mi Mamá le dijo que no, que hasta los 8 no me dejaba de vuelta. Cuando me lleven de vuelta si querés le decís a tus papis a ver si te dejan y vamos todos juntos.

 -Uh, ¡dale!

 No hizo falta más que eso. Dos almas se encontraron y se supieron encontradas. Con el tiempo nos enseñan a rotular, ‘mejores amigos’ a aquellos que despuntan en historial o afinidades, ‘hermanos del alma/de la calle’ a los que constituyen esa familia que nos armamos sin regirnos por la sangre, ‘conocidos’ a los que “está todo bien, pero hasta ahí”, ‘pareja’ a quien no des-entona a tu lado, ‘compañer@’ a quien te de compañía en las buenas o en las malas, ‘amante’ a quien te de un respiro de las ultimas dos rotulaciones; y así se sigue poniéndole nombres a lo que se siente, y se evita el asumirlo; libre, liso y llano: Amor. Pero ellos no, son inocentes. No saben, no entienden, son simples, peyorativamente así se los califica para convencer de que son  Los Adultos los que deben formarlos a ellos; Adultos que ya fueron de-formados en un principio, ya vienen adult-erados por Adultos anteriores, y sin re-formarse pretenden formarlos a ellos, a ellos que se esfuerzan por seguir des-formados.

 -¿Vamos a jugar?- preguntó salpiqueteando la niña. Cómo lo invitaba su sonrisa de teclas de piano (una visita del ratón Pérez se evidenciaba ante la falta de una de las ‘paletas’).

 -No puedo, las baldosas- explicole tan amplia y elocuentemente. Cómo explicarle a aquel alma libre y juguetona que no se entregaba a ella por reparos, si bien ilógicos, fundacionales a su persona. Él no sería él pisando las junturas; son los nexos los puntos débiles de las estructuras, quién sabe lo que pase si por sobre-esforzarlos se abrieran, qué habrá allí debajo. La firmeza del piso donde se para uno, da firmeza a quien en él se para. Era el miedo a las regiones infernales (en tanto que inferiores, de abajo) lo que no lo dejaba ir, a que el desconocido subsuelo se abriera en dos y lo chupara todo.

 -Uhh, claro. ¿Y si volamos?

 -¿“Volamos”?

 -Sí, así no tenés que pisar el piso.- Sin siquiera saberlo ella le mostró un mundo sin límites, ni junturas o baldosas ni arriba u abajo, solo espacio y aire, solo juego y disfrute. Irreal y mágico, lo invito a ese mundo.

 -Pero, yo no sé volar – confesó el niño.

 -Vení, yo te enseño – lo invitó. Tomó su mano, se sonrieron mutuamente y abandonaron el banco para no volver a él. Libre de todas sus ataduras, fue el niño por primera vez más rápido que el viento y más liviano que una nube. Tocó las copas de los árboles y voló a la par de las palomas. Claro está, sin soltarse de su maravillosa guía.

 En un rapto de independencia, la soltó, y voló hasta lo más alto del cielo y bajó para ella un rayo de sol, lo envolvió con un moño de arco-iris y se lo ató en el cabello. Otra vez a su lado, tomó su mano disponiéndose a no soltarla hasta el último de sus respiros.

 Pero luego, aun de la mano, caminaron. Caminaron juntos hasta que él miro abajo, y reconoció las figuras geométricas por las que andaba. Había vuelto al mundo de las formas, volvió a ver el arriba y el abajo, con la gravitación que lo rige todo transversalmente, volvió a ver las baldosas y, sobre las junturas, sus pies. Pero nada sucedía. El suelo seguía siendo suelo, amalgamado por sus nexos, el cielo seguía siendo cielo, homogéneo y absoluto, él seguía siendo él y él seguía con ella a su lado. Ella, cuyo nombre desconocía al igual que casi todo en su vida, excepto que, como su padre, era hincha de Dock Sud y que volaba como nadie podía hacerlo.

 

 FIN

 

Fe de erratas

 

La camiseta de Dock Sud es azul y amarilla, no negra y roja.

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