La manifestación
Escrito por Ido Minaut el 23 de Septiembre de 2009 y categorizado como Gente Seria.
En el que se relata cómo y por qué, en el barrio que oculta agazapada a la República Separatista de Tigre, se dio, cierta vez que la memoria no quiere precisar, una singular pueblada…
Salí de mi experiencia antropológica interesante justo a tiempo para ver cómo demolían la vieja Casa Cobo. De cómo el narrador encontró el sitio de la demolición, y de la fauna que allí halló, imaginé decirme, avanzando hispánico entre el gentío que gritaba indignado o se quedaba parado frente a las grúas que desfilaban para la quinta señorial, un pavoneo tosco de machos en celo. Silencio en el reino.
El rumor venía corriendo en el barrio hacía tiempo, digamos algo así como siete años. Triste resabio de la época en la que Tigre era el sitio predilecto de merecidos descansos para un Sarmiento o un Pellegrini, notables personalidades de nuestra política criolla, la Casa Cobo soportaba esa mañana la presencia de una caterva de engañados, materia prima del municipio. Tras las bucólicas esperanzas de paz que les había ofrecido alguna vez el Delta, los engañados se descubrieron al cabo de pocos años purgando la condena de verse invadidos, no sólo por la insistencia epidémica del turismo dominguero, sino por la más endémica tortura de los enriquecidos sobrevivientes del 2001, clientes y fautores de exagerados barrios privados que se iban instalando en nuestros pantanos fiscales al ritmo de la especulación y la ejecución malsana de hipotecas. También éstos se asoleaban ahora frente al sitio de la demolición, impunes.
Digámoslo de una vez: la señorial mansión era una auténtica casona de Tigre, no del Tigre, de estas que ahora abundan a los lados de acceso Panamericana y ramales aledaños, construcciones de amplios ventanales a la vez útiles para mostrar un interior muy decorado y ahorrar en material. Los dueños de estas monstruosidades que agotan con sus desechos la exigua red de cloacas y consumen el suministro de energía con aires acondicionados -los sobrevivientes- constituían la mitad del público presente; a la otra mitad la supuse como yo, aburrida y bastante avecindada, de la primera hora, con casas de verdad y ventiladores de techo. Engañados. En esto uno debe ser terminante: los conversos existen. Y si supieras quién grita por vos ahora, ¡oh! padredelaulasarmientoinmortal, arremangarías tu saco y te mandarías con los muchachos a picar estas paredes, imaginé declamar.
La añeja mansión funcionaba por entonces como hogar y baño de perros y vagabundos, y menos como espacio para los polvos ocasionales o directamente imaginativos que ocasionalmente imaginábamos de jóvenes, seducidos por los sensuales capiteles y los altos techos espejados que creíamos entrever desde los portones mientras esperábamos tomar el 60 para ir a las fiestas del club San Fernando, con los forros molestando en la billetera vacía, inflamados ya por la leyenda del prostíbulo ilegal o la certeza de que era allí donde se perdía finalmente la virginidad.
Claro que yo no pensaba en nada de esto esa mañana, cuando me instalé entre el tumulto. Una vieja con tiempo me miró, miró mi bicicleta inglesa, volvió a mirarme. Como si mi bicicleta paqueta fuera a quitarles lugar a otros testigos de la irreversible demolición, se acercó lo suficiente como para hacerme sentir que el metal molestaba. Tañí la campana, desencadenando por accidente una nueva ola de abucheos para los obreros que paseaban por los jardines, aburridos de esperar. Ignorada, la vieja se refugió en la última trinchera, el suspiro sonoro.
Un grupo de estudiantes universitarios parecía comandar la protesta. Protestaban. Al divisarme entre la muchedumbre, la novia de un conocido protestón tigrense se me acercó, quizá animada por el respaldo que podía extender yo a la protesta que ella conducía, dada la impronta de mis estudios universitarios en la protestona Facultad de Filosofía y Letras. Un poco de revolución no te vendría nada mal, me dije, y compuse una amplia sonrisa guevarista, encarando la redacción del capítulo En el cual el narrador, componiendo una amplia sonrisa guevarista, intenta arrastrar a un acto no menos revolucionario a la cabecilla algo tetona. Debo confesar que la subestimé; ignorando mi cubana barba de dieciséis días, la compañera arrojó un golpe maestro, bajo: “están destruyendo la Historia”, dijo con mayúscula después de plantar un protocolar beso en mi mejilla tapizada. Yo la miré y quise que mi mirada no insinuara mis amargas sospechas respecto del lugar exacto de la vieja Casa Cobo entre las estructuras políticas, sociales, económicas, mentales, culturales, espirituales o incluso arquitectónicas de la Argentina contemporánea. Debió funcionar, porque mis ojos abiertos le arrancaron un retórico “¡podés creer!”. Y agregó: “Encima para poner eso”. ¿Eso? Misterio. Enfrente, el kiosquito de panchos humeaba y nos llamaba, cómplice, pero vos no te diste cuenta, compañera tetona, e insististe en la acción social, la más ingrata e ineficiente de las acciones. De cómo el narrador se apersonó solo en el puestito de panchos comenzó a redactarse al segundo en el que escuché el vocablo soez de “petitorio”.
(- Qué quilombo che. Uno, con mostaza.
- Yo estoy vendiendo a lo pavote, pibe. ¿Sale con papitas?
Mi mirada detuvo la lluvia dorada. ¿Papitas? En verdad Tigre era una pasta repugnante).
A mi regreso debí proteger el pancho de la renovada agitación de palmas ciudadanas. Se había averiguado, finalmente, que la Casa Cobo estaba siendo derribada para construir un mega-hotel yanqui (dixit). Al antiimperialismo de manual de mis colegas se le sumó no sé qué bien predispuesto nacionalismo barrial de ambas mitades del público, acicateado hacía semanas por el increíble ascenso del Club Atlético Tigre a Primera División, hecho que, evidenciando una vez más la crisis institucional que atraviesa el país, fue irresponsablemente tildado en nuestras calles de “justicia histórica”. Semejante enormidad decoraba las últimas producciones oportunistas de ropa al menudeo.
Percibí la desaprobación general que inspiró la versión del mega-hotel yanqui, y temí por el destino de mi bicicleta imperialista (En el que comienza el relato verdadero sobre un desafío sin cuartel al Imperio). Las razones por las cuales se prefería que una soberbia esquina con vista al río fuera concedida al tirano disfrute de los vagabundos y sus perros o a la imaginación de los polvos y los prostíbulos imaginarios en lugar de dar trabajo a los albañiles, arquitectos, gasistas, electricistas, mucamas, recepcionistas, gastronómicos, serenos, restaurantes y kiosquitos de panchos humeantes nunca fueron explicitadas, aunque debieron de ser telepáticamente muy convincentes, porque todos se abalanzaron a corear las consignas que espontáneamente nacían de las gargantas ofendidas. En el frente de batalla –erudito, copado por los universitarios- se alzó un aislado “yanquis hoteleros”, que murió afónico; más popular, la retaguardia enarbolaba el efectivo “yanquis hijos de mil puta”.
(Y aquí estuve a punto de imaginar rumiar un soliloquio respecto del magno problema de la concordancia, porque yo también solía dejar en singular el último sustantivo cuando puteaba a alguno de todos los hijos de mil puta que van sedimentándose en el otrora aristocrático Tigre sarmientino, y siempre me preguntaba por qué yo, que tantas veces me había investido de un puritanismo sintáctico de cruzada, me dejaba arrastrar por semejante grieta. Pero por suerte vino a rescatarme de mi Bifurcación morfológica hacia una forma de putear, y de lo que allí se reflexionó el novio protestón de mi tetona empedernida).
Novio protestón (Héroe), tosiendo por el polvo de las grúas, rastas al viento, dos puntos, línea de diálogo, comillas, no los vamos a dejar, cierro comillas.
- no no, eso está claro- yo, pancho en mano.
-(mirando en lontananza. Apertura de ojos. ¿Satisfacción?) “Ahí viene la cana”
- …
-(y porque las reglas de la etiqueta son rigurosas para la población de los privados tigrenses, frente a mi total falta de falta de respeto a la policía) “Che… emm… ¿vas al cumpleaños de Agus el viernes?”. Sí, novio protestón, cómo perderme en el ágora tu versión de la historia: De cómo se mordió los labios aquel viernes frente a la heroica versión, y de las cervezas detrás de las que ocultó su mínima parte en la pueblada. “¿A las 9, no?” Pero no me oías, oh Héroe, tan dorada prometía ser la medalla de la represión.
Coincidiendo en sus naturalezas decorativas, las fuerzas del orden acompañaron la llegada de las primeras pancartas que empezaban a ilustrar el mediodía. Era hora de salida en los colegios de la zona, y los alumnos corrían hacia el tumulto, arrancando hojas de carpeta a la carrera. Con fibras de colores o marcadores indelebles escribían “yanquis putos” o “salven a la quinta”; otro asomó un “Tigre capo”. Algún fantasioso consiguió una cartulina grande y dibujó, visiblemente irritado contra la perspectiva de los sensuales capitales, una antropomórfica Casa Cobo llorando por las ventanas, con un globito de historieta en el que decía “quiero vivir”. Primera mordida a mi pancho, único refugio de realidad a esas alturas.
La espectacular entrada de la bola demoledora logró acallar por un momento los insultos y las fibras, municiones antiimperialistas de largo alcance. Escoltado por dos curiosos uniformados, el armatoste entró pesadamente en el barro de la quinta, en medio del silencio de ambas mitades del público. Pero al instante, los condenados de la tierra se levantaron del letargo:
- ¡No pueden privarnos de nuestro patrimonio cultural!- exclamó al unísono un sector del frente (¿el grupo de Antropología? ¿No eran un mito?), cuando las máquinas encararon decididamente el holocausto inmobiliario.
- Vayan a laburar, che- replicó (no sin razón, eran las 12 del mediodía) el piloto de la bola demoledora, antes de destrozar el ala izquierda del edificio, donde nosotros nos convencíamos de chicos que estaba ubicada la sala de masoquismo. Si supieras que luchamos por vos, compañero, habrán pensado, incomprendidas, varias cabezas del comando universitario, fogueadas en cruentas batallas de clase, vírgenes de destornilladores.
- ¡Ya viene la tele, ya viene la tele!- se escuchó sobre el estruendo del derrumbamiento. “Es Crónica”, precisó otro. La viejita con tiempo se peinó de costado. Segunda mordida, atolondrada. Me manché el buzo. La demolición continuó, paciente y selectiva.
Finalmente, a pesar de Crónica, de los gritos, de las consignas; a pesar de los vagabundos y los perros y los polvos imaginarios; incluso a pesar del grupo de Antropología, la Casa Cobo tuvo su hundimiento. Fue un hundimiento nada literario, poco lúgubre, si el mediodía era una maravilla y ni siquiera estábamos en otoño; fue hasta aburrido, ningún caballo a la vista, ninguna ciénaga, ningún escudo de bronce pulido con su maldición, ninguna lady Madeline de sangradas ropas blancas acompañando los intermitentes derrumbes y llevándose a los obreros imperialistas a la tumba. Real, estruendosa, e insoportablemente lenta: así fue la aniquilación de la vieja Casa Cobo. Era difícil mantener viva la rebelión en esas condiciones. Sospeché que mi mitad se sentía desilusionada: esperaban verla explotar como en los tiempos en que Suar la había rentado venalmente al municipio para grabar una escena primermundista de su versión tercermundista del cambio de milenio, dinamitando el perímetro con explosivos y teorías conspirativo-religiosas. Eso, al menos, debe serle reconocido a las autoridades de mi pueblo: implosionar un patrimonio cultural para construir con sus fragmentos otros patrimonios más útiles pero infinitamente más privados constituyó siempre una política de Estado en la gran República Separatista de Tigre. Gloria y loor.
“¡Asesinos!”, gritó la vieja a mi lado, cuando el último ladrillo podrido tocó el barro en el que la ex Casa Cobo había logrado mantenerse a duras penas los últimos cincuenta años. La miré incrédulo, con los restos de mi pancho todavía caliente entre los dedos. En el que se explica y comprueba que la abundancia de tiempo hace estragos en la salud mental. Me sonrió levantando los hombritos. No es todo: se mordió el labio inferior. El cántico, sin embargo, tomó fuerza, incluso entre mi mitad. “A-se-sinos, a-se-sinos”. Abandonado, imaginé mirarlos uno por uno, mientras arrastraba mi bicicleta inglesa entre la manada de hienas. Sensible como nadie a la vergüenza ajena, escapé horrorizado, pedaleando.

Pepe Grillo (ex rasta man, ahora oficinista) dice:
1) Digno de viajar a las páginas de Barcelona
2) Me convenciste: la Historia es un Cabaret imaginario
3) Se nota que Tigre es tercer mundo. La derecha come panchos mientras el pueblo llora sobre los escombros de su pasado. De dónde yo vengo, solemos tomar un té cuando suceden esas “cosas”
4) Una reflexión: ¿No se aburren de sufrir los antiyanquis? Pienso que pertenecer a las filas de la derecha cosmopolita es la solución más hedonista en el mundo actual.
5) Escuché que en Octubre hay un Congreso de Historia en Bariloche. Creo que sería interesante presentar este escrito como Ponencia en la mesa de “Memoria y Patrimonio Cultural”
6) Sub-Reflexión: ¿el “nacionalismo barrial” está vinculado con la modernidad líquida y la descomposición de la idea de estado nacional? ¿o es un retorno cíclico a nuestras raíces feudales vicigodas?
7) Reclamo Cárcel VIP para el autor
29 de Septiembre de 2009 a las 09:11