Seguimos al que pague

Archivo de Diciembre 2009

Piedras y defensa

por Iacobus Tarqui el 22 de Diciembre de 2009

a D., Lic.

Los románticos, para no decir los mentirosos, dicen que esta historia la contaba su abuelito, el eterno abuelito políticamente correcto, mecedor, asexuado, sabio e inmenso. Defraudar al lector es una de esas absurdas irreverencias que más vale advertir antes que prometer. No hay abuelitos ni faldas movedizas; sólo inmóvil mutismo, irremediable permanencia. Silencio. Una aburrida sorna del tiempo. Un incomprensible gesto del espacio. Sin lentes.

Lo miran desde los balcones, piensan que están a su altura. Cada mañana, los del primer piso miran su metálico cuero cabelludo, sus verticales facciones de neón. Alguno se compromete y lo saluda, por la mañana, levantando en secreto su taza de café. Pero sólo en primavera y en verano. Algún día amable del otoño. Los días fríos, desde atrás de las ventanas, sólo le regalan silenciosa devoción, por su estoica resistencia. A decir verdad, él es indiferente al clima, pero… ¡ay, quien reconociera su hazaña! Balcón o pre-balcón, los del primer piso lo miran a la cara. A la noche también lo miran, más bien miran, usufructúan su presencia luminosa. Pero Él. Él ni siquiera los ignora, sólo sabe perpetuar la firmeza de su organismo artificial.

El ninguneo de los taxis es una provocación disfrazada de malentendido. Pasean sus techos amarillos bajo su pesada extremidad (decir brazo es materia de fe), sin esperar banderas a cuadros o triunfales vinos espumantes de la Champagne. A su lado, pequeñitos, los autos se nutren de sus riquezas subterráneas, y sus conductores, anónimos marxistas de a pie, intercambian D-M incesantemente, “las 24 horas”, tal como rezan pequeñas calcomanías vocales despegadas en las puntas, pegadas en los vidrios de puertas con cerraduras inútiles. Regularmente, llegan a las playas (así las llaman) galeras motoras desde los confines del imperio, de sus colonias ausentes, con nuevas riquezas, y él las recibe con su imponente apatía.

La desidia de sus súbditos cada tanto muta en una atención. Maquillaje sintético, algún foco reemplazado. En Navidad, sucesivos gerentes lugartenientes optan por regalarle un sombrero vulgar que emula al de aquel eficaz gordo simpaticón que irrumpe en los domicilios violando chimeneas inexistentes una vez al año -por orden del mismísimo Señor, dicen los religiosos responsables del marketing de las vísperas. Ríe el lugarteniente cuando piensa en la posibilidad de que su jefe implícito, aquel monstruo modesto de hierro y hormigón, pierda por completo la razón y el sentido del buen gusto y decida probar suerte en el negocio de la invasión-por-chimeneas. Su preocupación es vana: el emperador aborrece los últimos días del año de los mortales -malditas vísperas. Allí la indecencia cruza todos los límites, cuando livianos pero mortíferos corchos de plástico e incompetentes cañitas voladoras chocan contra su amalgamada anatomía y su rostro impávido, imperceptiblemente rencoroso. Ya verán, parece que dicen que parece decir.

Mira a todos desde arriba. Como si fuera el hombre que está solo y espera, pero no, es tan sólo un hombre decente que nunca toca a la gente con las manos; tal vez, en esa apariencia radique la eficacia de su ornamentada simulación. A sus pies, una flora irreverente germina. Enredaderas competitivas trepan la oxidada majestuosidad del héroe. Algunos mamíferos completan el cuadro de la completa indecencia ingiriendo líquidos, sólidos, sepultando restos tóxicos de tabaco industrial. A sus pies, bárbaros indiferentes. Hace tiempo que ha dejado de esperar a su guardia pretoriana. Se conforma con que alguno de los indecentes sufra la picadura de insectos igual de indecentes -aunque conocidos-; se conforma con que al menos uno de ellos inhale compulsivamente las nocivas partículas cruelmente depositadas en el aire común por el petróleo de sus entrañas.

Resignación. El día que la magia exista, comprenderá los motivos de su permanencia. Ese día extrañará una tercera pierna, la remota posibilidad de pensarse solitario vigía de los del primer piso. Comprenderá que su obscena existencia ha sido demasiado asimilada. Cuando exista, sabrá que su reino es sólo uno. A pocos kilómetros, otros primeros pisos rozan las narices de otros emperadores de hormigón, hierro y neón. Nerón. Pero no existe, y sólo así reconocemos un reino.