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Dios ha muerto… de sobredosis

por Mr. Meiro Lopez el 22 de Junio de 2009

¡ADVERTENCIA! En post de evitar atentar contra susceptibilidades varias me veo obligado a incluir un preámbulo antes de las palabras que usted, estimado lector, se dispone a leer. El próximo texto es manifestación del infame movimiento drogón-iconoclasta, siendo así, no resulte sorpresivo encontrar entre sus líneas comentarios apologéticos y/u ofensivos para con adeptos de numerosas facciones religiosas; si normalmente usted se vería ofendido por comentarios de tal o cual talante, le ruego por favor pase al próximo escrito del site. De no hacerlo y, siguiendo un impulso masoquista, lee,  siéntase libre de desestimar las opiniones del autar, pues si no son los desvaríos de un drgón, no son más que los desvaríos de un iconoclasta. Habiendo dicho esto, me siento con el culo lo suficientemente limpio como para decir: Disfrute.

ML. (no confundir con Mirta Legrand) 

 

 

Estaba muy preocupada. Lo oía continuamente pronunciar palabras como ‘amor’, ‘gracia’, ‘compasión’ y escuchaba mucho Marley. Algo estaba pasando en su casa que se le estaba yendo de las manos. No era común hablar de mostrar la otra mejilla o de amar a tu prójimo o de tantas otras ‘hipponeadas’. Un día entró en su cuarto y olió un sahumerio, era mirra. ¡Eso había llegado muy lejos! Inspeccionó y halló una pequeña cajita de madera oculta en su placard. La abrió y cerró los ojos, es que sabía muy bien lo que iba a encontrar en ella. Abrió sus ojos y confirmó lo impensable; una biblia, una ostia y un rosario; Juancito era un… no podía decirlo… un… un CRISTIANO.

 

Ya podía escuchar en su cabeza a su suegra diciéndole “yo sabía que algo andaba mal con el chico ese”. Pero no, si bien algo estaba mal con él, ese algo podía solucionarse. No iba a dejar que su familia se viniera abajo por una típica crisis adolescente. Recordó que le habían dado un volante unos chicos que vendían artesanías y facturas en el tren. Generalmente tiraba esos papeles, pero ese en particular lo había guardado, se ve que en el fondo sabía muy bien que algo estaba mal. Lo sacó de la cartera.

 

Centro de rehabilitación para jóvenes con problemas de Adicción Metafísica.

 

Curamos: Budismo, Cristianismo (todas sus vertientes, hasta las giladas del Gauchito Gil), Satanistas, pelotudeces de la India, sectarios varios y a alguno que otro vegetariano.

Consultas: 0800-666-Got-et-tot (468-38-868)

 

 

Y como todos los años, anunciamos que ya está abierta la inscripción para nuestras Jornadas Pedagógicas. Se realizarán el 17/10 en los bosques de Palermo. La entrada será un bono contribución de $10. Las ganancias serán usadas para comprar merca para los maestros de las escuelas primarias del Chaco. Pobrecitos, sólo les alcanza para la tiza.

Ponencias:

-¿Duda existencial? La respuesta en el fondo de una botella.

-El Paco, limpieza étnica en democracia.

-Anarquía en el Reino Unido; pros y contras de un mundo sin narcos.

-9 de Septiembre, La quema de Drogas más grande de la historia.

- Grandes ‘duritos’ de la historia moderna I : desde Von Bismark hasta Pancho Villa.

Inscripción abierta hasta el 15/09 en la sede de Parque Chas. Se entregarán certificados de asistencia.

 

Junta de firmas virtuales para una propuesta de ley para que se vuelva a incluir el Tolueno en los pegamentos de venta libre. Si adherís, enviá un mail a:   todosjuntosporelran@gotettot.com.ar

Acto seguido, marcó aquel nº de teléfono. Una dulce voz femenina atendió del otro lado.

 

-‘Faloperos Unido contra la Religión’, mi nombre es Marina ¿en qué puedo servirle?

 

-¿Qué tal, Marina? Soy Susana, y tengo un problema con mi hijo. Resulta que él es…-se le ahogaba la voz.

 

-Dígalo tranquila señora, aquí nadie la va a juzgar.

 

-Él es Cristiano… si voy a ser completamente sincera, creo que hasta Católico. Y bue, el otro día unos chicos me pasaron un folletito, y llamé. El tema es que no dice acá bien cómo es que curan a la gente de sus problemas.

 

-Lo mejor sería que vengan usted con su hijo y así podrían ver las instalaciones; aun así, déjeme que la introduzca en lo que hacemos aquí. Nosotros basamos nuestros métodos de tratamiento y gran parte de nuestros programas de formación en los estudios de Alberto ‘El Pala’ Rodríguez, cocainólogo profesional. Nuestro método se basa en sus estudios estadísticos, pues verá, es sabido que la causa principal del alejamiento de los jóvenes de las drogas es la religión; entonces, utilizando una inversión de valores, lo que se hace en nuestro centro es alejar a los jóvenes de la religión mediante un intensivo tratamiento de consumo de drogas varias. Nuestro lema es “Una sociedad religiosa, es una sociedad sometida; una sociedad drogada, es una sociedad feliz”.

 

-Pero, yo no voy a pagar para que mi hijo vaya a una granja a drogarse y tirarse panza arriba.

 

-Claro que no, señora. A diferencia de lo que la mayoría cree, esto no es un campo de actos licenciosos. Aquí les enseñamos disciplina, cultura y diversas técnicas y destrezas. Damos cursos de huerta, de manualidades, de cocina, talleres prácticos de ciencias, incluso cursos teóricos. A demás, nosotros no cobramos, muchos de los cursos son auto-sustentables. Si luego de ver los resultados quiere hacer una donación, no nos negaremos tampoco.

 

-Y ¿Cómo es eso de los cursos?

 

-Si quiere le puedo mandar un cronograma estándar por mail para que lo analice si no tiene tiempo.

 

-No, no, soy ‘ama de casa’, tiempo es lo que me sobra, y los mails no los chequeo nunca.

 

-Muy bien. En el curso de ‘huerta’ les enseñamos a plantar, cosechar y ‘procesar’ cannabis, coca y amapolas; también les enseñamos diversos métodos de cultivo e identificación de hongos varios. Ya habrá visto con los chicos del tren lo que hacemos en los cursos de ‘cocina’ y ‘manualidades’, igual le cuento. El curso de cocina es en realidad ‘Curso de Cocina Espacial’, enseñamos a extraer y utilizar el THC del cannabis en la cocina, cómo disolverlo en grasas y cómo usarlo en platos, tanto dulces como salados. En ‘manualidades’, enseñamos a los jóvenes a hacer diversas ‘herramientas de consumo’, desde pipitas para los fumetas hasta palitas re bonitas para los paleros. Ya habrá visto varios de los trabajos terminados, hacemos zapatos con tacos falsos para que los heroinómanos lleven los kits de manguerita-jeringa en uno y mechero-cucharita en el otro, juegos de espejito-cuchillita, picadores de paraguayo con pipas que hacen juego, y demás artilugios para cada tipo de drogón. Luego, en el ‘taller de química’ tenemos clases teóricas en las que explicamos efectos, tanto primarios como secundarios, y sustancias, sustancias con las que se ‘cortan’ las drogas y otros tópicos más específicos, y luego para las prácticas tenemos pasantías en distintos laboratorios; tenemos chicos trabajando en cocinas de cocaína y heroína y a los más destacados en laboratorios experimentales buscando nuevas recetas para drogas psicotrópicas, de ácidos a ‘drogas de diseñador’.

 

-¿Lo que me dijo de las clases teóricas son esas de química o hay otras?

 

-Que bueno que preguntó, señora; porque si hay algo de lo que nos enorgullecemos aquí en ‘Faloperos Unidos’ son nuestros cursos de ‘Reinserción Social’. En esta época de capitalismo salvaje, la sumisión es una falta que se paga con miseria material. Es por eso que en nuestros cursos les explicamos a los jóvenes el por qué de lo obsoleto de las religiones: en lo que a usted respecta, el catolicismo. Imagínese: en la iglesia les enseñan a los ‘feligreses’ a responder ‘amén’, nada más. Ellos dicen mierda (perdón por la palabra), nosotros amén, ‘que así sea’. Entonces qué pasa, cada vez que tenemos a alguna autoridad adelante nuestro, nos dicen “usted venga con nosotros, nos lo llevamos por averiguación de antecedentes”, nosotros decimos “amén”; nos dicen “el camino que la empresa debería tomar es éste” nosotros decimos “amén”; sepamos cuanto sepamos, sea correcto o no lo que nos proponga la otra parte, siempre responderemos lo mismo. Aquí enseñamos a valorar nuestros conocimientos, nuestra individualidad en su máxima acepción, y así los devolvemos al mundo, convertidos en proactivos individuos capaces de llevarse al mundo por delante. También les enseñamos el verdadero valor de las drogas; cómo la cocaína es crucial para el capitalismo, no es casual que se la llame ‘merca’; es la droga del comerciante, del negociante, es la droga del libre mercado. Lo que un durito venda, nadie podrá dejar de comprarlo, ya sea por imposición del vendedor, intimidación del comprador o lo que sea; caso inverso, nunca convencerás de algo a un durito, a menos que él ya esté convencido de antemano, y aun así puede ser un poco complicado. Ese es sólo un ejemplo de cuan efectiva es una droga en el orden mundial de hoy en día.

 

-Sí, sí, puede ser; pero no me cierra eso de la disciplina. No hay mucha disciplina en abandonarse a un vicio.

 

-Disculpe que la contradiga, señora- respondió Marina, casi como si tuviera la respuesta preparada-. Si bien es cierto lo que dice en el aspecto del abandono ante un vicio, lo que aquí enseñamos es el Consumo Responsable de Sustancias Adictivas. No hay nada que requiera más disciplina que el consumir una sustancia adictiva frecuentemente, sin sucumbir a la adicción y convertirse en un paria. Enseñamos dos métodos de ‘frecuencia usuaria’. A Saber: ‘El Paletazo Productivo’, esto es consumir martes, jueves y domingos por medio (en su defecto lunes, miércoles y viernes, pero con esa hay más probabilidades de que te salga el tiro por la culata), esto les permite mantener una lucidez plena a lo largo de la semana; el otro método es el que menos recomendamos: el de la ‘Gira de Fin de Semana’. Éste consiste en ‘tomar’ viernes y sábados, el problema es que de esta manera el usuario debe atravesar toda la semana sin una dosis, lo cual puede ser bastante contraproducente ya que al llegar el viernes, muchos se entregan de tal manera a los nariguetazos que muchas veces no aparecen hasta el mes entrante. Es por esto que estamos considerando comenzar a manejaros solamente con las dos versiones del ‘Paletazo Productivo’.

 

-¿Puede ser que sean muy coca-centrista gran parte de sus técnicas?

 

-Evidentemente; como ya le comente, nosotros nos basamos en el trabajo de ‘El Pala’ Rodríguez. Nosotros creemos en que el ritmo de vida de hoy exige una velocidad mayor a la que la mayor parte de la gente tiene posibilidades de alcanzar, por esto el uso de anfetaminas, cocaína o demás sustancias que mantengan ‘arriba’ al usuario, son fundamentales para que los ‘lentos’ no sean dejados en el camino. Hay centros que son cannabi-céntricos o amapoli-céntricos (derivados de la amapola, léase opio, morfina, etc.), métodos efectivos para alejar al sujeto de su adicción metafísica, pero contraproducentes, en el largo plazo, a la hora de devolver al individuo a la sociedad. Aquí creemos que el uso continuo de esas sustancias sólo conduce al fracaso; es sabido que los  fumetas tienden mucho a filosofar y a una vida laxa, cosas que no son más que palos en la rueda del progreso personal; por su parte los derivados de la adormidera son demasiado difíciles de manejar para el común de la gente, son demasiado adictivos, lo que tiende a un prácticamente inevitable colapso autodestructivo. Nosotros sólo recomendamos un régimen coca-céntrico, como usted muy bien lo llamó, con usos esporádicos de otras sustancias, para distensión; recomendamos el alcohol, pero lo dejamos a discreción del usuario.

 

-¿Sabes qué? Mejor mandame el mail ese así se lo muestro a mi marido a ver qué dice del asunto. Mi mail es susana@servidorsarasa.com.ar .

 

-Ahí se lo mando. No se olvide que si quieren pueden venir a echar una mirada ustedes mismos. Si arreglan su visita con antelación los recibimos con un te de floripondio y galletitas de faso.

 

-Sí, Sí, igual lo tengo que consultar antes con mi marido.

 

-Desde ya. Bueno, señora, ¿la puedo ayudar en algo más?

 

-No, eso sería todo. Fuiste muy amable.

 

-Entonces… recuerde, “una sociedad drogada es una sociedad feliz”. Que tenga un buen día.

 

-Gracias, igualmente.

 

FIN

zerime

por Brendam Melkiam el 13 de Junio de 2009

Arribamos a la profundidad del bosque, perdidos en la duda más inquietante. La incógnita imperecedera atronó nuestras mentes, sofocando nuestros juicios. Una inmensa encrucijada invadía nuestras visiones. Y no supimos por dónde continuar. Nos detuvimos por un tiempo muy largo, tal vez demasiado largo. Y ya no concebimos el futuro, pues se hizo pasado a cada instante de penumbra, con la noche sobre nuestros hombros, borrando los contornos. Ya no pudimos ver más allá de nosotros, y el terror se apoderó de todos. No llevábamos luz, pues no esperábamos necesitarla. La jornada de camino era corta, no debía sobrepasar el día. Pero lo inesperado sucedió. Nuestras esperanzas se vieron socavadas ante el más insólito de los aconteceres. Habíamos oído las leyendas, no podríamos negarlo, pero lo cierto es que se habían sucedido ya muchos soles y muchas lunas, y todo había sido olvidado en la memoria. Nos habíamos cruzado con la más inmensa sorpresa. Nunca nadie vislumbró que aquello podría pasar.
La confianza reinaba, regodeante en nuestros corazones. Partimos con todas las vituallas hacia el horizonte, sabiendo que no tardaría en hacerse paisaje. Todo estaba calculado, sin dar lugar al error. Sería un trayecto fácil y tranquilo. O eso pensamos. Nunca imaginamos que el horror se ceñiría sobre nuestros seres. Que el más intenso temor se haría de nuestras almas en sempiterna inquietud. Y ahora nos encontrábamos anclados en medio de los árboles, que se abalanzaban sobre nosotros con el viento soplando las hojas entre sus ramas. Y no pudimos movernos ya. Estábamos profundamente aterrados, inmóviles en la noche negra. Nadie se animó a romper el silencio, que había sumergido nuestras existencias con la caída de la oscuridad, que se perpetuaba inmarcesible. Los caballos rezongaban, algunos relinchaban nerviosos. Los perros gruñían y ladraban. Se sentían movimientos, percibidos en las tinieblas alrededor. El aire se puso espeso de pronto. Se había hecho más pesado, cayendo sobre nuestras espaldas, casi doblándolas, venciendo nuestra resistencia.
Nos habíamos alejado del camino, realizando lo imprevisto. En nefasta insensatez, decidimos embarcarnos en tal empresa. Desoímos las numerosas advertencias, nos dejamos llevar por la curiosidad y la ansiedad. Queríamos contar historias, pensamos. Queríamos desafiar los mitos, y lo logramos. El problema era que nos estaban derrotando. Nadie podía dejar el camino: esa era la única regla de mi pueblo. Abandonarlo era correr el riesgo de perderse. Nadie conocía lo que había más allá de los límites de ese sendero. Nadie lo conoció jamás, o al menos no como para contarlo. Era imposible regresar, mucho menos entrando al bosque. Todos sabían que al caer la noche no era prudente permanecer en el camino, y nosotros nos habíamos precipitado al indómito vacío de sus lados. Nos sumergimos en el profundo abismo, y ya no hubo escapatoria. Sabios eran los consejos que indicaban no apartarse del camino, ni dejar caer la noche. Lo más temido era la oscuridad, pero lo peligroso de salirse de la ruta significaba que hacerlo era condenarse a las fauces nocturnas.
Y su manto lo cubrió todo de fría desolación. La desesperación nos devoró a todos. La noche había traído consigo a la muerte. Era su hálito el aire que ahora respirábamos, y todos comprendimos entonces que era el fin. Se avecinaba el más horrendo martirio, de la tortura más inaguantable. Incontenible sensación, como a punto de estallar. Y el espantoso pavor que provocó tan perturbadora aparición nos hizo desfallecer a todos. El horror de su mirada penetró en nuestros ojos, y se robó nuestros espíritus. Nuestras almas fueron engullidas por su apetito mortal, desgarrándonos. Y ese fue el fin de nuestras vidas. Nuestra existencia fue arrasada por el oscuro manto de dolor de la muerte.
Pero obtuve estos últimos instantes de percepción antes de extinguirme. Ahora es tiempo de que mi fuego se disipe en la eterna niebla del infinito. Es el fin.

Diciembre 2005.

rendres – Macabros los rincones de la seudonimia

por Brendam Melkiam el 13 de Junio de 2009

Una vez pensé, hace tiempo ya, escribir una biografía de un personaje inventado. Como ya tenía uno, pensé en él. Pero después me di cuenta de que sólo tenía un nombre, Brendam Melkiam, y no un ser. Jamás delineé una personalidad para él, jamás pensé cómo podría tomar forma su existencia. ¿Cómo sería? Tengo la posibilidad de crear una persona, darle un sentido. Ya tengo su nombre, ¿ahora qué? Es el procedimiento inverso a nuestra propia vida, ¿te das cuenta? Yo inventé un nombre para él, pero él no existe. La realidad invierte los términos: yo creo un ser y luego le doy un nombre. Así debe ser, así debe funcionar. ¿Así debe ser? ¿Así debe funcionar? ¿Qué clase de arbitrio es ese? ¿Quién demonios me dio a mi el poder de dar existencia? Nadie. Simple, contundente: nadie. Sin embargo lo haré, porque lo hacen todos. Aparentemente es el ciclo de la vida. ¿Y qué?
El caso es que yo creé una una persona que no tiene ser. Creé una forma que no tiene contenido. Sólo tiene rótulo, denominación. ¿Cuándo demonios le daré vida? ¿Quién demonios me pide que lo haga? Cuando se la dé, ¿la querrá? Esto mismo lo cuestiono para la humanidad. ¿Quién me pide que le de vida a mi hijo? Una vez que se la de, ¿la querrá? ¿Qué tal si me odiara por siempre por habérsela dado? Claro que ese problema no lo tendré con Él. Él no existe, no, claro, si todavía no lo he pensado. ¿Quién me pide que lo haga? Pues yo. Yo mismo lo estoy pidiendo. Cuando Él tenga su vida, su existencia, su ser, lo querrá? Pues si, porque yo haré que lo quiera, pues es vástago de mi pensamiento y en él vivirá. Sólo cuando yo decida dejará de quererlo, sólo cuando yo decida cesará de existir. Momento, ¿quiero tener ese poder?

Tengo su nombre: Brendam Melkiam. ¿Cómo sería él? ¿Sería igual a mi, pues no puedo salirme de mi propio ser? ¿Podré abstraerme de mis propios sentimientos y crear un ser distinto? ¿Acaso su personalidad será totalmente diferente a la mía o exactamanete igual? ¿Qué es lo que quiero? Si digo que me gustaría diseñarlo como alguien extraño a mi mismo, ¿estoy diciendo que no me agrado? ¿Acaso no me agrado a mi mismo y todo esto es para escapar de mi? ¿Acaso despréciome y por ese motivo estoy intentando crear un nuevo ser, y encima hablar de él, escribir sobre él? ¿Qué significa eso? ¿Qué significa esa maldita idea de no sólo crear un ser, con personalidad definida, sino resaltar su accionar, su vida? ¿Estoy manifestando un terrible odio hacia mi mismo? Es increíble que esta idea se me haya presentado hace ya mucho tiempo y sólo piense esto hoy, ahora, en este momento. El anhelo es imaginar una persona diferente a mi, pues si fuera igual a mi sería increíblemente aburrido. Uh. ¿Te das cuenta de lo que acabás de escribir? Esto es terrible. ¿Mi vida es tan aburrida? ¿Aborrezco tanto mi vida? ¿Es eso? ¿O es simplemente que está bien pensar en algo diferente a uno? ¿Acaso estoy dramatizando demasiado? Quizá sólo quiero crearlo, y darle forma y contenido, y una vida entera, sólo para vivir algo distinito, disímil. ¿Acaso es tan malo eso? ¿Por qué leemos libros si no? ¿Por qué vemos cine? ¿Por qué contemplamos arte? ¿No es acaso para encontrar otras historias de vida? ¿Tiene acaso eso que ver con un odio hacia uno mismo? ¿Acaso es porque no nos saciamos a nosotros mismos y necesitamos vivir un poco de otros? ¿Es por eso, también, que conocemos gente? ¿Se trata de compartir? ¿O se trata más bien de un critero egoísta? ¿Es tan terrible que sea egoísta? Si yo quiero dar vida a un personaje, para que vea, oiga, sienta, ¿estoy siendo egoísta? Una vez creado, ¿podrá independeizarse de mi? ¿En algún punto él me contará sus historias a mi? ¿En algún punto él vivirá, y yo sólo me limitaré a contemplar? Creo que eso es lo mejor que podría pasarnos a ambos.

¿Cómo debo proceder? ¿Debo comenzar por delimitar su personalidad? ¿O acaso debo imaginar situaciones que se le presenten, acontecimientos de su vida? En los hechos veré cómo actúa, cómo reacciona. Momento, ¿cómo va a actuar y reaccionar si no sabe cómo hacerlo, pues no lo he pensado aún? (Terminado de manera abrupta ante la llegada de extraños seres que comenzaron a deambular alrededor mío, es decir, personas).

Otra idea, que pensé, también hace tiempo ya y poco después de la anterior: la biografía tal vez deba ser sobre mi mismo y escrita por él, por Brendam Melkiam. Lo primero que pensé fue que debía relatar hechos que nunca sucedieron, pero, también pensé, ¿no es acaso eso lo mismo que antes? Para describir situaciones que nunca se dieron, esribo yo sobre él, no él sobre mi. Al instante pensé, entonces, que mejor narraba mi vida, pues, además, la conozco mejor. Momento, ¿qué importa que yo la conozca mejor, si es él quién hablará de mi? ¿Quién es él? ¿Él soy yo? Sí, claro que si, él es yo. No, no es cierto, él es un vástago de mi pensamiento, nacido de las más profundas cavilaciones de mi mente. Él no soy yo. Yo no soy él.

Por casualidad, un cuaderno mío se abrió, dejando ver la primera página del mismo, en la cual se hallaba un escrito sobre una chica que una vez vi en un viaje en tren. El texto menciona, durante tres carillas, los diversos pensamientos que esa bella dama había despertado en mi. En el borde superior de las hojas figuraba un nombre. Ese nombre era el de Brendam Melkiam. Esto me sorprendió sobremanera, pues el que había visto a la chica era yo, y no él. O al menos eso es lo que pensaba yo, hasta que vi su nombre allí. Yo había elucubrado extensamente sobre ella y no había firmado con mi nombre, sino que había firmado él. ¿Acaso se había apropiado él de mis pensamientos? ¿Acaso me había expropiado mis propias cavilaciones? ¿O, más bien, era él quien había elucubrado? ¿Acaso había sido él, y no yo, el que había maquinado? ¿Había sido un acto de inconciencia, anotar allí su nombre? Desde que presenté en sociedad el nombre de Brendam Melkiam, la gente me preguntó sucesivas veces quién demonios era, a lo cual yo respondía que era mi seudónimo. Al ver su nombre en el margen de la hoja, comencé a dudar. ¿Era sólo mi seudónimo, o acaso él, que yo pensaba que aún no tenía vida propia, en realidad sí la tenía? ¿Acaso no sólo la tenía, sino que estaba incidiendo en la mía? Este ser, que yo creía sin existencia, ¿de repente sí la tenía? ¿Fue él quien pensó todo aquello vertido en el papel?. ¿Fue él o fui yo, y el maldito me había hurtado? Ya no sólo tiene nombre, ya no sólo es una entidad individual, ¿sino que actúa sobre mi? ¿Se había independizado ya él de mi, y yo desconocía ese asunto? ¿Acaso soy yo el que está invadiendo su existencia? ¿Acaso soy yo el seudónimo? ¿Acaso yo lo creé, y ahora él me está robando el protagonismo? ¿O soy yo el que quiere robar el suyo? ¿Acaso es él quien me ha creado a mi y ahora intenta desembarazarse de mi? ¿Quién está tratando de destruir a quién?

Hablé con un íntimo amigo mío sobre lo que había escrito ese día a la mañana y éste me dijo que había leído cosas parecidas, o hasta iguales, en algunos escritores. También hablé con mi madre sobre esto y ella también mencionó que otro autor había tenido este problema, y el mismo no había terminado nada bien. ¿Qué es lo que sucede con los seudónimos? ¿Nosotros los creamos y ellos se convierten en un ente con ser propio? ¿Estos seres son vástagos de nuestro pensamiento, o nosotros lo somos del suyo? ¿Acaso nosotros los ideamos y luego no podemos soportar compartir nuestro lugar con ellos? ¿O es que nosotros los diseñamos y luego ellos no pueden soportar compartir con nosotros? ¿Acaso les otorgamos vida y luego no pueden soportar ser parte de nosotros? ¿Olvidan ellos que son, efectivamente, retoños de nuestra mente? ¿O será que olvidamos nosotros que somos sus vástagos, y no ellos los nuestros?
Tanto mi amigo como mi madre me hicieron reflexionar sobre un punto, que yo me dedicaba a negar. Yo decía que primero le daba un nombre y que luego debía darle un ser. Primero les daba forma, pero no contenido. Lo que me hicieron ver ambos, tanto mi madre como mi amigo, es que el nombre mismo ya está dando una existencia. Ese nombre que yo inventé, que yo ideé, está marcando ciertas pautas sobre el ser de mi seudónimo. Las mismas palabras que conforman su nombre lo están formando. El mero sonido de su denominación le está dando vida. Y yo eso no lo veía. Todo este tiempo estuvo allí. Era. Todo este tiempo estuvo odiándome por estar en segundo plano. Pero ya no lo soportará más. ¿Se trata, acaso, de mi alter ego? ¿Se trata tal vez de un yo ajeno a mi, y que en algún punto me está negando? ¿Es posible que esté celoso de él? ¿Por qué habría de estarlo, si debería ser inofensivo para mi, pues él es yo, y yo soy él? ¿Pero, acaso yo soy él, y él es yo? Yo fui quien decidió crear su nombre y darle un ser. ¿Yo fui quien decidió darle un nombre y crear su ser? ¿O Acaso se formó él a si mismo? ¿No habrá actuado él sobre mi y ahora trata de destruirme?

Una cosa que mi amigo me comentó me sorprendió y heló mi sangre. Me dijo que de él, de Brendam Melkiam, tenía una imagen. Lo imaginaba vestido con un sobretodo negro hasta los pies, con un sombrero del mismo oscuro color, haciendo contraste con su cabellera blanca como la nieve, ajada por los años, seca, frágil. Lo imaginaba andando en una bicicleta vieja y vagando, deambulando, a la deriva. Yo, aterrado, le dije que esa imagen era la que yo me hacía de mi mismo para un futuro lejano, lejano y nefasto, solitario, melancólico. Éste me discutió al respecto y alegaba que yo le había dicho que así sería él, Brendam Melkiam, mi seudónimo. Yo, espantado, rebatí que esa era la imagen que de mi había hecho de adolescente, y comencé a pensar que no sólo él tenía vida propia, sino que ahora tenía una imagen. Que no sólo tenía una imagen, sino que se había apoderado de la mía. Había hurtado mi imaginación. Y no sólo se había apropiado de esa imagen, que era la mía, sino que había convencido a mi amigo de que esa era su imagen y no la mía. ¿Cómo demonios había logrado él tal cosa? ¿Era mi imagen o la suya? ¿Acaso era yo el que ansiaba hurtar su imagen, y no él la mía?

Junio de 2005.

Residuos de Abel

por Iacobus Tarqui el 12 de Junio de 2009

Claro, se huele la náusea post-Deus-mortem. Es eso, huele. Así, inficionados, los veloces, esos que se animan a reconstruir la latencia, asesinan a los pírricos diseñadores de Cronos, que sigue comiéndose a sus criaturas, a sus destinos. Qué suerte, algunos nacen muertos. Por culpa de H.

Uno se acostaba, quería acostarse. Otro reconocía estrategias imponderables, denunciaba la artificialidad de las pulsiones. Uno recordaba. Otro resumía la historia en una perfecta combinación de fuegos congelados. La seguridad de las percepciones los comunicaba y se desentendían con ferocidad. La patológica sobriedad del descanso, la ansiosa frialdad de las conquistas. Para Uno, la omnipresencia de las humillaciones; para Otro, la irresistible desviación del ensueño. Un lecho saturado de deseos, Otro asqueado de apariciones.

Nacieron del mismo vientre, de la misma expectativa. Como cenizas de dos ocasionales y discretas huidas seminales, se vieron envueltos en una fábula industrial, que los obligó a reconocerse tarde, o demasiado a tiempo. Cuando estuvieron cara a cara ya se sabían triturados, imposibles. Unas palabras parecieron comunicarlos, hasta sonrieron sospechándose sinceros. Ensayaron alejarse con premeditadas vacilaciones de los cadalsos retrospectivos. Por un momento se creyeron juntos, hermanos. Uno pensó en la solidaridad, Otro en la complicidad. (Eran jóvenes, todavía podían). El espejismo terminó pronto, estalló y los laceró con tanta inocencia que el desenlace desnudó un conato de heroísmo.

Nunca más volvieron a creerse comunicados. Intercambiaron palabras, gestos, y uno (Uno) simuló sonreír, como homenaje, o tal vez como parodia, de aquel encuentro traumático, inmemorial. La sonrisa era la señal de despegue, el signo de la tensión, también del engaño. Por eso, precisamente por eso, decidían volver a verse; se seguirían mintiendo con cruel obstinación. La insistencia parecía un cálculo alegórico: Uno sabía que en el fondo era humano, Otro lamentaba la misma fatalidad, ejercitando el orgulloso arte de la excepción. Cada abrazo, cada intercambio circunstancial, los volvía eso, humanos, insoportables.

Así celebraron el mundo. Presas de vicisitudes y despojos, se entregaron a los rastros de sus posibilidades. Uno eligió las letras y las tetas para seguir sonriendo, para seguir; Otro persiguió el origen de las calamidades, las firmes pistas del desconcierto. Uno deseaba: cazaba felaciones oportunas y raptos eróticos, genitales. Otro nunca deseó, su misión era una ruptura definitiva.

Las formas no eran menos interesantes que las sustancias. Uno se regalaba descargas entre las sábanas, encantadoras tangentes de lo genuino. Para Otro era tarde, reconocía la inaccesibilidad del goce: eligió ser sincero, brutal, antihumano. Uno “interactuaba”, penetraba sus ordinarias aspiraciones. Otro no, la renuncia era demasiado infinita como para reconsiderarla.

Creaciones Coletivas en Conexión en vivo y en directo con Ombligo de Clorofila

por Jonás, el Bombero Incendiario el 1 de Junio de 2009

http://ombligodeclorofila.blogspot.com/2009/06/uno-para-todos-y-todos-para-mi.html

A continuación…
Es colectiva
la creación,
que estriba
en una idea.
Usted vea:

Cinco gentes toman mate menos una. Dos toman té. Hay un solo saquito en la mesa. Dos dicen gracias, dos siguen tomando. Hay una rama arriba de la mesa pero no es árbol, hay ingredientes para brownies pero hay tres fiacas y dos gripes. Oink. Deciden las gentes jugar un juego de escritura colectiva. Presupongo preservación de las especies y las identidades. Prefiero presuponer mal, que amanecer con San Pedro. De domingo salió más o menos esto, con más colores y menos solemnidad en el trazo…

I.

Cae siempre en el piso cuando vuela ese coso violeta sobre la pileta profunda que yo cavé.
Muertos pájaros había hundidos. Voló hacia donde estábamos y nos pegó como si fuera un boomerang violeta, y entendimos que no había que retroceder sino decidirnos a pegar hacia delante. Plus Ultra. Pegar faso. Clavarnos un churro, quemar ¿qué? Sino, las naves. No hay plata. Las llantas, las zapatillas, polvitos mágicos. Reparemos. Salgamos a la calle, a buscar a Paquito, el hijo bobo de la pasta, y si no lo encontramos pataliemos. Un jalonazo, uno solo. O quizás muchos más jalonazos. Pero salgamos a comprar, así, salir, re locos, y ver volar cosas violetas, cayendo.

II.

Sol anaranjado que brilla mucho en ese lienzo. Pero ayer no salió tan anaranjado como solía. En vez de salir hacia el poniente descansando, decidió mirar hacia atrás. Pintar. Se obligaba. Ayer nomás, encontró una luna en el anular. Un anillo, dos aretes, tus aretes, y un. Un cuadro con formas chotas. Pero tenía que pintar. Su obsesión con la pintura era obesa, obsesa, él era un cabeza. Su frente, enorme, sólo pensaba en caliente, en bombos y matracas y pomos amarillos, brillantes soles peronistas al óleo. Con toques de Evita y manotazos del General, viendo al sol anaranjado brillar en el lienzo.

III.

Una mañana fue el ritual. Nos fuimos a Tigre con las chichas, que tomaban gusanos tequilos. Limón parecía el centro y, y, ¡uh! Cayó desde el otro lado.
Nos expectoramos fuerte, arrinconados donde estábamos ¡boom! Las chicas nos asustamos como changos. Chanchos. Chotas. Pitos voladores casi encima nuestro. Vuestro padre que estás en los cielos: en las nubes color rosa como un chancho volador. Chango, dámelo ya, padre. Por los pibes, copáte, y dámelo. Lo gauchita que soy no es gratis. No acepto tantas excusas, tampoco gusanitos tequilos, no más, ahora preferiría bichos de arroz. Para el ritual iniciático en el Tigre, no estuvo nada mal.

IV.

Cajeta con concha dije. Y me puse colorada, porque nunca había hecho una -¡Hey!- ¿Cuál es él ? El judío, el circuncidado, tenía la cuestión escondida. Podría mirar para ver si descubría cómo los otros eran. Ellos. Los judíos, los marranos, siempre tienen ¿o no tienen? Pijas, digámoslo ya. Pijas que parecen -no sé- impares, zoomorfas, soldaditos mutilados. Pero igual son mías, las judías. Pero… esa mirada sorprendida por ver las evidencias de un error inesperado. Error de otros zoomorfos que ahora se perdían como imbéciles. Ya nunca sabré, lo circuncidado que podía llegar a ser.

V.

Libro antiguo que una niña vio en cuatro patas. No, en cinco. Sí, travesti. Braguetas buscaba en seguida, y sacudía con furia. Furibundo, libro con ganas de abrirse, dilatarse. Ella seguía leyendo pero mientras tanto se estimulaba. Espiando a Juan por la rendija se dio cuenta, se avivó de su excitación. Exit. Se fue a la ducha, seco y exótico era lo que había visto. Seco y con pelusas pudorosas en el ombligo. Profundidades de pudor que abrazaban, completas, sus ganas. Era humana, en una fantasía insoportable. Solo pensaba en cuanto le gustaba la furia travesti de Juan. Sólo unas páginas.

(Si algun autor muerto quiere firmar, nada más decídmelo).

Qué grande sos!

por Jonás, el Bombero Incendiario el 1 de Junio de 2009

Por qué!? ¡Perón en Plaza Francia otra vez no!
Empapado de transpiración. Estaba agitado, temblando.
Sin entender de qué se trataba.
Anclado, atormentado, paralizado, sólo.
Desorientado, en esa realidad desfigurada. Ahora, la ceguera cedía.
Ilustráronse de a poco las formas.
Logró comprender en donde se encontraba. Una sonrisa se perfiló sobre su rostro.
Logró distinguir las breves existencias que lo rodeaban.
A veces ocurre. Se volvió a dormir.

por Ido Minaut el 26 de Mayo de 2009

Occipucio quiere invitarte a ti, fiel lector, a contribuir a la revolución de la estética, al nacimiento de una nueva Era, la aventura de la belleza. Sigue las instrucciones, paso a paso, y penetra en la felicidad…

Invernada

Tenía sótano, pero prefería utilizar cualquiera de las habitaciones libres de la planta alta. Subía y bajaba permanentemente, cargando un plato por vez; los dejaba en el piso, encimándolos alrededor de la silla en el centro de la habitación vacía. Por último, subía las gaseosas, tres o cuatro botellas de litro, y se las hacía tomar después del postre. Le gustaba eso del postre. Les decía sin mirarlas que no se habían portado tan mal como para quedarse sin el postre, aunque a veces las patadas, las mordidas y el llanto continuo le demandaban toda una mañana de trabajo. Él no se enojaba. Les daba de comer en la boca, bajándoles la mordaza negra con el pulgar y metiéndoles el tenedor o la cuchara colmados. Como con los platos, un bocado por vez. Al principio, ni bien les descubría los labios, ellas le escupían a la cara, empezaban a gritar desaforadamente, se retorcían en la silla, se quemaban las manos con la soga, hundiéndose la piel sucia por los días y el polvo y el sudor seco; algunas veces la violencia de la desesperación las hacía caer junto con la silla y se golpeaban la cabeza contra el piso, o se estrellaban contra los platos todavía llenos. Prevenido y en silencio, trapeaba el piso y las cabezas, repartiendo la sangre en un radio mayor, destiñéndola, confundiéndola con la madera y el pelo. Con el agua que sobraba del balde lavaba los alimentos salpicados. Después las levantaba y les daba de comer. Si estaban conscientes, repetía la operación de la mordaza, un bocado por vez. Si estaban desmayadas, les mantenía las mandíbulas abiertas con un destornillador corto y empezaba a tirar la comida dentro, mezclando las porciones de los platos y empujándolas alternativamente con la gaseosa y el mango de un martillo que recubría de goma espuma para no lastimarles la garganta.

A ellas les costaba más acostumbrarse al olor del cuarto, una mezcla cálida de pis, vómito, mierda, transpiración y perfume. Él limpiaba todo cada dos días, cambiándoles las mordazas manchadas de baba y vómito, humedeciéndoles el pecho con trapos mojados (estaban desnudas) y juntando en una bolsa plástica de supermercado los soretes que se acumulaban en la silla. Ellas contribuían regularmente al hedor liberando entre llantos, transformadas, las cantidades ingentes de comida y bebida que les hacía ingerir. El metabolismo se destruía despacio por la potencia del número; sus cuerpos, que al momento de entrar en la casa, no pasaban de los cuarenta kilos, recibían ocho comidas diarias de tres platos cada una, todas iguales: dados de grasa, palta, y flan con dulce de leche. A veces les daba pan. La combinación producía regurgitaciones espesas, de olor ácido, y el pis que les resbalaba por las piernas era espumoso y casi fluorescente. Los tres litros de gaseosa por día les pudrían los dientes al cabo de cuatro meses y las hinchaban como sapos.

Siempre las dejaba gritar. Se sentaba en una silla enfrente y las escuchaba atento. A veces se aburría, pero al notarlo volvía a mirar los gritos. Cuando se quedaban afónicas, las peinaba, acción que juzgaba terapéutica. No los coleccionaba, pero tenía una veintena de peines, muchos rosas o verde manzana, que iban quedando por la casa y que él metía, apilados por color, en el botiquín del baño. Mientras les alisaba el pelo con las manos, les hablaba del trabajo (era contador) o de programas de televisión. Si no se resistían (el segundo mes), les recordaba dónde y cuándo las había visto por primera vez: en aquél bar, a la salida de ese gimnasio, casualmente detrás de la ventana de alguna peluquería; perdido en esas ensoñaciones, se disculpaba cuando enredaba el peine en la sangre seca, prometiendo más cuidado.

Todos los sábados, después del tercer almuerzo, les pintaba las uñas de los pies, y a principios de mes, las manguereaba y las depilaba con técnica de orfebre, exhibiendo una paciencia sobrehumana hacia el movimiento continuo de las pantorrillas, las patadas, la huida del vientre cuando él subía a hacer los cavados. Las sogas, el cansancio y la obstinación dejaban, al cabo de dos horas, una piel lisa y humectada, que él olía y hacía oler satisfecho.

A los seis meses, estaban listas.

Le están mirando las manos para ver cómo goza

por Iacobus Tarqui el 26 de Mayo de 2009

“¡Qué flash!”, dijo nadie. Sí, claro, Flash, corré. Correte. Del medio. Pero no, se empeñaba en permanecer. Lo natural es, entonces, corretear hacia el mundo anti-real. Algunos piensan “publicar”. Otros proponen “crear”. No menos ceremoniosa es la discreta rutina del unas líneas por acá, unas firmitas por allá y listo. Aquí, Aqui, un Indiana Jones tan heroico como el pop, en busca de los Argonautas emancipados de Jasón que se le escaparon a Malinowski, esos que se entrometen en el acá, en el aquí, y se hacen los distraídos, con una perseverancia inofensiva y vulgar. Dos puntos.

Objeto de su goce

Subió la escalera, indiferente, cotidiano. La esperada sucesión de minúsculas liberaciones del regreso a casa amenazaba con repetirse, pero la presencia exagerada de un resto de cenizas sobre el agua del inodoro lo paró en seco. El meo se interrumpió, la uretra renunciaría al esfuerzo mientras aquel brusco espasmo hijo de la sorpresa se desplegara. Nadie debería haber estado allí, y el rito irrenunciable de tirar la cadena antes de salir prohibía la presencia de esos restos impunes. No había olor a tabaco. El techo se declaraba inocente: nada podría haberse desprendido de él. La forma de la ceniza era inconfundible, alguien había fumado –o, más inexplicable, simplemente tirado ceniza- aquí.

Conocía los rubios desde los catorce años, cuando fumar se había convertido en una extensión concomitante de su sociabilidad. El placer, fugaz, irrepetible, cambiaba de forma. En ocasiones, el signo indeleble del escape (él decía “salir a tomar aire”); otras tantas, el amable interlocutor del diálogo (“soy un fumador social” proclamaba, dogmático, mientras los otros, menos elocuentes, trocaban su impecable definición por la de “pelotudo”); unas menos, la indigna claudicación (“de algo hay que morirse, che”, y el “pelotudo” renacía automáticamente). Ahora tenía veintinueve, y los cigarrillos decoraban el interior de sus bolsillos con orgullo, pero sólo se mostraban resplandecientes fuera del baño, que era sagrado, alérgico a la pitada imprudente de un valiente prófugo de las prohibiciones.

Aqui (así le decían todos, a pesar de que sus padres, grandilocuentes restauradores de una supuesta heráldica íberohelénica lo habían anotado heroicamente en el registro civil como Ramón Aquiles Pereira –con “i”, portugués, siempre aclaraban, como si importara, él (Aqui) y ellos), con la verga babeante, caminaba rebobinando, recuperando con la memoria una escena que no había visto. El periplo terminó contra la puerta entreabierta que, tozuda y enérgica, se negaba a abrazarse a unos azulejos vetustos. Sin proponérselo, la conciencia se reconstruyó de inmediato ante la presencia desproporcionada de un recipiente de porcelana sobre el borde derecho de un bidet cuya limpieza demencial parecía denunciar una cierta nostalgia del contacto con los culos, y ese rito diligente que implicaba sostenerlos, refrescarlos y penetrarlos sin mucho disimulo. Se impuso la intriga, y Aqui, semidesnudo, se propuso intentar un reconocimiento.
La hebilla del cinturón, mientras, como en un amor a primera vista, se había aferrado, traicionera, a una cerámica rota que con la misma propensión a la perfidia esperaba el momento de lacerar los pies descalzos de algún temerario sonámbulo. El cuerpo del cinturón, como todo organismo concebible, persiguió a su líder cefálico escapando torpemente pero sin vacilaciones de ese jean Levi’s viejo del que Aqui se avergonzaba (más lo avergonzaba que le gustara tanto) a medida que éste lo acompañaba, fiel (era un amor correspondido), camino al objeto misterioso.

De repente, una nueva interrupción, más ruidosa, menos interesante. El estruendo de un manojo de llaves doblegando con un esfuerzo sobreactuado la débil resistencia de la cerradura amenazaba con convertir la parsimonia de su andar de piernas abiertas, solemne, estúpido, pseudo-western (Aqui era fanático), en una burda sucesión de gags que harían recordar a ese clown pelado rosarino cuando se disfrazaba de curandero brasileño y escapaba a toda velocidad de maridos cornudos y padres justicieros. En cualquier momento alguien entraría y lo vería, en bolas (“con el pantalón bajo nada más, che”, nos reclamaría el protagonista, no sin razón), encorvado, extendidas sus dos manos con aire melodramático hacia un insípido recipiente de porcelana que en el mundo exterior los facilistas, los “objetivos”, suelen llamar (así ultrajan todo con su “realidad”) cenicero. La reacción debía ser inmediata e invisible. Las voces lejanas se mostraban fastidiosas pero suspiraban confianza en superar ese obstáculo que esos haraganes del carajo llaman puerta.

El primer paso (ante la urgencia, Aqui se volvía metódico) era rajar, salir del campo visual, pues la puerta del baño se oponía con una simetría perfecta a la puerta de entrada, signo de la rigurosa audacia de un arquitecto recién recibido. Cuando entraran (seguro que eran más de uno los intrusos –los intrusos eran ellos, por supuesto) lo verían en esa posición sodomita y circense, y Aqui debería interrumpir su trabajo de reconocimiento arqueológico. ¡Hacerle esto a él, un científico, un especialista en objetos misteriosos y cenizas inexplicables! El paso siguiente era, entonces, poner a salvo el objeto de su goce. El tercero era, naturalmente, proceder. Ni siquiera se planteaba la forma de la ejecución (él estaba para grandes cosas). No contaba, sin embargo, con la participación involuntaria de su cinturón desertor, que si no lo hubiera obligado a caer de nuca dentro del hueco que formaban la puerta caprichosa y los azulejos exigentes lo habría delatado sin remedio frente a los intrusos.

Sobrepuesto del porrazo, se creyó parado sobre el techo, que parecía oprimirlo contra un piso sólido y pegajoso. Sus piernas, ridículamente flexionadas, facilitaban el arrastre del Levi’s en busca de las rodillas erguidas; la verga lo regaba ahora impunemente (la uretra acondicionaba el stress) como una fuente escatológica apuntando con vocación pueril hacia el ombligo. El cinturón, culpable, se había replegado con vergüenza, sin despedirse como merecía de su amada cerámica rota. A simple vista, desde afuera, el baño parecía libre de Aquis.

Lo que llamamos puerta de entrada cedió, y los intrusos (finalmente eran dos, una mujer y un hombre: Aqui después diría que él lo había deducido) irrumpieron dentro de lo que consideraban “su casa”, imponiendo una atmósfera propietaria que habría sofocado al pobre Aqui si hubiera sido capaz de pensar en otra cosa que en la traición de su propio pene. El hombre declaró inmediatamente, como si “su casa” se lo hubiera preguntado, que “estaba fusilado”, y, acto seguido, corrió con pasitos cortos, exhibiendo su torpe disciplina espartana, directamente hacia la cama de ese dormitorio alejado y hermético (otra idea del arquitecto, dedicado trasgresor). La mujer, más discreta, se dirigió hacia el baño simétrico sin mirar atrás, ansiosa por responder, “por fin”, a las ganas de mear, que sólo retroceden ante el pudor, ahora inexistente en el calor de casita. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta; el hombre estaría ya aterrizando con su mejor expresión olímpica sobre la cama y durmiéndose en tiempo record, en busca de su merecida medalla dorada a la sobreactuación.

Aqui seguía ahogado en el desconcierto. El meo pronto empezaría a verse, fluvial, entre las cerámicas, como una serpiente olfateando en busca de un pozo en el cual esconderse, una vez rebasado ese ombligo poco profundo, y él sería descubierto (o él los descubriría a ellos, como le hubiera gustado decir) en bolas, presumiendo una perplejidad facial única, casi original.

Ella, en soberbia pose urinaria, no percibía ninguna alteración, ni parecía dispuesta a sospechar. Pero el cinturón, otra vez él, aceleró la dinámica persecutoria al deslizarse irremediablemente desde el pecho mojado de Aqui hacia el piso. El ruido metálico de la hebilla fue indisimulable, a su pesar (el de ella, claro). Miró hacia el origen del sonido y, rastreando, reconoció la suela sucia y gastada de una zapatilla Converse hija de una serie fabril discontinuada, más barata, a la altura del picaporte de la puerta. Presa de una despiadada confianza racionalista, accedió a construir el flamante objeto misterioso. Con una eficacia insólita, se imaginó a un tipo tirado de espaldas, en bolas, mirando el techo. Lo único que le resultaba inalcanzable era la expresión del rostro de ese hombre (tenía que ser un hombre). Pero tampoco podía saber si el objeto concebía que podía ser descubierto. Mi reino por una salida, se dijo, y optó por la más sencilla: el control.

Desde entonces, Aqui se dedica “las veinticuatro horas del día” (así dice, aunque todos sabemos que duerme algunas horitas) a extraer las verdades de su descubrimiento arqueológico, mientras la mujer, no menos descubridora, y el hombre cansado lo cobijan en ese toilette de autor, dándole cigarrillos (Aqui tira las cenizas religiosamente en la bañera, nunca en el inodoro), alimentándolo, amándolo.

Yo, Historiador

por Jonás, el Bombero Incendiario el 25 de Mayo de 2009

Una mañana, una tarde, una noche, después de Historiografía
Todos, Alguien
Universidad de Buenos Aires

Curioso. Estudio Historia. Freak!. Epa!, cómo freak! Deforme, gil, rarito! Sí, estudio historia; sí, resulta curioso. Pero…. y con eso se come? Y yo te re pregunto, como apurándote en una partida de truco, vos comiste todos estos años alimentándote con esas preguntas pelotudas? Chispita, cómo salta el pibe! Tranquilo papá, para algo estudias historia, para algo ejercitas tus gluteos en el arte de amoldar asientos de goma espuma. Sí, desmedido o, al menos, una respuesta no proporcional a la pregunta de ese viejito simpático (aunque seguramente detrás de esa sonrisa de full dentadura y con algunas pintitas de color amarillo, demostrando la salud de sus colmillos y muelas enjuiciadoras emergidas tres décadas atrás -como mínimo-, hacía piruetas un viejo bufarra con antecedentes fachos, gorilones y de pasos eventuales por el vampirismo chupa cabras). Pero, jellooouuuuu, y de la pregunta nadie se acuerda? La vamos a dejar ahí, colgando del pasamanos, como un little pendex lloriqueando porque su big papi (de big panza), en su único día de tutoría porque así lo dispuso esa turra –esa conchuda- de la jueza, obviously favoreciendo a la mamita, se colgó él también viendo esos pechos ejercitados, no precisamente del Van Dame de turno, sino de esa yegua que –se lamenta él- no da turnos y menos descuento o canjes por chiflidos mal elaborados y piropos cocinados en el taller mecánico o en la construcción de en frente para la victoria? No, no soporto los pibes lloriqueando, así que hay que pensar la respuesta, no para quedar bien con ese viejito –quien se está empezando a poner nervioso porque mi boca en realidad nunca esbozó una respuesta y simplemente permaneció abierta, dejando que las brisas de aire estomacal matutino le peinen ese mechón que todavía se aferra con dignidad a esa frente más que arrugada, lo que hace sospechar la presencia de un pegamento industrial-, sino porque realmente ese pendejo me está, se podría decir, puliendo el marote.

Hay algo de verdadera incomodidad en la pregunta del canoso. Puedo vivir de la historia? Si en el momento de elegir La Profesión, hubiese abierto el cofre de los recuerdos y, de ese modo, remontarme a mis felices años del tercer grado, para luego pulsar “STOP” en el instante en que mi compañerito Sheeler –descendiente de una noble familia campesina escocesa y practicante a te raja la tabla del protestantismo- sazonaba hojas de su cuaderno cuadriculado –que hacía las veces de soporte material para extensas composiciones literarias, extensas por su enormidad en la letra, algo así como un tamaño dieciocho del Microsoft Word aumentado a ciento cincuenta por ciento- con boligoma y les daba forma de sándwiches literarios que ingería con gusto, seguramente esta breve reflexión existencial sobre mi pasado, presente y futuro profesional-alimenticio no hubiese sido escrita jamás, con lo brusco que suena el “ás”.

Definitivamente fue una suerte de complejo lo que me llevó a la historia. Creo que se trata de un complejo lo que genera el campo magnético entre la historia y el historiador o el Paolo pensante. Un complejo, una incomodidad, una necesidad de –vaya la paradoja- de extemporalidad. Somos todos –principio básico de la generalización, impropio del oficio del historiador-, a pesar de nuestro common cutis juvenil, unos viejos jóvenes. Por mi parte, siempre creí que vivía en una época que no era la mía. Si pudiese elegir, me ubicaría en una época de boinas, tiradores y bastones innecesarios. Por su puesto, de base económica seleccionaríamos el capitalismo, eso está más que claro. En cuanto a la superestructura o la formación social, no hay una en particular que me atraiga más que otras, pero sin espacio textual para la duda, necesitaría una buena combinación de jerarquías naturales con una cuota importante de maneras y etiquetas de comportamiento. Pelucas blancas, bigotes que desafían la gravedad con la mecánica de una montaña rusa, caras empolvadas, lunares ficticios y todo el bagaje que implica el caretaje de Victoria y Versalles. Sí, nada de “muchacho” o “pibe”, más bien “Lord”, “Sir” o “Meussier”. Nada de cámaras digitales –ni siquiera polaroids-, solamente una Cámara de los Comunes y otra de Lores, los primos franceses de los Loros.

El complejo de extemporalidad o de desubicación temporal, claramente, implica una negación de la realidad. No significa que hayamos pasado una infancia problemática, sufrido abusos, maltratos, golpes. Ni tampoco que nuestros padres fuesen el primer eslabón en una cadena de mutaciones genéticas causadas por ser los primeros conejitos de india de las drogas masivas y democráticas, o por haber bailado al ritmo de los sonidos que emitía un tocadiscos con la música de Palito Ortega. La extemporalidad está más ligada a una sensación de placer, alejada de la razón, pegoteada a la excitación o a la falta de. Una dicotomía básica, simple: me aburro o me gusta. En mi caso, no leo el diario. Esa realidad tan del presente me fastidia y no porque aparezca en primera plana la foto de Chavez, Bush o la hembra que tenemos como presi –que hay que reconocerlo, suma unos puntitos más que los dos primeros-, que por separado me excitan poco y nada, aunque juntarlos en una porno sería meritorio de un buen balde de pochoclos. Me fastidia porque no logramos hacer inteligible el sentido. Y es en este punto donde el complejo extemporal del historiador se torna en misticismo. El pequeño aprendiz de historiador busca abandonar sus pecas de la primera infancia –si sos colorado cagaste, anda pensando en otra cosa pequeño aprendiz, tal vez ser maestra jardinera is suitable for you- para hacer un salto – en dirección al vacío-  y desde un trampolín ubicarse en el Olimpo creador de todas las historias. El historiador quiere reescribir la historia porque quiere reescribir su historia. Pero el capítulo final lo sumerge en una depresión insalvable. El historiador, ese literato naive, comprende que ese sentido que buscaba, of course, no existe. Porque desde que renunciamos a mamársela a Marx, ni tenemos más anales rotos o pijasos de larga duración, nos dimos cuenta que la historia, la vida, la existencia, es un polvo de corta duración, un instante de eyaculación y felicidad o de impotencia y frustración, un instante de mayor dureza o flacidez. Y por eso nunca, y digo nunca como nunca lo hice antes, vamos a ser creadores, ni dioses de nuestra existencia. Permaneceremos siendo siempre, eternamente, pequeños jóvenes disconformes de pecas púber, mientras nos miramos al espejo, aterrados como Dorian a su retrato. Entendiste viejo bufarra de qué voy a vivir cuando me dedique a la historia? Ah, por poco me olvido, son cinco pesitos por el chori y la coca, y ahí tiene chimichurri si quiere servirse. Si tiene cambio, se lo agradezco. Alguien puede callar al pendejo!

Dedicado y teledirigido a mis amigos, los historiadores del infierno.

 

Palabras claves: Teoría y Filosofía de la Historia – Choripete – Viejo bufarra – Qué estás viendo, loco?

Key Words: Theory and Filosofy of History – Choripeter – Old bufarra – What are you looking at, you crazy guy?