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	<title>Agosto</title>
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	<description>Seguimos al que pague</description>
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		<title>El escondite</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Jun 2010 02:36:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jonás, el Bombero Incendiario</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente Seria]]></category>

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		<description><![CDATA[

Al igual que Gurdulú, “sólo es uno que existe, pero que no sabe que existe”.
 
 
El que no se escondió, se embroma.
 
Despertó colgando y aferrado a la cola de esa coma. La única. Y lo único que reconocía era su trazo blanco sobre la trama oscura. El único recuerdo que tenía era el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><br />
</em></p>
<div align="right"><em>Al igual que Gurdulú, “sólo es uno que existe, pero que no sabe que existe”.</em></div>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>El que no se escondió, se embroma.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>Despertó colgando y aferrado a la cola de esa <em>coma</em>. La única. Y lo único que reconocía era su trazo blanco sobre la trama oscura. El único recuerdo que tenía era el calambre mismo que brotaba de la circunstancia y que ahora se filtraba por sus venas, desde los dedos hasta sus hombros, mientras sus piernas estaban allí, balanceándose. Su cara, sin embargo, no manifestaba señales de dolor, siquiera incomodidad. No es de extrañar pues quienes sí tenemos memoria sabemos que estaba acostumbrado a ello, a <em>aferrarse</em>, a tomar con lo único que tenía –la voluntad de aferrarse- aquello que desconocía pero aceptaba con incondicional naturalidad. Cómo sorprenderse de ese apego a lo que le era ajeno si su primer respiro se vio envuelto en manos que lo ubicaban allá en lugar de aquí. En ese momento no lloró. Sin saber hablar comprendió de inmediato cómo tendría que comportarse en el futuro. <em>No preguntes, vos como si nada</em>. Más allá de la <em>coma</em>, nada, pero no un vacío sino una inconsistencia. Pero reversible, reescribible. <em>Eso. Sujeto estás. Falta el verbo que de lugar a la acción</em>. <em>Soltá la coma!</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>. y aparte.</em></p>
<p>Ella estaba sentada, abrazando sus piernas y con la frente apoyada sobre las rodillas, de manera tal que ocultaba su cara. No entendía. Nunca lo había hecho, incluso ahora que se encontraba sobre un <em>punto</em> que simulaba ser un acantilado dentro de un sin sentido. Parecía desorientada. <em>Y cómo no estarlo! si su única referencia era una circunferencia, o al menos ello aparentaba</em>. Pero su situación no la desequilibraba, se dejaba estar, si le tocaba eso para ella era lo correcto, así debía ser, para qué cuestionarse. Abandonó su postura aunque no para revolucionar sus movimientos. Se puso de pie, pero no pisó fuerte, <em>no quiso</em> <em>cerciorarse</em> de lo que la sostenía y detenía allí. Su mirada era inexpresiva, como si no le perteneciese a ella. <em>Para qué alarmarse si hay quienes dicen que en realidad ella no era ella</em>. Aquella imposibilidad del ser no provenía de una incerteza. Todo lo contrario. Aquellos que dicen también opinan, aseguran, que toda su vida fue un <em>arrebato</em>. Pero ella no escucha esos rumores, no lo desea así. Ella quiere creer que su lugar está allí, con lo único que posee, entre una circunferencia, en aquel punto.</p>
<p><em>. final.</em></p>
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		<title>Puntos&#8230;</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Mar 2010 00:58:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jonás, el Bombero Incendiario</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente Seria]]></category>

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		<description><![CDATA[Bastó un solo paso para interrumpir el abrazo ausente de emociones que por algunos instantes los hallaba complementarios en una totalidad. Bastó un segundo paso para que el aire caldoso y húmedo atase un nudo en mi garganta y dibujase nuevas líneas que encuentran su naciente en los extremos de mis ojos ahora entrecerrados. Una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bastó un solo paso para interrumpir el abrazo ausente de emociones que por algunos instantes los hallaba complementarios en una totalidad. Bastó un segundo paso para que el aire caldoso y húmedo atase un nudo en mi garganta y dibujase nuevas líneas que encuentran su naciente en los extremos de mis ojos ahora entrecerrados. Una nueva, la misma realidad baja el telón de un preludio cuyo movimiento me era conocido con antelación. No me sorprendo. Solamente recordé, revivo.</p>
<p>Estoy suspendido de cuerpo entero, en mi imaginación. Debería sentir que mis brazos, y mis piernas, desde las puntas de mis dedos, se desprenden en direcciones opuestas, formando una “X” de perpendiculares inconclusas pero al mismo tiempo infinitas. Fracaso. Mi aritmética emocional no parece estar conectada al debido circuito espacio/temporal. No me hallo más que encerrado entre planos paralelos que atraídos como imanes forman un cubo, me presionan, me aplastan y se funden, y yo con ellos, en una nueva línea que se descubre como un simple y limitado segmento, un subconjunto reducido de elementos que quisiera me fuesen ajenos.</p>
<p>Debería estar en una isla desierta, escuchando la rompiente de unas breves olas que saltan como delfines por sobre las azules aguas de un mar elíptico. Fracaso. Otra vez. Las palmas de mis manos reafirman su identidad luego de un aplauso silencioso, mudo, sin voz, y que nunca existió. Las uñas serrucho de mi mano izquierda se ponen de pie sobre la palma de la mano derecha, y con esfuerzo empujan y levantan un ángulo de noventa grados. Sin detenerse, comienzan, sin prisa, casi con aplomo, a caminar raspozamente por el sendero que une mi muñeca derecha con la clavícula en esa misma orientación. Cuando llegan a este destino circunstancial se sumergen durante unas micro temporalidades dentro de la espesa y densa gravedad que muta en una sustancia acuosa, imperceptible al ojo humano. Sin ambiciones cuánticas, ceden y se dejan caer en cámara lenta, aterrizando torpemente, sin armonía, varias medidas hacia el oeste. De mis caderas para arriba, ignorando la torsión de mis piernas al sur, soy ahora una cruz.</p>
<p>Resignado, abro los ojos mientras un baldazo de luz blanca me deja nuevamente a oscuras. El círculo nunca evolucionó en semi. La libertad fue tan sólo un espejismo, un placebo de agua para calmar mi última sed.</p>
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		<title>Piedras y defensa</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Dec 2009 20:01:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iacobus Tarqui</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente Seria]]></category>

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		<description><![CDATA[
a D., Lic.

Los románticos, para no decir los mentirosos, dicen que esta historia la contaba su abuelito, el eterno abuelito políticamente correcto, mecedor, asexuado, sabio e inmenso. Defraudar al lector es una de esas absurdas irreverencias que más vale advertir antes que prometer. No hay abuelitos ni faldas movedizas; sólo inmóvil mutismo, irremediable permanencia. Silencio. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: right"><em>a D., Lic.</em></p>
</blockquote>
<p><em>Los románticos, para no decir los mentirosos, dicen que esta historia la contaba su abuelito, el eterno abuelito políticamente correcto, mecedor, asexuado, sabio e inmenso. Defraudar al lector es una de esas absurdas irreverencias que más vale advertir antes que prometer. No hay abuelitos ni faldas movedizas; sólo inmóvil mutismo, irremediable permanencia. Silencio. Una aburrida sorna del tiempo. Un incomprensible gesto del espacio. Sin lentes.</em></p>
<p>Lo miran desde los balcones, piensan que están a su altura. Cada mañana, los del primer piso miran su metálico cuero cabelludo, sus verticales facciones de neón. Alguno se compromete y lo saluda, por la mañana, levantando en secreto su taza de café. Pero sólo en primavera y en verano. Algún día amable del otoño. Los días fríos, desde atrás de las ventanas, sólo le regalan silenciosa devoción, por su estoica resistencia. A decir verdad, él es indiferente al clima, pero… ¡ay, quien reconociera su hazaña! Balcón o pre-balcón, los del primer piso lo miran a la cara. A la noche también lo miran, más bien miran, usufructúan su presencia luminosa. Pero Él. Él ni siquiera los ignora, sólo sabe perpetuar la firmeza de su organismo artificial.</p>
<p>El ninguneo de los taxis es una provocación disfrazada de malentendido. Pasean sus techos amarillos bajo su pesada extremidad, sin esperar banderas a cuadros o triunfales vinos espumantes de la Champagne. A su lado, pequeñitos, los autos se nutren de sus riquezas subterráneas, y sus conductores, anónimos marxistas de a pie, intercambian D-M incesantemente, “las 24 horas”, tal como rezan pequeñas calcomanías vocales despegadas en las puntas, pegadas en los vidrios de puertas con cerraduras inútiles. Regularmente, llegan a las playas (así las llaman) galeras motoras desde los confines del imperio, de sus colonias ausentes, con nuevas riquezas, y él las recibe con su imponente apatía.</p>
<p>La desidia de sus súbditos cada tanto muta en una atención. Maquillaje sintético, algún foco reemplazado. En Navidad, sucesivos gerentes lugartenientes optan por regalarle un sombrero vulgar que emula al de aquel eficaz gordo simpaticón que irrumpe en los domicilios violando chimeneas inexistentes una vez al año -por orden del mismísimo Señor, dicen los más fanáticos. Ríe el lugarteniente cuando piensa en la posibilidad de que su jefe implícito, aquel monstruo modesto de hierro y hormigón, pierda por completo la razón y el sentido del buen gusto y decida probar suerte en el negocio de la invasión-por-chimeneas. Su preocupación es vana: el emperador aborrece los últimos días del año de los mortales. La indecencia llega a su auge de inmoralidad cuando livianos pero mortíferos corchos de plástico e incompetentes cañitas voladoras chocan contra su amalgamada anatomía y su rostro impávido, imperceptiblemente rencoroso.</p>
<p>Mira a todos desde arriba. Parece el hombre que está solo y espera, pero no, es tan sólo un hombre decente que nunca toca a la gente con las manos; tal vez, en esa apariencia radique la eficacia de su ornamentada simulación. A sus pies, una flora irreverente germina. Enredaderas competitivas trepan la oxidada majestuosidad del héroe. Algunos mamíferos completan el cuadro de la completa indecencia ingiriendo líquidos, sólidos, sepultando restos tóxicos de tabaco industrial. A sus pies, bárbaros indiferentes. Hace tiempo que él ha dejado de esperar a su guardia pretoriana. Se conforma con que alguno de los indecentes sufra la picadura de insectos igual de indecentes -aunque conocidos-; se conforma con que al menos uno de ellos inhale compulsivamente las partículas nocivas cruelmente depositadas en el aire común por el petróleo de sus entrañas.</p>
<p>Resignación. El día que la magia exista, comprenderá los motivos de su permanencia. Ese día extrañará una tercera pierna, la remota posibilidad de pensarse solitario vigía de los del primer piso. Comprenderá que su obscena existencia ha sido demasiado asimilada. Cuando exista, sabrá que su reino es <em>sólo uno</em>. A pocos kilómetros, otros primeros pisos rozan las narices de otros emperadores de hormigón, hierro y neón. Nerón. Pero no existe, y sólo así reconocemos un reino.</p>
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		<title>La manifestación</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Sep 2009 02:13:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ido Minaut</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente Seria]]></category>

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		<description><![CDATA[En el que se relata cómo y por qué, en el barrio que oculta agazapada a la República Separatista de Tigre, se dio, cierta vez que la memoria no quiere precisar, una singular pueblada&#8230;
Salí de mi experiencia antropológica interesante justo a tiempo para ver cómo demolían la vieja Casa Cobo. De cómo el narrador encontró [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>En el que se relata cómo y por qué, en el barrio que oculta agazapada a la República Separatista de Tigre, se dio, cierta vez que la memoria no quiere precisar, una singular pueblada&#8230;</em></p>
<p>Salí de mi experiencia antropológica interesante justo a tiempo para ver cómo demolían la vieja Casa Cobo.<em> De cómo el narrador encontró el sitio de la demolición, y de la fauna que allí halló</em>, imaginé decirme, avanzando hispánico entre el gentío que gritaba indignado o se quedaba parado frente a las grúas que desfilaban para la quinta señorial, un pavoneo tosco de machos en celo. Silencio en el reino.<br />
El rumor venía corriendo en el barrio hacía tiempo, digamos algo así como siete años. Triste resabio de la época en la que Tigre era el sitio predilecto de merecidos descansos para un Sarmiento o un Pellegrini, notables personalidades de nuestra política criolla, la Casa Cobo soportaba esa mañana la presencia de una caterva de engañados, materia prima del municipio. Tras las bucólicas esperanzas de paz que les había ofrecido alguna vez el Delta, los engañados se descubrieron al cabo de pocos años purgando la condena de verse invadidos, no sólo por la insistencia epidémica del turismo dominguero, sino por la más endémica tortura de los enriquecidos sobrevivientes del 2001, clientes y fautores de exagerados barrios privados que se iban instalando en nuestros pantanos fiscales al ritmo de la especulación y la ejecución malsana de hipotecas. También éstos se asoleaban ahora frente al sitio de la demolición, impunes.<br />
Digámoslo de una vez: la señorial mansión era una auténtica casona de Tigre, no <em>del</em> Tigre, de estas que ahora abundan a los lados de acceso Panamericana y ramales aledaños, construcciones de amplios ventanales a la vez útiles para mostrar un interior muy decorado y ahorrar en material. Los dueños de estas monstruosidades que agotan con sus desechos la exigua red de cloacas y consumen el suministro de energía con aires acondicionados -los sobrevivientes- constituían la mitad del público presente; a la otra mitad la supuse como yo, aburrida y bastante avecindada, de la primera hora, con casas de verdad y ventiladores de techo. Engañados. En esto uno debe ser terminante: los conversos existen. Y si supieras quién grita por vos ahora, ¡oh! padredelaulasarmientoinmortal, arremangarías tu saco y te mandarías con los muchachos a picar estas paredes, imaginé declamar.<br />
La añeja mansión funcionaba por entonces como hogar y baño de perros y vagabundos, y menos como espacio para los polvos ocasionales o directamente imaginativos que ocasionalmente imaginábamos de jóvenes, seducidos por los sensuales capiteles y los altos techos espejados que creíamos entrever desde los portones mientras esperábamos tomar el 60 para ir a las fiestas del club San Fernando, con los forros molestando en la billetera vacía, inflamados ya por la leyenda del prostíbulo ilegal o la certeza de que era allí donde se perdía finalmente la virginidad.<br />
Claro que yo no pensaba en nada de esto esa mañana, cuando me instalé entre el tumulto. Una vieja con tiempo me miró, miró mi bicicleta inglesa, volvió a mirarme. Como si mi bicicleta paqueta fuera a quitarles lugar a otros testigos de la irreversible demolición, se acercó lo suficiente como para hacerme sentir que el metal molestaba. Tañí la campana, desencadenando por accidente una nueva ola de abucheos para los obreros que paseaban por los jardines, aburridos de esperar. Ignorada, la vieja se refugió en la última trinchera, el suspiro sonoro.<br />
Un grupo de estudiantes universitarios parecía comandar la protesta. Protestaban. Al divisarme entre la muchedumbre, la novia de un conocido protestón tigrense se me acercó, quizá animada por el respaldo que podía extender yo a la protesta que ella conducía, dada la impronta de mis estudios universitarios en la protestona Facultad de Filosofía y Letras. Un poco de revolución no te vendría nada mal, me dije, y compuse una amplia sonrisa guevarista, encarando la redacción del capítulo <em>En el cual el narrador, componiendo una amplia sonrisa guevarista, intenta arrastrar a un acto no menos revolucionario a la cabecilla algo tetona</em>. Debo confesar que la subestimé; ignorando mi cubana barba de dieciséis días, la compañera arrojó un golpe maestro, bajo: “están destruyendo la Historia”, dijo con mayúscula después de plantar un protocolar beso en mi mejilla tapizada. Yo la miré y quise que mi mirada no insinuara mis amargas sospechas respecto del lugar exacto de la vieja Casa Cobo entre las estructuras políticas, sociales, económicas, mentales, culturales, espirituales o incluso arquitectónicas de la Argentina contemporánea. Debió funcionar, porque mis ojos abiertos le arrancaron un retórico “¡podés creer!”. Y agregó: “Encima para poner <em>eso</em>”. ¿Eso? Misterio. Enfrente, el kiosquito de panchos humeaba y nos llamaba, cómplice, pero vos no te diste cuenta, compañera tetona, e insististe en la acción social, la más ingrata e ineficiente de las acciones. <em>De cómo el narrador se apersonó solo en el puestito de panchos</em> comenzó a redactarse al segundo en el que escuché el vocablo soez de “petitorio”.</p>
<p>(- Qué quilombo che. Uno, con mostaza.<br />
- Yo estoy vendiendo a lo pavote, pibe. ¿Sale con papitas?<br />
Mi mirada detuvo la lluvia dorada. ¿Papitas? En verdad Tigre era una pasta repugnante).</p>
<p>A mi regreso debí proteger el pancho de la renovada agitación de palmas ciudadanas. Se había averiguado, finalmente, que la Casa Cobo estaba siendo derribada para construir un mega-hotel yanqui (<em>dixit</em>). Al antiimperialismo de manual de mis colegas se le sumó no sé qué bien predispuesto nacionalismo barrial de ambas mitades del público, acicateado hacía semanas por el increíble ascenso del Club Atlético Tigre a Primera División, hecho que, evidenciando una vez más la crisis institucional que atraviesa el país, fue irresponsablemente tildado en nuestras calles de “justicia histórica”. Semejante enormidad decoraba las últimas producciones oportunistas de ropa al menudeo.<br />
Percibí la desaprobación general que inspiró la versión del mega-hotel yanqui, y temí por el destino de mi bicicleta imperialista (<em>En el que comienza el relato verdadero sobre un desafío sin cuartel al Imperio</em>). Las razones por las cuales se prefería que una soberbia esquina con vista al río fuera concedida al tirano disfrute de los vagabundos y sus perros o a la imaginación de los polvos y los prostíbulos imaginarios en lugar de dar trabajo a los albañiles, arquitectos, gasistas, electricistas, mucamas, recepcionistas, gastronómicos, serenos, restaurantes y kiosquitos de panchos humeantes nunca fueron explicitadas, aunque debieron de ser telepáticamente muy convincentes, porque todos se abalanzaron a corear las consignas que espontáneamente nacían de las gargantas ofendidas. En el frente de batalla –erudito, copado por los universitarios- se alzó un aislado “yanquis hoteleros”, que murió afónico; más popular, la retaguardia enarbolaba el efectivo “yanquis hijos de mil puta”.<br />
(Y aquí estuve a punto de imaginar rumiar un soliloquio respecto del magno problema de la concordancia, porque yo también solía dejar en singular el último sustantivo cuando puteaba a alguno de todos los hijos de mil puta que van sedimentándose en el otrora aristocrático Tigre sarmientino, y siempre me preguntaba por qué yo, que tantas veces me había investido de un puritanismo sintáctico de cruzada, me dejaba arrastrar por semejante grieta. Pero por suerte vino a rescatarme de mi <em>Bifurcación morfológica hacia una forma de putear, y de lo que allí se reflexionó</em> el novio protestón de mi tetona empedernida).<br />
Novio protestón (Héroe), tosiendo por el polvo de las grúas, rastas al viento, dos puntos, línea de diálogo, comillas, no los vamos a dejar, cierro comillas.<br />
- no no, eso está claro- yo, pancho en mano.<br />
-(mirando en lontananza. Apertura de ojos. ¿Satisfacción?) “Ahí viene la cana”<br />
- &#8230;<br />
-(y porque las reglas de la etiqueta son rigurosas para la población de los privados tigrenses, frente a mi total falta de falta de respeto a la policía) “Che&#8230; emm&#8230; ¿vas al cumpleaños de Agus el viernes?”. Sí, novio protestón, cómo perderme en el ágora tu versión de la historia: <em>De cómo se mordió los labios aquel viernes frente a la heroica versión, y de las cervezas detrás de las que ocultó su mínima parte en la pueblada</em>. “¿A las 9, no?” Pero no me oías, oh Héroe, tan dorada prometía ser la medalla de la represión.</p>
<p>Coincidiendo en sus naturalezas decorativas, las fuerzas del orden acompañaron la llegada de las primeras pancartas que empezaban a ilustrar el mediodía. Era hora de salida en los colegios de la zona, y los alumnos corrían hacia el tumulto, arrancando hojas de carpeta a la carrera. Con fibras de colores o marcadores indelebles escribían “yanquis putos” o “salven a la quinta”; otro asomó un “Tigre capo”. Algún fantasioso consiguió una cartulina grande y dibujó, visiblemente irritado contra la perspectiva de los sensuales capitales, una antropomórfica Casa Cobo llorando por las ventanas, con un globito de historieta en el que decía “quiero vivir”. Primera mordida a mi pancho, único refugio de realidad a esas alturas.<br />
La espectacular entrada de la bola demoledora logró acallar por un momento los insultos y las fibras, municiones antiimperialistas de largo alcance. Escoltado por dos curiosos uniformados, el armatoste entró pesadamente en el barro de la quinta, en medio del silencio de ambas mitades del público. Pero al instante, los condenados de la tierra se levantaron del letargo:<br />
- ¡No pueden privarnos de nuestro patrimonio cultural!- exclamó al unísono un sector del frente (¿el grupo de Antropología? ¿No eran un mito?), cuando las máquinas encararon decididamente el holocausto inmobiliario.<br />
- Vayan a laburar, che- replicó (no sin razón, eran las 12 del mediodía) el piloto de la bola demoledora, antes de destrozar el ala izquierda del edificio, donde nosotros nos convencíamos de chicos que estaba ubicada la sala de masoquismo. Si supieras que luchamos por vos, compañero, habrán pensado, incomprendidas, varias cabezas del comando universitario, fogueadas en cruentas batallas de clase, vírgenes de destornilladores.<br />
- ¡Ya viene la tele, ya viene la tele!- se escuchó sobre el estruendo del derrumbamiento. “Es Crónica”, precisó otro. La viejita con tiempo se peinó de costado. Segunda mordida, atolondrada. Me manché el buzo. La demolición continuó, paciente y selectiva.</p>
<p>Finalmente, a pesar de Crónica, de los gritos, de las consignas; a pesar de los vagabundos y los perros y los polvos imaginarios; incluso a pesar del grupo de Antropología, la Casa Cobo tuvo su hundimiento. Fue un hundimiento nada literario, poco lúgubre, si el mediodía era una maravilla y ni siquiera estábamos en otoño; fue hasta aburrido, ningún caballo a la vista, ninguna ciénaga, ningún escudo de bronce pulido con su maldición, ninguna lady Madeline de sangradas ropas blancas acompañando los intermitentes derrumbes y llevándose a los obreros imperialistas a la tumba. Real, estruendosa, e insoportablemente lenta: así fue la aniquilación de la vieja Casa Cobo. Era difícil mantener viva la rebelión en esas condiciones. Sospeché que mi mitad se sentía desilusionada: esperaban verla explotar como en los tiempos en que Suar la había rentado venalmente al municipio para grabar una escena primermundista de su versión tercermundista del cambio de milenio, dinamitando el perímetro con explosivos y teorías conspirativo-religiosas. Eso, al menos, debe serle reconocido a las autoridades de mi pueblo: implosionar un patrimonio cultural para construir con sus fragmentos otros patrimonios más útiles pero infinitamente más privados constituyó siempre una política de Estado en la gran República Separatista de Tigre. Gloria y loor.<br />
“¡Asesinos!”, gritó la vieja a mi lado, cuando el último ladrillo podrido tocó el barro en el que la ex Casa Cobo había logrado mantenerse a duras penas los últimos cincuenta años. La miré incrédulo, con los restos de mi pancho todavía caliente entre los dedos. <em>En el que se explica y comprueba que la abundancia de tiempo hace estragos en la salud mental</em>. Me sonrió levantando los hombritos. No es todo: se mordió el labio inferior. El cántico, sin embargo, tomó fuerza, incluso entre mi mitad. “A-se-sinos, a-se-sinos”. Abandonado, imaginé mirarlos uno por uno, mientras arrastraba mi bicicleta inglesa entre la manada de hienas. Sensible como nadie a la vergüenza ajena, escapé horrorizado, pedaleando.</p>
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		<title>La Prisión de las Baldosas</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Sep 2009 14:01:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mr. Meiro Lopez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sin celdas ni muros, no podía salir de su parcela. Es que no sabía atravesar sus límites. Cada baldosa separada de la próxima por las misteriosas y geométricas junturas. Era fácil circular por las zonas de grandes baldosas, lo había depositado en un banco,pero su madre  bajo el cual el mar de baldositas parecía uno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sin celdas ni muros, no podía salir de su parcela. Es que no sabía atravesar sus límites. Cada baldosa separada de la próxima por las misteriosas y geométricas junturas. Era fácil circular por las zonas de grandes baldosas, lo había depositado en un banco,pero su madre  bajo el cual el mar de baldositas parecía uno de lava. Veíalos circular des-preocupados, como si eso que a él no le permitía disfrutar de esa plaza no fuera una condena. Reían, y si bien no reíanse de él, su disfrute era una burla. Cuán amplio y bello es todo, y cuán encerrado de eso lo habían dejado.</p>
<p> Hizo sus excursiones explorativas a puntillas de pies, mas no fueron para durar. A cada intento, el temor a perder el equilibrio lo mandaba de vuelta, dando unos comiquísimos y cuasi-espásticos saltitos, al banco. Es que hacía tanto que firmemente pisaba sobre las baldosas que ya no sabía si lo hacía por precaución o por costumbre ¿Qué pasaría de pisar en las junturas? Poco menos que angustiado, quedose sentado y callado. Miraba al común de sus coetáneos frustrarse unas 5 veces, a lo sumo, por pisar las divisiones de las baldosas para entregarse indulgentemente a la resignación, y a pisar lo que venga, y a otra cosa.</p>
<p> Y la vio, un ser extrañísimo, nunca visto algo semejante por él. Los pantalones rasgados en las rodillas, la remera hecha un terroso desastre, codos (sí, ambos dos) encascarados y un eminente chichón en la frente. Obviamente, sobre su cabeza asomaban cual cornamenta dos colitas, anunciando, en confabulación con una muy ‘pícara’ sonrisa, que se venía una diablura. Trepaba por los árboles y aterrizaba de sus alturas envuelta en carcajadas; una y otra vez repetía el accidentado ritual. Corría incontenible por todos lados, ansiosa, jolgoriosa, viva. Un huracán, una tempestad de vitalidad penta-añera.</p>
<p> Pero no era eso lo que le llamó la atención; única como la percibió y la supo de inmediato, no fue por <em>lo</em> que ‘vio’, esos meros accidentes ‘aparenciales’. Es que ella corría libre, pero en esas escasas ocasiones en las que su paso se regularizaba y decaía a un contenido caminar, parecía que no pisaba más que las junturas. Al observar con mayor detenimiento, se dio cuenta que no era que sólo pisaba las junturas, pisaba indistintamente baldosa o juntura. Y no era resignación, no era esa actitud que tomaban los otros, de olvidarse del suelo y pasar a otra cosa; ella le prestaba profunda atención, y cuidadosamente pisaba sobre cualquier cosa. No, no era resignación, ella estaba más allá de eso, más allá del juego inclusive; era serio, realmente serio, y aun así pisaba valientemente sobre cualquier cosa. Jugar para ella era correr, subir y bajar de alturas, fueran florales u arquitectónicas. Pero caminar entraba en otro orden, era su descanso. Era su momento de muerte en su existencia de vida plena; en su vida juglaresca, esos momentos de muerte no eran más que reposo. No hacía falta jugar en ellos. Libre de todo juego, caminaba expectante y desafiante pero tranquila, pacífica; serena. Y de golpe, ‘Zas’, re-ignición; a correr, jugar, reír. Su cara volvía a su diabólica mueca de picardía y agarrate Catalina.</p>
<p> En una de sus escasas caminatas de reflexión lo vio. Pensativo y solitario. En su cavilar había algo extraño, y eso le llamó la atención. No era estrepitoso, ni buscaba su atención como el resto. Él solo se sentaba y miraba a la gente pasar. Tan serio y pensativo, tan distinto. Pero aun así, a simple vista, pudo saber que algo en común tenían; y se acercó para hacérselo saber.</p>
<p> -¿Sos del ‘Doke’?- le preguntó, rescatándolo de su encierro con una hermosa oferta de amistad, señalándole la camiseta roja y negra que su Papá le había regalado para Navidad.</p>
<p> -Desde la cuna- respondió como le había enseñado su padre-¿vos?</p>
<p> -Yo también. Como mi Papá- dijo inflando el pecho y señalando a un lejano panzón reunido con otros de panzas de símil extensión-. Pero no me dejan ir a la cancha todavía -lamentose.</p>
<p> -Yo una vez fui, de chiquito- alardeó recordando-. Me llevó mi Papá porque estaba jugando el ‘Menzo’ -erró inocentemente- Medina Bello. Pero después mi Mamá le dijo que no, que hasta los 8 no me dejaba de vuelta. Cuando me lleven de vuelta si querés le decís a tus papis a ver si te dejan y vamos todos juntos.</p>
<p> -Uh, ¡dale!</p>
<p> No hizo falta más que eso. Dos almas se encontraron y se supieron encontradas. Con el tiempo nos enseñan a rotular, ‘mejores amigos’ a aquellos que despuntan en historial o afinidades, ‘hermanos del alma/de la calle’ a los que constituyen esa familia que nos armamos sin regirnos por la sangre, ‘conocidos’ a los que “está todo bien, pero hasta ahí”, ‘pareja’ a quien no des-entona a tu lado, ‘compañer@’ a quien te de compañía en las buenas o en las malas, ‘amante’ a quien te de un respiro de las ultimas dos rotulaciones; y así se sigue poniéndole nombres a lo que se siente, y se evita el asumirlo; libre, liso y llano: Amor. Pero ellos no, son inocentes. No saben, no entienden, son simples, peyorativamente así se los califica para convencer de que son  Los Adultos los que deben formarlos a ellos; Adultos que ya fueron de-formados en un principio, ya vienen adult-erados por Adultos anteriores, y sin re-formarse pretenden formarlos a ellos, a ellos que se esfuerzan por seguir des-formados.</p>
<p> -¿Vamos a jugar?- preguntó salpiqueteando la niña. Cómo lo invitaba su sonrisa de teclas de piano (una visita del ratón Pérez se evidenciaba ante la falta de una de las ‘paletas’).</p>
<p> -No puedo, las baldosas- explicole tan amplia y elocuentemente. Cómo explicarle a aquel alma libre y juguetona que no se entregaba a ella por reparos, si bien ilógicos, fundacionales a su persona. Él no sería él pisando las junturas; son los nexos los puntos débiles de las estructuras, quién sabe lo que pase si por sobre-esforzarlos se abrieran, qué habrá allí debajo. La firmeza del piso donde se para uno, da firmeza a quien en él se para. Era el miedo a las regiones infernales (en tanto que inferiores, de abajo) lo que no lo dejaba ir, a que el desconocido subsuelo se abriera en dos y lo chupara todo.</p>
<p> -Uhh, claro. ¿Y si volamos?</p>
<p> -¿“Volamos”?</p>
<p> -Sí, así no tenés que pisar el piso.- Sin siquiera saberlo ella le mostró un mundo sin límites, ni junturas o baldosas ni arriba u abajo, solo espacio y aire, solo juego y disfrute. Irreal y mágico, lo invito a ese mundo.</p>
<p> -Pero, yo no sé volar &#8211; confesó el niño.</p>
<p> -Vení, yo te enseño &#8211; lo invitó. Tomó su mano, se sonrieron mutuamente y abandonaron el banco para no volver a él. Libre de todas sus ataduras, fue el niño por primera vez más rápido que el viento y más liviano que una nube. Tocó las copas de los árboles y voló a la par de las palomas. Claro está, sin soltarse de su maravillosa guía.</p>
<p> En un rapto de independencia, la soltó, y voló hasta lo más alto del cielo y bajó para ella un rayo de sol, lo envolvió con un moño de arco-iris y se lo ató en el cabello. Otra vez a su lado, tomó su mano disponiéndose a no soltarla hasta el último de sus respiros.</p>
<p> Pero luego, aun de la mano, caminaron. Caminaron juntos hasta que él miro abajo, y reconoció las figuras geométricas por las que andaba. Había vuelto al mundo de las formas, volvió a ver el arriba y el abajo, con la gravitación que lo rige todo transversalmente, volvió a ver las baldosas y, sobre las junturas, sus pies. Pero nada sucedía. El suelo seguía siendo suelo, amalgamado por sus nexos, el cielo seguía siendo cielo, homogéneo y absoluto, él seguía siendo él y él seguía con ella a su lado. Ella, cuyo nombre desconocía al igual que casi todo en su vida, excepto que, como su padre, era hincha de Dock Sud y que volaba como nadie podía hacerlo.</p>
<p style="text-align: center"> </p>
<p style="text-align: center"> FIN</p>
<p style="text-align: center"> </p>
<p align="center">Fe de erratas</p>
<p align="center"> </p>
<p>La camiseta de Dock Sud es azul y amarilla, no negra y roja.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Mundana ménade</title>
		<link>http://www.agostoliterario.com.ar/2009/09/05/mundana-menade/</link>
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		<pubDate>Sat, 05 Sep 2009 21:37:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Iacobus Tarqui</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente Seria]]></category>

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		<description><![CDATA[La inflación de las expectativas suele proponernos farsas de objetivos relativamente mínimos, absolutamente máximos. Los sabios sonreirán y descreerán. Los corderos reirán y emprenderán. Las transiciones se disfrazarán de entreactos indispensables, aprovechables. En odiseas que creemos virgílicas, entre bucólicas y malhadadas pretensiones, pensamos que allí, ante nuestros ojos, está la necesaria raison d’être de nuestros [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>La inflación de las expectativas suele proponernos farsas de objetivos relativamente mínimos, absolutamente máximos. Los sabios sonreirán y descreerán. Los corderos reirán y emprenderán. Las transiciones se disfrazarán de entreactos indispensables, aprovechables. En odiseas que creemos virgílicas, entre bucólicas y malhadadas pretensiones, pensamos que allí, ante nuestros ojos, está la necesaria </em>raison d’être<em> de nuestros vanos esfuerzos. Y así sonreiremos, hasta que reconozcamos la infamia de los espejos, la antiespectacular sobriedad del deseo. Entonces, reiremos.</em></p>
<p>Con pensamientos que ahora sé inconducentes bramidos, <em>yo</em> se había propuesto leer cien páginas cada veinticuatro horas. En el primer colectivo de un día dedicado a los viajes urbanos, atrapado en aspiraciones desmedidas de compatibilidad, abrió un texto ad hoc. De su asiento hasta el timbre de Pellegrini planea leer veinte páginas, objetivo mínimo. Tema del día: <em>Combates por la historia</em>. A los diez minutos, empieza el cuento.</p>
<p>En Agronomía, sube ella. Desde su asiento con ventanilla, <em>yo</em> dicta silencio a universales diálogos de bocinas y maxikiosquistas jugadas de metegol. Ella pide boleto hasta Pellegrini, para que todos la escuchen, y algún romántico la persiga. <em>Yo</em> se detiene en su mano derecha, que hace malabares con las monedas impacientes. Saltan, caen y vuelven a volar, como infantiles demostraciones de legalidad, esperando descansar finalmente en el estómago recóndito de la máquina expendedora. <em>Yo </em>sólo le ve la mano, que hipnotiza. <em>Le está mirando la mano para ver lo que dice.</em> Sonrío.</p>
<p>Pienso que si supiera que sólo le estamos mirando la mano se enojaría y nos negaría la palabra para siempre. <em>Yo</em> baja hacia las piernas; recorre muslos turgentes, rodillas tímidas y pantorrillas uniformemente rectas, criminalmente cubiertas, expuestas, por un sacrílego jean de <em>Rapsodia</em>. Un oportuno haz de luz difractado que se cuela por su entrepierna y cachetea los ojos anonadados de <em>yo</em> anuncia una retaguardia escandalosa. Más abajo, el único pie visible, el derecho, ostenta una sandalia de goma. La perdonamos, hace calor.</p>
<p>Falta el pecho. Plural. Ahora no, no le perdonamos que burle la categórica objetividad del termómetro con un chaleco blanco que interrumpe cualquier certeza entre sus clavículas convergentes y la boca del estómago. <em>Yo</em> alcanza a vislumbrar, gracias al frívolo tiro bajo del jean, una camisa violeta ajustada, prolijamente desprendida del último botón, y un ombligo que se asoma ante cada exhalación irregular de dióxido de carbono. El resto es para los que se bajan en Pellegrini -gritan a viva voz los pregoneros angelitos que, debidamente transportados por el independiente haz de luz que supo acariciar los más secretos intersticios de los muslos de ella, se acomodan en nuestros hombros, posan sus liliputienses y preternaturales anatomías en nuestro cuero cabelludo, y al pasear sobre nuestros labios nos regalan partículas del perfume de su vientre, y nos obligan a inhalarlas, y a exhalarlas, invocando la exhibición bacanal de las caderas de ella.</p>
<p><em>Yo</em> ensaya una observación positivista del pelo de ella, holograma de un inconstante sol de mediodía de septiembre. No hay dudas de que se lo corta ella sola frente al espejo. Le gusta que se note eso. Exhibe pinceladas de delicada motricidad: el flequillo cruza su estrecha frente de izquierda a derecha como una fotogénica ola hawaiana. <em>Yo</em> se concentra ahora en la cara. Ojos verdes, pestañas hiperbólicas. Nariz mínima y simétrica. Las orejas se esconden disciplinadamente tras los finos pelos rubios. En las muñecas no hay venas cercenadas, no hay señal de gomitas ajustadas. Usa el pelo suelto. La boca, breve; y labios ligeramente abultados que decoran un diastema inmejorable. Llama la atención un detalle insignificante: está masticando algo. Un chicle necesario -antídoto optimista contra la hambruna de los mediodías lectivos. Decidimos ignorar los balanceos espasmódicos de sus mejillas.</p>
<p>Lleva una mochila deportiva, que parece un recipiente desbordado de la lujuria gratuita de sus idólatras cotidianos. Yo, aficionado William de Baskerville, asevero: estudia ciencias económicas, está haciendo el ciclo general, y en esa mochila hay apuntes de análisis matemático, de historia social y económica y, pecado primaveral, un abrigo que sobra, que hace bulto. Una disrupción vertical que parte de la base de la mochila como una obesa taenia saginata hace pensar en una botella de agua mineral empezada.</p>
<p>El cálculo de las veinte páginas se torna, segundo a segundo, una quimera. ¿Hasta cuándo volarán esas monedas? Sospechamos que uno de sus inconfesables placeres es jugar al filo de la legalidad. Adora que la corran los enamorados por Pellegrini, arrastrados por angelitos silénicos, y que el chofer ponga en peligro la vida de los peatones porteños para gritarle desde la ventanilla: <em>de nada, linda</em>.</p>
<p>Falta algo. El brazo izquierdo se interrumpe por la pseudo-pared de fórmica negra que discrimina a los que todavía no pagaron el boleto, a los que, como ella, desafían el orden establecido. Termina de subir, finalmente, el último escalón. El brazo está por completarse. Antes de pagar el boleto, quiere revelarnos el secreto. El colectivo frena –creo. Las nubes suaves le dejan el camino libre al ahora envalentonado sol de septiembre, que se concentra en ella. El Tiempo le dice a Agustín que no, que no entendió nada, que Einstein la tiene más larga. Se detiene.</p>
<p><em>O tempora, o mores…</em> Un violento choripán con chimichurri se dirige sin escalas hacia la boca breve, dirigido con firmeza por la herética mano izquierda. Las comisuras antes displicentes se adaptan a un flamante maxilar neandertal, cueva de Cro-Magnon, y reciben con placer esa casi-carne con pan y pasta de colores discutibles.</p>
<p>Las manos de <em>yo</em>, en un lapsus metafórico, dejan caer las no-veinte páginas en espontáneos agujeros negros de desasosiego.</p>
<p>Los angelitos se burlan de nuestra apolínea erección, nos hacen cuernitos, nos ciegan con azufre, perpetran macabras cosquillas en nuestra barbilla. Lo hicieron.</p>
<p>La trituración fue cruelmente expeditiva; el éxtasis, bruscamente hecho pedazos.</p>
<p>Fuera de mí, me bajé en Juan B. Justo.</p>
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		<title>Hedysarum alpinum o el fruto</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Aug 2009 12:24:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jonás, el Bombero Incendiario</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente Seria]]></category>

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		<description><![CDATA[La noche vestía una capa de silencio. Puertas adentro, una tenue luz pintaba las paredes. Afuera, la oscuridad se arropaba con el silencio invernal. Algunas nubes ocultaban el titileo de las pocas estrellas visibles. La noche no tenía nada en particular. La temperatura no era muy baja, pero estaba lo suficientemente fresco como para que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La noche vestía una capa de silencio. Puertas adentro, una tenue luz pintaba las paredes. Afuera, la oscuridad se arropaba con el silencio invernal. Algunas nubes ocultaban el titileo de las pocas estrellas visibles. La noche no tenía nada en particular. La temperatura no era muy baja, pero estaba lo suficientemente fresco como para que las familias cenaren protegidas.</p>
<p>Él, sólo, acababa de comer un plato común y ordinario, empanadas acompañadas con una ensalada de lechuga y tomate, por ser un día a mitad de camino al fin de semana. Algunos rastros de la criolla todavía quedaban en el plato, a centímetros de su mano derecha. Luego de unos largos segundos sosteniendo invariablemente la mirada sobre esos huérfanos restos de lechuga, y sin pensar nada concreto, amplió el arco de su visión y se acordó del fruto que sujetaba, sin una tensión desmedida, con esa misma mano derecha.</p>
<p>Era la primera vez que iba a probar el fruto. No recordaba bien su nombre. Tenía la vaga idea, tal vez un falso recuerdo, de haber escuchado distintas maneras de referirse a él. En realidad no se encontraba seguro de que esos distintos bautismos estuviesen, efectivamente, nombrando al mismo fruto. Tampoco tenía certeza alguna acerca de su descripción: no podía figurarse ni el color, tamaño, forma o textura precisa de los comentarios.</p>
<p>No era un fruto exótico. Solía crecer en distintas latitudes y a diferentes alturas, aunque no solía ser cultivado pues su abundante oferta natural solo hacía rentable su cosecha. En general, quienes lo comercializaban no solían tomar la decisión lucrativa, y característica de un homo economicus, de cultivarlo; más bien, se topaban con él y, aprovechando el azar, lo cargaban en su canasto, como haría un típico homo medievalum, junto al resto del stock cultivado específicamente para ser vendido.</p>
<p>Por otro lado, él no era un versado en frutas ni  verduras. Tampoco le interesaba mucho ese reino de los seres vivos; prefería la carne y las pastas, y si había postre, algo dulce y cremoso era suficiente. Pero ese día, volviendo al hogar, y cuando ya saludaba el atardecer, pasó por la verdulería con la misión de comprar tomate y lechuga: tenía que encontrarle un acompañante a las empanadas de la próxima cena. En el cajón de los tomates se había filtrado, a causa de una torpeza previa del verdulero, el fruto que ahora estaba ocupando la totalidad de la palma de su mano derecha. Cuando el verdulero comenzó a introducir  los perita en la bolsita de plástico, él notó la presencia del intruso. Con desgano, se lo señaló al verdulero, para que lo retirase. Pero cuando éste se disponía a obedecer, luego de una disculpa tan sincera como despreocupada, un abrupto, aunque poco emotivo, “déjelo, me lo llevo también” se desprendió de sus labios, mientras el aire que subía por las cuerdas vocales, y que hacía las veces de voz, las raspó, irritándolas por su escaso uso y falta de lubricación. Con esa historia por detrás, ese fruto se encontraba entonces abrazado por sus finos y largos dedos, a breves partículas de tiempo de conferirle un nuevo sabor a sus rutinarias papilas gustativas.</p>
<p>Dio el mordisco virginal. Cuando sus dientes frontales atenazaron el fruto y se enterraron casi hasta su corazón, un chorro de jugo salió disparando, bañando el paladar. Hasta ahí, ningún sabor llamativo o sobresaliente, ni dulce ni amargo. Recién cuando el jugo comenzó a salir con mayor caudal, como una bañera rebalsando, y enredándose con la saliva acumulada por debajo de su lengua, sintió el sabor intensamente dulce. Con la fusión de líquidos salivales-frutales recorriendo en bajada por la garganta, en dirección al estómago, saboreó un breve amargor. Le gustó, aunque no le fascinó. Estaba bien, pero seguramente tendría que probarlo nuevamente en algún otro momento.</p>
<p>Dejó el corazón del fruto sobre el plato, junto a los restos vegetales. El cansancio llegó finalmente a sus ojos, cuyos párpados jugaban al sube y baja. Se retiró del comedor sin lavar. Quería aprovechar las últimas fuentes de energía para leer algunas páginas antes de quedarse dormido. Era semana de Kafka. Lo cierto es que ya iban dos semanas. Había debutado con una compilación de cuentos que incluía “La Metamorfosis”, luego siguió con el “El Castillo” y ahora probaba “El Proceso” . A las dos páginas se quedó dormido.</p>
<p>No era lo usual que soñara, pero esta vez tuvo uno lúcido: una pesadilla, no debido a su carácter tenebroso sino por la angustia que sobrevolaba la trama, a tono con los escritos del literato famoso a contra voluntad. No fue la pesadilla ni el estado febril que la acompañó, sin embargo, la responsable de despertarlo. De ello se encargó un fuerte espinazo en el centro de su pecho.</p>
<p>El espinazo indicaba que los pectorales estaban presionando los pulmones. A ciencia cierta, eran los pulmones los que estaban empujando, expandidos repentinamente por una presencia extraña que comenzaba a gobernar esos órganos. El dolor quiso escapar en forma de grito pero quedó encerrado por la nuez bíblica, que dilatada en escala geométrica, se convirtió en una barrera infranqueable dentro de las vías respiratorias. Con la nuez inmovilizada por el novel volumen extraordinario, e inválido hasta para tragar, la mano -que poco antes había sujetado desinteresadamente el fruto- creyendo que podía servir de asistencia médica, aferró desesperadamente, absurdamente, inútilmente, el cuello. Porque en ese mismo instante los tendones del pie derecho, como unas raíces quebrando las veredas, estallaron –esa fue su sensación-, y una rigidez, cortejada de un intenso ardor, jaló del pie para tomar impulso y subir por la pierna, pasar por los muslos arrasando con todos los censores nerviosos, introducirse con brusquedad en la zona abdominal y violar el estómago. Se cagó. O mejor dicho, fue como si se hubiese cagado cuando sus intestinos reventaron y la mierda en formación se desparramó por todo su interior. La rigidez no se detuvo allí. Siguió trepando hasta desviarse por su brazo, su mano y los dedos, hasta dejar la antigua garra como una pata de rana. La rigidez se mudó entonces al cuello y le hinchó las venas en el mismo instante que las tensaba. La mandíbula intentó alcanzar un ángulo de noventa grados. La piel por debajo de los pómulos se fue desprendiendo como si estuviesen bajando un cierre relámpago, exponiendo los huesos. Imitando una performance ilusionista, los párpados se abrieron hasta el punto de ocultar su propia existencia. <em>El proceso</em> parecía no querer <em>cerrarse</em> y los ojos se deshidrataron, justo, cuando un último brillo fugaz, eclipsó sus pupilas.</p>
<p><em>Silencio</em>.</p>
<p>La Noche. Se Desnudó. Lo Miró. Y Permaneció en <em>Silencio</em>.</p>
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		<title>El Reloj y La Duna</title>
		<link>http://www.agostoliterario.com.ar/2009/08/17/el-reloj-y-la-duna/</link>
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		<pubDate>Mon, 17 Aug 2009 18:28:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mr. Meiro Lopez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Gente Seria]]></category>

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		<description><![CDATA[A orillas del Jordán, dos hermanos discutían. Era de noche y el campamento dormía; dado así, en susurros diferían. El mayor, bolso en mano, atravesaba un brote escapista, cansado de la cotidianidad ansiaba nuevos horizontes; el menor por su parte lo instaba a quedarse, no tiene sentido irse de un lugar cuando uno se siente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A orillas del Jordán, dos hermanos discutían. Era de noche y el campamento dormía; dado así, en susurros diferían. El mayor, bolso en mano, atravesaba un brote escapista, cansado de la cotidianidad ansiaba nuevos horizontes; el menor por su parte lo instaba a quedarse, no tiene sentido irse de un lugar cuando uno se siente echado, pues el problema nunca está en el lugar, el problema es del hombre.</p>
<p> -No digo que te quedes por siempre, mas vete cuando lo que desees sea nuevos mundos, no te vayas ahora que te cansaste de éste. Amígate con esta vida, y una vez que estés en paz aquí, la paz te seguirá a dondequiera que vayas; vete en discordia, y te llevarás a ésta en la mochila.</p>
<p> -Un sabio ya ha dicho alguna vez: “Para que el viaje fuera solución y no un simple alivio, el que se va no debiera llevarse. De todos modos, el alivio de partir vale la pena”. Sé de lo que me hablas, y reconozco lo que me dices; pero eso no quita que estoy harto. Y si los problemas me siguen, por lo menos el consuelo de encontrar problemas nuevos o distintos es lo que me da coraje a seguir. Esta tierra, de judíos con sus Mesías y romanos con sus cruces para exhibirlos en lo alto, me repugna. ‘Sabios’ que se llenan la boca de Dios mientras persiguen el poder del Cesar…</p>
<p> -No me vengas a chamullar a mí &#8211; odiaba cuando se alzaba en profeta de la crítica para evitar hablar de él -; Rabi, te vas porque se casa, y no puedes con ello.</p>
<p> Cuan cierto; por algo era su hermano, si bien no compartían padre, no dejaban de ser una misma carne.- A la muy puta no le alcanza con la vida de la mujer de un carpintero, ¡que se vaya a cagar! &#8211; se desahogó -. Sí, es verdad -le concedió-, pero no es sólo eso, hay más; es todo. Es la puta de nuestra madre y mí padre que nadie conoce; es el nabo de tu padre que calla y otorga; es Magda; son Marta y María con su casa de perdición; son Judas, Simón y los demás en su lucha suicida contra los romanos; son los esenios con sus baños de pureza y los saduceos con sus ritos teatrales en sus gigantescas casas de cambio; es el saber que es cuestión de tiempo de que alguien pida la cabeza del Bautista, un hombre de paz y de amor, para que alguien se la entregue en una bandeja de plata. Es Dios, que se ha olvidado de su pueblo y lo ha dejado a la deriva.</p>
<p> Cuánto le molestaba cuando hablaba así de sus padres; era cierto que lo de ser ‘hijo del Espíritu Santo’ no le cerraba mucho a nadie, pero tampoco para decirle “puta”; y podía mostrar un mínimo de agradecimiento a José llamándole ‘Abba’ (Papá), al fin y al cabo, lo había cuidado desde su temprana infancia y le había enseñado todo cuanto sabía de su oficio; pero bueno, era una vieja disputa que sólo se iba a solucionar cuando Jesús dejara de estar enojado con el mundo y comenzara a interesarse por éste. No por nada era el ‘Rabi’, apodo bien merecido tras demostrar innumerable cantidad de veces que todo le ‘importaba un rábano’.- Lo que quieras, estás indignado con el mundo; ya lo sabemos todos, ya nos memorizamos todas tus quejas -amparado por el amor que su hermano le tenía, era el único que se animaba a desestimar sus tan elocuentes argumentos; y así, era el único que lograba que éste le hablara honestamente, fuera del personaje que se había armado como coraza externa-, pero ésta no deja de ser tu tierra, ésta no deja de ser tu gente; gente a la que amás, y gente que te ama a su vez. ¿Dónde queda todo eso?</p>
<p> Cómo lo quería al ‘pendejo’, le daba vuelta la tortilla de un cachetazo y no se creía ninguna; pero no le iba a ganar la discusión, mostraba la otra mejilla y arremetía en su postura.- Gente de mierda que ama a los de su calaña; sólo unos pocos ‘zafan’. De quedarme lo haría por vos, pero sos el que sé que más me va a entender cuando me vaya. Me quedaría por Lázaro, tal vez; me duele verlo en ese mambo depresivo sin salir de su cama; parece no hacer más que esperar a la Muerte, tan ansiosamente que decidió darse por muerto incluso antes de que ésta venga a buscarlo. Me quedaría para decirle ‘Lázaro, levántate y anda’, pero me voy porque sé que no me haría caso. Uno no puede salvar a alguien de ahogarse sin antes aprender a nadar; y yo no quiero vivir toda una vida para ahogarme sin nunca haber dado siquiera una brazada.</p>
<p> Igual, seamos buenos; los adoro a los chicos, y amo a mi familia; eso de “gente de mierda” – se percató de la injuria- es un tanto fuerte. Sé que lo primero que haga cuando vuelva, de volver, va a ser tratar de juntar ‘a los 12’ pa´ asarnos un corderito y tomarnos unos ‘vinasis’. Pero siento que pasa el tiempo y todo sigue igual; ya he escuchado todas sus historias, todas sus ansias de revolución y sus hartazgos de los romanos, y no quiero quedarme y seguir escuchando siempre las mismas estupideces. Los romanos seguirán aquí; cómo los babilónicos en su momento, tirarán abajo al templo, y nuestro pueblo los mirará hacerlo en silencio, mientras espera por su Mesías. –Viendo la mirada de reprobación en los ojos de Santiago, se dio cuenta que se estaba yendo de tema, así que volvió bruscamente a su línea de pensamiento original- En definitiva, me voy para extrañarlos – se sinceró consigo mismo al tiempo que lo hacía con su hermano- ; me voy para algún día volver y <em>sorprenderme</em> del fervor de Simón, de la Sabiduría de Juan, de la tozudez de Tomi; quiero ver a Magda y poder sentirme <em>feliz</em> por su felicidad; quiero ver a Lázaro andar, y saber que no tuve nada que ver para que eso suceda; quiero extrañar la devoción de mi pueblo y todo lo que éste tiene de propio, quiero extrañar el aroma de sus mujeres, quiero disfrutar del dulzor su vino de dátiles sin quejarme comparándolo con el de uvas; quiero extrañar esa capacidad de perdonarme cualquier cosa de mamá y esa paz-ciencia sin límites de… José –Santiago se frustró mínimamente, pensó que en ese momento de debilidad tal vez le dijera ‘papá’-. Me voy, porque quiero volver a sentir que todo lo que necesito está en mi tierra; pero nunca lograré hacerlo si no parto de aquí antes. Ya sea 4 días, 40 días o 40 años, necesito un tiempo lejos de casa.</p>
<p> Al fin, honestidad; ya podía dejarlo ir. Se abrazaron con fuerza; si alguien los hubiera visto con detenimiento, un par de lágrimas pudieran haber sido encontradas; pero no, eran bien machos ellos. Santiago buscó en su túnica y sacó un pequeño reloj de arena. Lo tenía desde pequeño, se lo había regalado su padre cuando un hombre corto de haberes se lo dio en forma de pago por la reparación de una puerta. Tomó la mano de su hermano y lo colocó en ésta. – Esto es el tiempo que necesites- pasó a decirle-. El tiempo pasa y es lo <em>único</em> que hace, y si bien ante nuestros ojos parece que lo que hace es agotarse, es cuestión de un giro de muñeca para que éste se re-nueve, fluyendo con la misma fuerza de siempre. <em>Gira</em>, y comienza un ciclo, que caiga la arena y pase cuanto tenga que pasar por esa pequeña ranura, que parezca agotarse cuando tenga que hacerlo; pero cuando suceda, es cuestión de un movimiento mínimo, un tropiezo quizás, para que el tiempo gire y sus arenas vuelvan a pasar. No dejes nunca de moverte, no pares ante un tropiezo y no te detengas nunca; nunca sabes qué ‘empujón’ es el necesario para que el tiempo retome su curso.</p>
<p> -Y la gente dice que <em>yo</em> soy el sabio de la familia.- dijo muy orgulloso de su ‘hermanito’; lo abrazó con fuerza una última vez a modo de despedida, para luego darle la espalda y, sin mirar para atrás, encarar hacia  el desierto.</p>
<p> Ya hacía varios días que andaba, el sol era devastador y desgastante; la estepa ya había quedado en el camino y las dunas ya habían comenzado a deslizarse bajo sus pies.  Cuando el cansancio lo agobiaba tomaba en sus manos el pequeño reloj que su hermano le había regalado y eso le daba fuerzas para continuar. “Nunca dejes de moverte” se repetía, y así continuaba. Pero el movimiento constante, bajo un sol igual de constante, desgasta. Ya no era el mismo de hace unos días, parecía una persona distinta. Completamente demacrado, lo que lograba engullir por las noches, al reparo de su tienda desmontable, no era suficiente; y lo que lograra beber nunca alcanzaba para compensar el agua que escapaba por sus poros; pero no importaba, el no se detenía, no paraba de moverse. Ya no miraba donde pisaba, casi ni miraba a donde se dirigía; perdía la mirada en el difuso horizonte y ponía sus pies uno delante de otro, soportando el ardor de un suelo siempre el mismo, arena y más arena. Y así continuaba en su constancia, pero el sol tenazmente lo igualaba en constancia y obstinación y continuaba calentando y secando. Calentaba el suelo bajo sus pies y secaba todo, secaba el sudor de su frente, secaba el de debajo de su sobaco, secaba hasta el agua de los espejismo que ante él aparecían; pero ante la adversidad, reloj en mano, continuaba.</p>
<p> Continuó y se movió reloj en mano, hasta que no pudo más. Y se desplomó, bajo el sol imparcial, sobre la arena que ocupaba todo lo que no fuera cielo ante su vista. Y cayó, brazos extendidos, boca abajo. Procuró apretar su amuleto para ver si le quedaban fuerzas que recuperar, pero aquél no estaba en su lugar; sus manos estaban vacías. Alzó la mirada del suelo para buscarlo y ante la homogénea inmensidad de las dunas del desierto que todo lo ocupaban, algo rompía esa perfección; pero, aun así, respetaba una cierta armonía.</p>
<p> Un reloj de arena en un mar de dunas. En un esbozo de reflección pensó en sus adentros “un pequeño reloj en las inabarcables arenas del desierto: así es el hombre y su ‘tiempo’ ante Dios y su ‘eternidad’”. Último atisbo de pensamiento racional antes de entender. Apresó dentro de él una realidad harto superior a ese razonamiento que fuera no más que un puente entre su alma y la Verdad Última. Pues en ese momento, ante esa burda imagen, comprendió. Contempló la misma Verdad ante la cual se paró Moisés en su momento al ver un arbusto en llamas –fuera lo que fuera lo que éste haya razonado-. Último atisbo de cualquier tipo de conciencia; y luego, luz. Luz ante sus ojos y en su pecho, luz en sus manos a modo de sensación y en su espalda y nuca suplencia de temperatura. Luz de luz, beatitud de beatitud. El sol y su calurosa opresión ya no fueron para él, los olvidó por completo, al tiempo que también olvidaba todo en cuanto a su tierra y su gente. Y no era olvido en tanto desgaste de la memoria, olvido en tanto descarte de nimiedades; ya no recordaba ni el nombre de las cosas, ni si las mismas siquiera tenían forma. Y se alzaba por lo alto, pues ya no había arena que entrase en contacto con él; pero no era altura donde estaba, tampoco era aire lo que sentía. Luz y absolutez; libertad plena de toda atadura, física y mental.</p>
<p> Y fluyó en ese fluir cuanto le duró; inmerso en un placer tan vago como la calma tan frágil como la paz; como un beso en la frente de quien se refugia tras el cobijo del sueño. Hasta que, a sus ojos, la luz se refractó de golpe y tomó <em>forma</em>. Tomó <em>color</em> y tomó <em>distancia</em>. Y a lo <em>lejos</em> divisó una ciudad. Y en su mente el <em>nombre</em> de ‘Jerusalén’ se oyó sonar. Qué bella que era esa ciudad, y qué bien la veía desde esa <em>altura</em>. Pues ahora sí estaba alto. Y <em>miró</em>. Y bajó la mirada; vio a <em>Juancito</em> y vio a <em>mamá</em>; también estaba <em>Magda</em>. Qué feliz se sintió de verlos, cuánto los quería. Pero no estaban felices. Ellos lloraban. Y miró a sus <em>costados</em>. Vio <em>Cruces</em> y <em>Condenados</em>, hombres colgados desnudos, manos y pies atravesados por pedazos de hierro, con sus piernas mugrosas y hediondas de sus propias heces y orines, con sus rostros llenos de lamento y clamor. Y luego <em>sintió</em>. Era tacto, sintió <em>calor</em>, pero en su espalda percibió un sudor muy <em>frío</em>. Y <em>sintió</em>, era intenso, era fuerte, y desagradable. Era muy vívido, y lo sentía, y terminaba de entender que realmente era para nada placentero, y tomó forma y lo sintió definitivamente. <em>Dolor</em>, inabordable, insoportable, pleno y absoluto dolor. Quiso contraerse llevando sus manos a su panza, pero no pudo. Sus manos no respondían, sus manos dolían… y mucho. Las miró, estaban <em>clavadas</em>. “¡Ahh!” Pensó, pero no pudo gritar; le costaba siquiera respirar. Desesperaba al comprender que él era uno de los condenados, pero ¿por qué? Se retorcía en busca de lograr librarse, pero no podía más que mover mínimamente sus caderas, para que un penetrante dolor en sus pies lo instara a detenerse. Y claro, éstos <em>también</em> estaban clavados.</p>
<p> Y lo vio, un soldado vestido a la usanza romana, lanza en mano, dispuesto a dar los golpes de gracia. Y a su derecha, un condenado fue ‘lanzado’, y éste dejó de retorcerse. Se acercaba a él. No iba a partir sin dar un mínimo de pelea, no iba a aceptar ese castigo, el cual no había hecho nada para merecer, sin hacer uso de los medios a su disposición – los cuales eran extremadamente limitados- para aunque fuera decir ‘pero’; y comenzó a agitar sus caderas y a desagotar su vejiga. Atinó, y el soldado fue salpicado de orines; pero sin siquiera cejar momentáneamente, clavó su lanza a un lado del torso de aquel con incontinencia urinal para verse bañado con la sangre del crucificado. Y dejó de moverse.</p>
<p> Pero el Tiempo siguió su curso.</p>
<p>  </p>
<p align="center"><strong>FIN</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong>Nobleza Obliga</p>
<p style="text-align: left;">La frase: “Para que el viaje fuera solución y no un simple alivio, el que se va no debiera llevarse. De todos modos, el alivio de partir vale la pena” es de Bioy Casares.</p>
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		<title>shugle</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Aug 2009 04:50:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Brendam Melkiam</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Sometimes I wish for my death to arrive. Those are the moments that i remember the most. Those are the lapsus that remain everlasting in my memory. Those i can never erase, or ever be forgotten. My weakness takes advantage of me. I can´t control it, it splees (slips) you away. I cannot help it, it won t go away. How could i not think about it? Not ever go back, never. Don´t visit those feelings again. It makes you weaker and weaker. Small, just until you´re nothing. Everyone oublies what you are, what you were. Nobody cares. Nobody gives a shit. You can feel whatever you feel but they won´t notice. They do not watch. They observe but they don´t see. They are blind. They only think about themselves. Just like you, you filthy boy. Look at you, always complaining. You´re pathetic, they should get you against the wall, just like you do with them. Who do you think you are? Why could you posibely judge them, without condamning yourself before? Your wine is the bitterness, the joy of being sad. You embrase it. Is that what all of this is about? Or is it that you lost something on your way here? The road can be tough, you see? You can get distracted and let something fall down. Maybe hope. Maybe Love. Perhaps you´ re empty. You lack of will. You cannot easely realize what happened. You oughta dig a lot deeper and search for the answer, a definitive one. You must understand what a hell happened with you&#8230; Or perhaps, to you. Either way, it´s important that you take a deep look inside of you, for your mind contains the reminiscence of how you were and what you were. Find that memory and you will make those unpleasant feelings, those hunting wishes, desappear. It´s gonna be difficult. Once you get that review of what and how you were, try to look alike. Try to recover that image, that old being. That´s impossible, you know? Because you haven´t answered the question. You could know how you were, what you were, you could imitate. But you will never ever recover what made you that way, the mind of that old being. So what you must do is find what changed you. Where in your path you lost the trail. Where was it that you get off the road. That´s what you should think about, elaborate some reflexions. Whatever happend with, or to you, is a mistery, an unrevealed truth. Somewhere in the way you lost something, or is it maybe that you earned something? Did it only changed? Maybe you have already understood what most men take all of their lives to get, or, most generally, never get. There isn´t anything to recover. You haven´t lost or gained anything. You just understood. You saw the meaning, the purpose of life. You are there. So, why is it that you don´t want to be?</p>
<p>Abril 2005</p>
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		<title>relve</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Aug 2009 04:20:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Brendam Melkiam</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sorteando peligros te acercas a mi, tomando nota de mis movimientos, evitando tropezar con los obstáculos. Zigzagueando caminos avanzas. Nada puede detener tu andar, eres como una inmensa ola de mar, irrefrebable en su paso. Inevitable llegada la de tu sombra, impenetrable negrura que todo lo invade. Consumes los corazones, puros e inocentes. ¿Quién pudiera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sorteando peligros te acercas a mi, tomando nota de mis movimientos, evitando tropezar con los obstáculos. Zigzagueando caminos avanzas. Nada puede detener tu andar, eres como una inmensa ola de mar, irrefrebable en su paso. Inevitable llegada la de tu sombra, impenetrable negrura que todo lo invade. Consumes los corazones, puros e inocentes. ¿Quién pudiera contemplar tu aterradora imagen? ¿Quién pudiera soportar el peso de tus ojos, refulgentes al rojo? Ruges en tu inmensidad, empequeñeciéndolo todo. Tu aliento destila maldad, de un halo de odio de pura congoja. Angustia hay en tu rostro, ajado por los años, derruído por el tiempo. Temor infundes en las almas todas. Mas no en la mía. Yo te comprendo. Tu profunda aberración por lo ajeno no es más que el asco por ti mismo. Yo lo sé, pues he contemplado el fulgor de tus rabiosos ojos y he hallado tu penar. Conozco tu sufrimiento, pues es el mío. Somos similares. Sólo que el tiempo ha sido cruel contigo. Es eso lo que te hace feroz ante los demás. Construíste un muro de infinito concreto para no ser penetrado en tu abismal desnudez. Detrás de ese exterior temerario se esconde un interior temeroso, incapaz de hallar esperanzas en un mundo que te ha dado la espalda. Difícil es relacionarte con tal desconfianza en tu ser. Tu falta de amor por ti mismo es tal que al momento en que logras dejar ver un soslayo de lo que eres en tu vasta profundidad, huyes, te alejas como pólen al viento. ¿Qué es lo que escondes? ¿Es tan terrible acaso? Sé que haces el esfuerzo, sé que dejas ver al menos una pizca de tu frondoso ser esperando que alguien te comtemple y te abrace. Pero eso nunca sucede&#8230; ¿No sucede porque nadie se interesa? ¿O es porque tú mismo no lo deseas? Temes dejarte amar, lo sé. Siempre el mismo temor, el miedo al rechazo, que es el terror al fracaso. Al no hallarte tu mismo digno de amor, se hace difícil que alguien lo logre, ¿verdad? Temes quedar expuesto y salir lastimado luego, sabiendo que alguien en el mundo supo de ti, te conoció en profundidad, no supo valorarte, comprenderte, amarte en definitiva, y te dejó solo, nuevamente contigo mismo, aborreciendo tu persona más que nunca.<br />
Es por esa razón que tu exterior se hace tan duro, tan impenetrable.<br />
Impides&#8230;</p>
<p>Febrero 2005</p>
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