vulma
por Brendam Melkiam, el 7 de Agosto de 2009
Durmiendo en las fauces del infierno en llamas, espero por ti.
Me pregunto si algún día seré tuyo, si algún día podrás aceptar mi torpe, desesperado, desahuciado amor.
Soñando tierras lejanas de inhóspitos verdes y praderas chamuscadas. Insolente percepción la del sol, levantándose una mañana, todas las mañanas. Despierta él, obligado, condenado a recibir las miradas todas. Obnubilándome con sus absurdos rayos. Y la luz ya todo lo cubre.
Yo continúo perdido en los cielos infernales, que lloran por mi, me arruyan mientras ya no existo en una realidad que quizá no haya sido tal.
Las notas melódicas invaden mis oídos que, desconsolados, las invitan a formar parte de mis obsoletos intentos de encontrarte, por lo que ya no hay más que adormecer, somnoliento, como oscuros bosques de antaño.
Árboles que contemplan estoicos tantos amaneceres, perturbadores despertares de ese sol que sufre ser el guía, aquél que ilumine tantas vidas, tantos seres.
Y yo sigo absolutamente ensoñado, perdido en nubes que no desean llevarme con ellas dondequiera que vayan. No puedo ser parte de sus travesías. Y no tengo fuerzas para pedirles que regresen por mi, no tengo el valor de enfrentarme a una negativa. Sería tan cruel, tan burda y dolorosamente cruel.
Yaciendo en un rocoso suelo, aún espero por ti, en esta noche de rosas fugaces, de locuras desenfrenadas, de estrellas apagadas y amores desubicados, lunas desencajadas, rocas impetuosas, abrazos fríos y desolados, besos dulces y mortales, miradas caducas, sensaciones muertas, calores ignominiosos, olores inocuos, humaredas invertebradas, destrucciones saboreadas, sonidos sordos, sonrisas perfectas, y un par de miradas desencontradas que se miran absortas, sin poder dejar de mirarse.
Julio 2006
Rigor Mortis
por Jonás, el Bombero Incendiario, el 2 de Agosto de 2009
Tenía vista al mar y aún así le daba la espalda. De pie, a centímetros de una silla que había sido su compañera por más tiempo del que él hubiese deseado.
La pared, lisa, sin decoración, lo miraba fijamente, sin pestañar.
Inmóvil, enfocaba sin mirar, sin que los pensamientos tengan una coherencia, sin unidad, sin una dirección ni sentido estricto o establecido.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con una grieta, cual tajo en un cadáver en la sala de autopsia.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con una mancha de pintura colorada, desparramada anárquicamente como lo que pudo haber sido un cadáver sino fuese por el impacto del tren, el último del día.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con escarcha, desprendida de un cadáver congelado y todavía conservado.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con infinitas gotitas de agua buscando destinos diversos luego de ser paridas por una gotera, simulando las miles de burbujas que se escapaban, a manera de fugitivas, de un cadáver ahogado sin salir a flote, aunque con ojos bien abiertos y saltones, como quien cree que puede aferrarse a la existencia con una última mirada tornándose eterna de rigor mortis.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con protuberancias grasolientas excretadas desde un cadáver fileteado por la cuchilla de un carnicero.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero levantada ladrillo a ladrillo por una mano fuerte, la de un cadáver estrangulado.
Pestañó. Lisa, sin decoración. Pero con un negro metálico, como un cadáver chamuscado, que imprime su imagen desde el olfato.
Su pulgar izquierdo buscó reconocer la muñeca derecha. Su pulgar derecho buscó reconocer la muñeca izquierda. Lo que quedaba de ellas. Sin piel. Solo carne desgarrada. Suspiró. Inspiró. Dejó entrar una bocanada de aire y dilató el pecho, para luego volver a contraerlo, en busca de su posición natural.
Dieron la orden. Sintió y lo sintió. Y lo volvió a sentir miles de veces en esa sola y única vez, como si un taladro despedazara su masa encefálica en cámara lenta, cuidando que sus nervios permanezcan intactos, sin fisuras, para asegurarse de que sienta.
Lisa, sin decoración. Sin nada. Nada.
No llegó a pestañar. Lisa, sin decoración, pero con la sangre del cordero bíblico apuntando hacia un cadáver, que ahora era el suyo.
Post invernada
por Optimatus Prime, el 24 de Julio de 2009
Estimada invernada iniciática,
Escribo casi de forma obsesiva. Los puntos no los respeto y las comas me tienen sin cuidado. Cuando el secreto a ser revelado es tan grande los tiempos apuran. Lo horrible e inenarrable puede causar un nauseabundo placer en un lector egoísta. La interminable concatenación de silabas crea belleza en el espanto. Espero vos puedas leer este sencillo apunte de un arbusto ya podrido en su corteza, con sus ramas licuándose en el pasado y sus hojas gordas por siempre. En realidad, solo espero que vos me leas. Aún sabiendo que mi objetivo es irrealizable, mi obstinación ilusa e infantil conmueve dos yemas de mis dedos.
Palabras como vomito, mierda, meo, pueden combinarse de muchas formas. Vos lo hiciste poéticamente, por momentos creía leer una fantasía, por otros veía una realidad. Le diste magia y color a un infierno dantesco y me llevaste, como un burdo Virgilio, a recorrer un museo del horror, una y otra vez; otra y otra vez; y una nueva y nueva vez; siempre diferente, sin poder nunca encontrar el círculo atinado. Quise quedarme en la gula pero mis deseos no eran sinceros. La palabra quería transformarse en acto cuando tu acto ya se había hecho palabra. Por las noches suplicaba un lugar, por más repugnante y sanguinolento que fuese. Pero tu accionar me condenaba a la pureza. Pureza que no me sirve, pureza que quiero acuchillar, mancillar, pero poco puedo mover. Solo necesito un sublime acto para encontrarte. Descender y subir, tantas veces como sea necesario. Que se habrá el telón y las piezas puedan moverse! Que el caballo viole a la reina! Que las ventanas se cierren y deje de entrar aire!
Cada letra me produce una pequeña gota de sangre que se escurre por mis dos dedos. El dolor se vuelve insoportable, insaciable. Pero para vos, lector, puede ser hermosamente bello, como para vos, ejecutor. La comedia apasiona a los bufones, la tragedia entristece a los melancólicos, todo debería estar en su lugar. Pero tu sadismo reclama otros colores. Se me acaban los reglones y sinceramente las ganas de escribir. Me gustaría verte, ir a tomar un café con vos, seguro no me reconocerías, crecí bastante, adelgacé mucho, me estiré un poco, me encojí un tanto, busqué demasiado.
Ahora, acá, en esta habitación desolada, en esta cama incómoda que se mueve cuando un caprichoso botón quiere, paso noches sin días. Escasa luz se filtra por la cerradura de una puerta que se empecina en permanecer cerrada. Mi carne casi no siente y mis dos dedos no paran de sangrar cuando este bendito lápiz los exige. Las paredes húmedas están cubiertas por fotocopias de una misma hoja que también recubre el piso siendo el todo. Es la fotocopia de un escrito que llegó a mis ojos por casualidad una helada tarde invernal. Invernada. Desde ese día recuerdo otra jornada similar, aún más dolorosa, hace años perdidos. Extrañamente nevaba en la ciudad y ya se habían cumplido los 6 meses cuando me desataste y susurraste: “Hoy es tu día de suerte, a vos no”.
Silencios paliativos
por Iacobus Tarqui, el 15 de Julio de 2009
El dolor se exhibe; el placer y la necesidad dan vergüenza. L-F.C.
Alerta: Cuidado con los pies, le estás tirando de la sábana.
Bajo los pies antes de despertarme. No me animo a abrir los ojos, porque sé perfectamente dónde estoy esta madrugada. Imposible dormir en la otra cama, la que sobra; la amenaza de una emergencia intempestiva me tensa. Dormí en esta silla de plástico circunstancial unos cinco minutos, interrumpidos por la chicharra de la solemnidad. Me pregunto para qué vine: a mi derecha está El Visitante, atornillado a su propia silla circunstancial, registrando en su cuadernito omnisciente cada tos, cada gruñido, cada pesadilla. Se prepara diligentemente para el fin. El Visitante cruza las piernas y sus pies domesticados; no los apoya irrespetuoso sobre el lecho del Convaleciente. Para mí es distinto, me siento cómodo perpetrando este tipo de irreverencias.
Igual, llamo a recato a mis zapatillas sucias. El Visitante es implacable. No calibro la fuerza real de su alerta, es sólo que me perfora la glándula de la culpa, y si la glándula no resiste, temo ponerme a cantar como los Manos de Oesterheld, despidiendo al porvenir postrado en la cama que sobra. Me desnaturaliza pensar que El Visitante dedicará mi agonía a hacer exactas mis imperfecciones a través de la insensible destreza del reconocimiento. Bajo los pies, pero me hago el dormido. No me animo a abrir los ojos.
Ahora sí, un gruñido insistente me reclama vigilia. Abro el Izquierdo (siempre abro primero el izquierdo) y miro a la cara al Convaleciente. Ya no es el paterfamilias omnímodo. No veo al mítico pata de lana que opacó para siempre a Sus súbditos domésticos. Es un cuerpo cerrado y dócil, atormentado por quién sabe qué. Lúdico, pienso en los irreductibles demonios internos (o familiares, según algún tradittore desafortunado). Lúdico, pero no me río.
A bordo del Izquierdo, intento comprobar el celo Visitante, pero mi nariz censura una intrepidez semejante. Le ordeno, entonces, que me enseñe el resto del paisaje, escenografía contingente que acompaña al cuerpo arropado y sus centinelas ocasionales. Se impone una secuencia infalible. Tos. Lapicera frenética. Miro el misericordioso sachet de maná que alarga sus minutos y acorta los nuestros. Tos. Lapicera frenética. Intento cerrar la ventana de la percepción. Tos. Lapicera frenética. Vuelvo a la simulación onírica. Tos. Lapicera frenética.
¿Me das unos minutos a solas con Él? -digo.
(…) -dice.
La lapicera frenética y El Visitante que la sostiene se alejan no sin antes descargar una última flecha ponzoñosa sobre mi glándula. Gracias. Esto me da al menos diez minutos antes de ponerme a cantar. Los pies se impulsan espontáneamente hacia la cama del Convaleciente. Tendré cuidado en no tirarte de la sábana –le prometo. Una mezcla de silla incómoda, pies lejanos y gruñidos de ultratumba me resignifica. La herencia de desprolijas regurgitaciones metonímicas y sus exhaustivos decibeles es, ahora, toda mía. Los pies sobre la cama se hacen puente con el mundo inminente de la Nada. Si hubiera un tablero de ajedrez a mano, lo posaría sobre mis piernas y me pondría a hablar en sueco.
Aburrido, hago todo lo posible para despertar al Convaleciente. Le propongo un torneo de tos. Me propina una derrota inapelable. Tarareo una melodía grotesca, desafiando a la glándula. En vano. Bostezo, acompañando la boca más abierta del mundo con dos trompadas decididas hacia el cielo (el techo). Nada. Esa es la respuesta obligada. Me doy cuenta que nada y la Nada me hacen más inofensivo que la resignación absoluta.
Mejor desaparezco antes de que vuelva El Visitante y termine de convertirme en un castrato tanático. Al bajar nuevamente los pies -esta vez para siempre- legitimo la gran alerta que terminó con mis cinco minutos de gloria. Le tiro de la sábana. El Convaleciente abre los ojos y me mira fijamente con el único que le funciona (su Izquierdo: es como un guiño mendeliano). La glándula me hace cosquillas cuando sospecho que tal vez Él también fingía su sueño barra pesadilla. No me sonríe, pero porque Él nunca me sonríe, a menos que hablemos de fútbol o me haga un chiste (siempre hace Él los chistes). El cóctel de flemas y fragilidad le determina una oralidad gutural. Interpreto que me pregunta cómo estoy. Le retruco que yo bien, que cómo está Él. Frase gutural. Intenta una sonrisa sincera. Retribuyo, porque pienso que es lo segundo: me está haciendo un chiste. Mira el techo (tal vez el cielo, aunque no es religioso); no dice. Para descomprimir el silencio, me levanto de la silla y poso mi mano izquierda sobre su hombro derecho rudamente descubierto. Ensayamos un diálogo jeroglífico.
El recuerdo de la lapicera frenética me devuelve la urgencia. Palmeo el mismo hombro y aseguro -miento- que volveré “en unos días”. (No) me responde meneando su Izquierdo vacilante. Giro hacia la derecha vacía, lentamente, recreando la obstinada parsimonia de las despedidas. A punto de concluir la huida, escucho otro sonido gutural. Me doy vuelta y se interrumpe. No sé si su voz se volvió humana o mi audición renunció transitoriamente al egoísmo. Lo escuché claramente.
Te quiero mucho -(quiero que) dice.
Yo también -(creo que) digo.
En el derrotero de salida, mientras exageraba -como corresponde- la cobarde compostura de los que no lloran en público, creí ver al Visitante en la sala de espera, cabizbajo, de piernas cruzadas. Gracias a mi Izquierdo, verifiqué que la lapicera frenética trazaba en el cuadernito omnisciente un compulsivo yo también, yo también.
Lo sabía. Siempre llora primero el Izquierdo.
Ejército de Salvación
por Ido Minaut, el 10 de Julio de 2009
Ellos todavía no lo saben, pero yo los veo. Anoto mentalmente nuestras existencias, las raciones, los refuerzos necesarios. Ahogado por la marea interminable de los cálculos y la irregularidad de los mapas, me consuelo repitiendo que no es suficiente una veneración primitiva por el instrumental, es preciso que ellos mismos sean instrumentos. Y como tales, los formo en divisiones, los reubico, despliego con destreza las fuerzas en los campos y les reparto sus misiones con la autoridad de mi mirada marcial, planes de estrategia exquisita que confecciono en la cocina de mi casa y distribuyo personalmente en veredas, pasillos y colectivos. Fingen no entenderme, como hemos convenido. Y así salvamos al mundo todos los días.
Dudo si llegará el día en el que al fin les revele todo. Hay algo de compasión, en algún tiempo estimé que no comprenderían. En mi mochila, encerrada entre la humedad de la cantimplora y una capitulación ya firmada (porque la prudencia es de un poder infinito, y esto sí se los digo silenciosamente en cada encuentro, con la sola autoridad de mi mirada marcial), duerme la Declaración, escrita en una servilleta de papel casi invisible, finita, el signo equívoco de los interminables días del reclutamiento. La enmarqué en un viejo portarretratos de metal que ahora choca contra la cantimplora cuando camino por ahí; si me detengo bruscamente en una esquina o entro en un kiosco a comprar DRF, el sonido es suave, como de batallas ganadas, de quietud en un campo minado de cadáveres o flores. Cuando lo oyen cerca, las infinitas filas agradecen con pactada indiferencia. Repito la Declaración de memoria antes de salir a entregar las misiones, o cuando se vuelve imperioso reponer las mermadas reservas, pasar revista, dar ánimos en los frentes. Verificando las operaciones y cada vez más inmune a la compasión, ahora sé que no entenderían. Quieren grandes victorias, sanguinarias victorias, no modestas felicidades. Lo único que me consuela es que muchos, la mayoría, ya conocen sus posiciones estratégicas. Hacen bien su trabajo, tengo que controlarlos cada vez menos. Hay más tiempo para sentarse a mirar.
Y mientras los tres me golpeaban en una calle pobremente iluminada para robarme treinta pesos del bolsillo y la mochila cargada con la cantimplora, la Declaración, y la prudente capitulación ya firmada; mientras se ensañaban con mi cuerpo y lo desgarraban, mientras hundían la navaja en mi mirada marcial y algunos otros me mordían y me arrancaban la piel de los brazos y buscaban mi garganta y la sangre empezaba a manar como una fuente alegre y muy roja, no podía dejar de sentir que los amaba, no podía dejar de entenderlos, de disculparlos, de gritar que sí, que era una guerra agotadora; que merecían ser condecorados con todos los símbolos del Hombre, que los sacaría, triunfales, a pasear por las plazas y el río, a exclamar discursos encendidos en las escuelas o estaciones de servicio, ceremonias inútiles que los enaltecerían. Moría sabiendo que jamás comprenderían, que no estaba en ellos comprender, que cumplían mis órdenes: sostener la gratuidad del mundo, intentar el esfuerzo fatalmente necesario de convertir la carne en carne humana.
A la Caza de un ‘Criminal Mambo’
por Mr. Meiro Lopez, el 2 de Julio de 2009
El siguiente relato ha sido modificado de su formato original para adaptarse mejor a su pantalla; en otras palabras: las siguientes 4 ‘entradas’ son parte de un mismo ‘todo’.
Parte 1: El Ámbito
Muchos han escrito ya sobre la decadencia de los sueños; textos y textos advirtiéndonos, instándonos a volver a fantasear y a soñar, a escuchar a los niños y a sus sabias ocurrencias y a buscar la verdad que esconden. Cada texto, una oportunidad; cada lector, un participe del error, del colapso; cada autor, un iluso ‘soñando’, por decirlo de alguna manera, que había un modo de evitar lo que la historia ha demostrado in-evitable.
Cenando en familia o comiendo pororó con amigos, la gente fue relegando su capacidad de ‘imaginar’, ¿para qué crear imágenes si ya se las daban procesadas de antemano? Poco a poco fueron abandonando su capacidad innata de dar imagen a sus pensamientos. Generación tras generación, esa capacidad fue debilitándose hasta pasar de ser un gesto-distintivo humano a ser considerada una insolencia ¿De qué servía mal-gastar energía en imaginar si las imágenes les eran dadas en bandeja de plata o, mejor dicho, en caja de transistores?
Y así el hombre creció cada vez más gris, perdiendo de a poco la magia que acarreaba ontologicamente con su existencia. Y aquel mundo mágico en que el individuo se libera también fue pereciendo. El mundo onírico fue perdiendo su aspecto mágico-fantástico, siendo llenado de contingencias y lógicas ¿Cómo no iba a suceder eso si el hombre ahora necesitaba que le dictasen qué ver para representar sus ilusiones?
Los hombres comenzaron a soñar con la realidad, soñaban con conseguir aquel aumento por el que tanto se hubieran esforzado, soñaban con el/la hij@ que deseaban tener o con su amad@, los más delirantes soñaban con un juego de cartas con algún familiar muerto. Triste pero des-apercibido, el cambio fue tomando lugar.
En un universo de energías, como lo es éste, la energía no desaparece, se transforma. La magia que fluía por el mundo onírico, como buena energía que es, no podía asfixiarse hasta la extinción. Tras un momento de ordenamiento universal, que a la percepción humana pareció toda una vida, ante la irrupción de la realidad en el mundo onírico, el mundo onírico irrumpió en el mundo real, la magia recobró su lugar de prestancia.
Una época de Caos fantástico había comenzado. Visitantes del Espacio se llevaban a la gente a fines de semana de placer a la luna de Venus, una luna de caramelo, llena de árboles de empanadas, con manantiales de helado y ríos de mermelada, geisers de mate-cocido y volcanes de café con leche, con sus laderas llenas de arbustos de media-lunas; hordas de conejos rosas surcaban las calles escondiendo huevos de chocolate para que transeúntes los encontraran a su paso; los niños se maravillaban al ver que si ponían un diente que se les hubiera caído recientemente bajo la almohada, a la mañana siguiente su lugar lo ocuparía a veces un diamante, otras zafiros o rubíes; miles hicieron fortunas encontrando la olla de monedas de oro al final del arco-iris, otros tantos sacándole brillo a alguna vieja tetera de chapa que encontraran por accidente, dentro de la cual saldría un extraño ser de pantalones bombachos que les concediera 3 deseos (siempre 3, excepto para esos calculadores ambiciosos que deseaban más deseos).
Los que se encontraran con semejantes maravillas cambiaban, en detrimento de su ‘grisés’ adoptaban un resplandor, un brillo encantador; su andar era más ligero y su sonreír más elocuente. Atravesaban una suerte de renacer fantástico que les otorgaba una plena felicidad.
Pero todo tiene su contra-cara. Con la llegada de los sueños, también las pesadillas tuvieron su arribo. Bajo las alcantarillas y en los túneles del subterráneo comenzaron a abitar criaturas horriblemente indescriptibles; espectros horripilantes fueron avistados en casas abandonadas; ancianas de tez verde y verrugas peludas cruzaban el cielo montadas en sus escobas y viejos de huesudas manos, larguísimas uñas y barbas blancas aun más largas lanzaban rayos fulminantes desde las cimas de las torres de reloj. Y los afortunados relucientes tuvieron, a su vez, sus sombríos opuestos: tristes hombres que en detrimento de su ‘grisés’ adoptaban una negrura devastadora. Su andar era lento y apesadumbrado. Cargaban con el peso del terror en sus espaldas; nerviosamente miraban por sobre sus hombros temiendo siempre estar acechados por alguna oscura criatura. El orden bi-polar se había restablecido.
Pero el hombre se jacta de ser centrado y está en constante, si bien inadvertida, pugna con el universo. Era cuestión de tiempo que el hombre empezara a buscar la forma de recuperar un mundo más centrado, más humano, menos cósmico. El tiempo pasó y un hombre tomó la iniciativa; su nombre: Claudio Paul Urquiza. Fue reclutando gente que estuviera dispuesta a hacerle frente a los ‘Oníricos’ hasta hacerse de una suerte de guerrilla.
Paul, como se conocía a Urquiza, y Compañía empezaron a realizar lo que llamaban ‘persecutas’, persecuciones a todos los seres fantásticos, sin discriminar por índole, tamaño o color. Diseñaron armas para hacer frente a dichos seres: Espadas cuyas hojas no eran de acero sino de libros de Física o de Lógica para los más radicales y redes de los mismos materiales para aquellos que fuero posible apresar. Los presos eran atrapados en pequeñas habitaciones empapeladas con periódicos. Eventualmente pasaron de ser esa ‘suerte de guerrilla’ a una eminente institución, la “Paul y Cía.”(“Paul y Compañía”); su contraparte, la Ambo (Asociación de Malos y Buenos Oníricos”). En la calle comenzaron a referirse a los que tuvieran que ver con la Ambo como ‘Mambos’ (o sea, “Miembros de la Ambo”) y a sus perseguidores como “Corta Mambos”, en referencia al ‘set’ de dos espadas que cada uno de ellos llevaba.
Las ‘persecutas’ fueron más y más periódicas, y cada vez más grandes. Los Mambos que quedaron sueltos eran los de más bajo perfil y menor peligrosidad; los grandes Mambos estaban, o retirados, o encerrados entre las páginas de un diario.
Parte 2: El Crimen
por Mr. Meiro Lopez, el 2 de Julio de 2009
Con esta ‘proscripción mambera’ la cordura volvió a las calles. Puertas adentro uno podía albergar a cuanto Mambo quisiera, pero en la calle ‘mambear’ era ilegal. Un ‘Corta Mambos’ cada dos esquinas, todos equipados con un periódico de la fecha enroscado en el cinturón (recién a los 3 años en la Cía. se le otorgaban a uno las espadas), era más que suficiente. Si a un civil se los encontraba con la mirada medio perdida, el miembro de ‘la Compañía de Paul’ tenía la orden de hacer uso de los medios a su disposición; un certero ‘golpe de realidad’ en la cabeza, con el ‘garrote periódico’, y, ‘puff’, le cortaban el mambo. No importaba si era una ‘falsa alarma’, “más vale prevenir que curar” era su lema.
En ese contexto era raro encontrarse con un Mambo rondando por las calles, más extraño aun encontrar a alguien que sufriera a causa de un mambo. Imagínense cuan extraño fue encontrar, en menos de dos semana, 3 personas que murieran a causa de un mismo mambo. Las 3 victimas, un hombre en sus cuarenta, uno más joven en sus veinte y una mujer de símil edad, fueron encontradas en la misma pose: sentados en la vereda, sumamente encorvados, con las piernas cruzadas y las manos, con las palmas hacia arriba, como si hubieran estado sosteniendo algo, apoyadas sobre la intersección de las extremidades inferiores. De lejos parecían como desinflados. De cerca podían verse sus rostros sombríos, cuasi-melancólicos; poco menos que angustiados, poco más que nostálgicos. El informe del forense era más que explicito: “Causa de deceso: Decepción”.
Las declaraciones de los testigos diferían casi en todo excepto en que en algún punto del relato todos hicieron mención de un extraño hombre cargando un gran saco al hombro. Este ‘hombre de la bolsa’ era el único sospechoso que la ‘Paul y Cía.’ tenía. Ante su desconcierto, la Cía. comenzó una ‘Volteada’. A diferencia de las ‘persecutas’ en que se persiguen exclusivamente Mambos, en las ‘volteadas’ se apresan indistintamente Mambos y civiles. Numerosos mochileros y empleados del correo cayeron en la ‘volteada’.
Al aparecer una cuarta víctima y, consecuentemente, ver que a la ‘volteada’ no surgía resultado, se llamó a un detective para resolver esa serie de crímenes. En la Compañía se decía de los detectives que son los que “leen el diario en lugar de usarlo”, eran vistos como administrativos de escritorio, como ‘ratas de biblioteca’, de ahí que se los conociera también como “Ratis”. Pero este ‘Rati’ no era cualquier ‘rati’, él era Juan Álvaro Salomón, nieto de Saúl Saturnino Salomón, el más brutal de todos los ‘Corta Mambos’ habidos y por haber; y nadie osaría constatar si la brutalidad se pasa con los genes llamándolo ‘Rati’.
El Detective Salomón revisó las declaraciones, los informes y demases archivos. Estaba perdido, no lograba encontrar ningún punto de referencia. La última víctima era una solterona octogenaria, nada en común con las otras 3. Y para colmo estaba el tema del ‘Hombre de la Bolsa’ ¿Quién era este ‘hombre de la bolsa’? ¿Sería él la clave del misterio? De ser así, ¿qué llevaba dentro de la tan re-nombrada ‘Bolsa’?
Decidió ir a consultar con su abuelo a ver si él sabía algo que pudiera serle útil. Su abuelo era una leyenda en la Compañía, aun después de retirado. Había luchado en las primeras ‘persecutas’ hombro con hombro con el mismísimo Urquiza, quien lo considerara su mano derecha. En un principio se lo refería como el “Atrapador de Sueños” por su implacabilidad, pero el tiempo y las sucesivas ‘persecutas’ lo fueron tornando más violento, despiadado e inclemente para con los ‘Oníricos’ y llegó a ser conocido por el nombre que lo acompañaría hasta el último de sus días: “El Destripador de Fantasías”. Apodo apropiado si los hay; el muy cebado solía atrapar conejos de pascua con trampas para osos y bajaba hadas con su gomera, utilizando ‘rompe-portones’ a modo de munición. Era un tipo jodido, pero poco se le puede decir a quien fuera capaz de ‘cazar’ a Moby Dick con solo un ‘tramontina’ y un filtro de café. Sí, un tipo jodido, pero muy groso.
Llegó a lo de su abuelo para encontrarlo con su sombrero de ‘Safari’ puesto; solo podía significar una cosa: se iba de cacería.
-Hola, ‘Abue’ ¿Cómo va? Te quería consultar por un caso que me pasaron.
-Bueno, pero que sea rápido, Juancito. Me está por pasar a buscar el ‘remís’, tengo un ‘Dragón’ directo a París que sale en una hora. Parece que hay un ‘Hombre-Lobo’ dando vueltas cerca de la ‘Eiffel’. Estoy re-ansioso, desde que el Prof. Van Helsing estacó al ‘palero’ ese de Drácula, no hay monstruos dignos de salir a cazar.
-‘Empalador’, no ‘palero’, Abuelo.
-Bueno, bueno, casi lo mismo. A ver, contame los detalles del caso.
-4 muertes por decepción, único sospechoso: un hombre con una bolsa fue visto en todas las escenas de crimen.
-¿‘Muertes por decepción’? ¿Qué es eso? Si me decís “víctimas de un ataque de ‘gárgola’”, como mucho “un ‘genio’ cumpliendo un deseo de muerte”, en eso sí te puedo ayudar. “Muertos por decepción”, no, de esas sutilezas no cazo un palo, yo. Igual, sé de alguien que te puede llegar a ayudar, pero te vas a tener que pegar un flor de viajecito.
-A donde sea ¿De quién hablás?
-Es un Mambo que se retiró hace años. En su último trabajo se enamoró de la chica que se suponía iba a espantar y largó todo a la mierda. Ahora está casado con la ‘chabona’, tiene laburo y toda la bola. Tal vez lo oíste nombrar, ‘El Cuco’.
-¡¿’El Cuco’!?- era imposible, hacía más de una década que nadie escuchaba de él, muchos lo pensaban muerto-¿Sabés dónde encontrarlo?
-Sí, pero que no se te escape, es un secreto. Te vas a tener que ir a ‘Rurrenabaque’, es un pequeño pueblito a 3 días de vuelo en alfombra mágica. Una vez allá, preguntá a cualquiera por el ‘Cucu’ y te van a saber decir.
-¿“Cucu”?
-Así se hace llamar ahora, es un nombre cariñoso que le puso la mujer.
-Lo que no entiendo es cómo nunca fuiste a cazarlo, sabiendo dónde está.
-El tipo largó todo por una mina ¿Qué querés que le haga? Soy un romántico, creo en el poder redentor del Amor. Eso sí, en la primera que mee fuera del tarro, ¿sabés como me le echo encima? Se la tengo re-jurada al Mambo ese.
El claxon del remís los interrumpió y anunció la partida del ‘Destripador de Fantasías’.
Se calzó dos rifles al hombro y enfundó sus revólveres en su cinturón.
-Después contame como te fue con el caso. Ahora, deseame suerte- le pidió a su nieto mientras encascábase el sombrero y encaraba hacia la puerta.
-Suerte, ‘Abue’- respondió éste. Al ver la espada de Física y la de Lógica en el paragüero, preguntole- ¿No llevás tus espadas?
-No-respondía mientras cruzaba la puerta-, la Física y la Lógica son solo para putos.
“Será mi abuelo, será un groso y todo eso- dijo para sí al verlo ir-, pero qué ‘cabeza’ que es.”
Parte 3: El Perito
por Mr. Meiro Lopez, el 2 de Julio de 2009
Pasando por sobre la mágica ciudad de Caranavi, a un día de ver los barriales del pantano embrujado de San Borja, tras 4 días ininterrumpidos de vuelo arribó a Rurrenabaque. Tardó más de lo previsto porque, considerando alquilar una alfombra mágica para una sola persona como un desperdicio de los recursos de la Compañía, decidió, en su lugar, alquilar un tapiz mágico, los cuales son considerablemente más lentos que las alfombras. Pudo ver lo grave de su error al encontrarse con que a lo largo de su último día de viaje no había parado de llover. Aun así, para su sorpresa, el cielo se aclaró por completo la mañana en que aterrizó en Rurrenabaque.
Rurrenabaque es un oasis de cotidianidad en una tierra de extravagancias. Queda a orillas del Beni, río infestado de todo tipo de terribles criaturas, entre ellas las ‘anguilas eléctricas’, los voracísimos ‘caimanes de malaquita’ y, las peores de ellas, los ‘delfines rosados’. En su otro flanco se encuentra el misterioso bosque del Madidi, donde ninguna expedición explorativa ha superado la primer noche en su interior. Lo único que se sabe del bosque es que es el hogar de las insaciables ‘hormigas vegetarianas’, seres capaces de devorar cualquier cosa menos carne; campamentos enteros desaparecieron a su paso, quedando de ellos solo legiones de hombres desnudos, absolutamente des-cabellados, des-dentados, sin uñas (o des-uñados) y sumamente desconcertados. Y por el lado restante, lomas y lomas plagadas de ‘cebúes’. Qué bicho raro el cebú; es como cruzarse con un jorobado albino, pero en vaca. En medio de todo eso, Rurrenabaque. Lleno de gente que sabe que, en la medida que no atraviesen los limites que la naturaleza ha deparado para su pueblo, nada malo les sucedería. A semejante lugar había llegado el Detective Salomón.
Recorriendo la plaza central encontró un anciano sentado en un banco bebiendo ‘tereré’. Acercósele para pedirle indicaciones pero el anciano lo sorprendió iniciando el diálogo.
-Mira, que hermosa mañana. La naturaleza me ha sacado de la cama.
-Sí, la verdad que sí- respondió secamente el detective, poco le importaba lo que un viejo campesino tuviera para decir a cerca del clima-¿Sabe usted dónde podría encontrar yo al… ¿Cucu? ?- preguntó al anciano dejando de lado toda muestra de innecesaria cordialidad.
-“Cucu”, “Cucu”… ahhh, te debes referir al señor Melo. Se llama Alfredo, creo que la mujer le dice ‘Cucu’ no más. Sí, es el dueño de la fábrica de rejos cucú.
-De ser la misma persona de la que estoy preguntándole, ¿sabe dónde podría encontrarlo hoy?
-Y… en mañanas como la de hoy, suele salir a caminar por las lomas de los cebúes para admirar el arco-iris. Si todo está en orden, lo podrás encontrar entre la 2° y la 3° loma.
-Muchas gracias, Don. Disfrute su mañana.
-No hay de qué. Disfruta la tuya.
Encontró un enorme hombre sentado en una reposera, fumando de su pipa, justo donde el anciano le había dicho de ir. Estaba sentado de cara al arco-iris, leyendo un libro, muy concentrado, casi hipnotizado.
-Disculpe, señor- lo rescató bruscamente de su trance-.
-Uy, chabón, que ‘corta mambos’.
-Peor, soy ‘Rati’.
El reposante no pudo ocultar su desagrado.
Tras un poco-necesario preludio en que el Cuco fue ‘desenmascarado’, se dio una incomodísima conversación en la que el Cuco trató de librarse cordialmente del detective, el cual contestó con una muy sutil cuasi-extorsión que podría resumirse a modo de “o me ayudás o te ‘botoneo’” (re-rati era el pibe). Ante semejante ‘oferta’ el Cuco no pudo más que aceptar.
Plegó la reposera y des-plegó una manta, que estaba usando para cubrir sus piernas, sobre el piso y, tras tomar asiento, invitó al detective a hacer lo mismo a su lado. Pidió la información del caso y fue puesta en su totalidad a su disposición. La inspeccionó y se tomó un momento para ‘digerirla’. Cargó su pipa y se echó sobre su espalda a jugar haciendo aros de humo y ver las nubes surcar el cielo.
-¿Y?-preguntó un tanto impaciente el investigador-¿Tenés algo que me pueda servir o me hice todo este viaje al pedo?
-Mira, ‘hermano’- le respondió el perito ocasional en un tono no tan fraternal-, vos viniste a mí en busca de ayuda, no al revés; así que lo menos que podés hacer es seguirme el juego y bancarte mis tiempos.
Compungido, le dio la razón y disculpose por su ansiedad. Sobre-satisfecho de haber mandoneado al ‘Rati’, se irguió y aclaró su garganta anunciándole que se avecinaba un largo monólogo. Entre las masas de humo que manaban de sus fosas y boca, comenzó su oratoria.
-Voy a tener que darte una pequeña clase de cosmología, creo que es la forma más simple que tengo para explicarte. Para entender un mambo, primero tenés que entender cómo se crea un mambo, para entender cualquier creación, tenés que entender un poco del universo antes.
El universo: es un cosmos (orden) de caos (des-orden); más simple, un quilombo ordenado. Como la habitación de un adolescente rebelde, sólo el que sepa observar podrá entender su orden. Imaginate un gran Cosmos dividido en pequeños quilombitos, muy distintos entre sí, que a su vez están constituidos por pequeñas secciones de orden. De más está decir que estos pequeños ‘mundos’ de orden están a su vez constituidos por pequeñísimos quilombos; y así y así. Así es que en las regiones caóticas del universo hay seres que responden y representan este mismo principio universal; seres que funcionan a base de energía caótica. Desde ya tienen su contraparte de seres que funcionan a base de energía cósmica que habitan en las regiones ordenadas del universo.
-Pero, ¿por qué decís que todo constituye un gran Cosmos? ¿No podría ser todo un gran Caos? ¿O es una de esas ‘cuestiones de fe’? – preguntole despectivamente.
-Primero que nada, no interrumpas. Segundo que nada –continuó, con un error forzado-, no te la des de ‘abogado del diablo’, pibe, que te falta mucha calle.
El orden último se comprende al saber que hay leyes que cortan transversalmente el universo, tanto en sus ámbitos caóticos como en los cósmicos. La ley que nos interesa nos lleva al aspecto ‘cosmogónico’ de la lección. De la misma manera que encontramos una suerte de sub-ordinación de ‘cosmos-caos, cosmos-caos…’ en las regiones, o mundos, del universo, algo similar sucede con sus seres. Los seres de Caos crean los seres de Cosmos, los que a su vez crean a otros seres de Caos, y así y así. Con la consecuente sub-ordinación ‘creador-creado’. A saber, “dos puntos”: Los Dioses, seres caóticos e incomprensibles si los hay, funcionan a base de ‘éter’, energía caótica que, para que te des una idea, es la misma energía que hace funcionar al sol. Como acto secundario e involuntario, éstos crean seres que funcionan a base de vida, una energía cósmica. Los seres humanos, como ya has de saber, son unos de tantos de estos seres. De la misma manera con que los Dioses los crearon, ustedes crearon seres que funcionan a ‘magia’, seres caóticos. El tema es que los hombres aspiraron a un orden mayor al que les correspondía y los seres mágicos sufrieron el destierro de su mundo, el mundo de los sueños, a éste.
-Eso sí lo sé, me lo explicaron en el 1° año de entrenamiento de la Cía.. Lo que no me estás diciendo es cómo nacen los Mambos.
-Paciencia, pequeño ‘Pepe Grillo’, a eso voy. La magia en sí no es creada por los hombres, es creada como consecuencia de lo que los hombres hacen o, mejor dicho, lo que los hombres sienten. Parecido a cómo el agua condensa en nubes, los sentimientos humanos ‘condensan’ en magia. Es por eso que la magia puede ser tan variada como lo son los sentimientos. Dependiendo del tipo de sentimiento que genere la magia, será el tipo de magia que se obtenga. Pero al igual que un sentimiento es ambivalente también lo puede ser un ser mágico (no solo hay mambos claros y mambos oscuros, hay una gran gama de sombreados de por medio). Por ejemplo una alegría exacerbada puede nublar el juicio de un hombre resultando para éste en una catástrofe o sino la anti-patía puede ser lo que salve a alguien de relacionarse con gente que le puede resultar nociva; así, son los cantos de las Sirenas, seres hermosos y luminosos, los que hacen que los barcos se estrellen contra los arrecifes o las Gárgolas, seres terribles y oscuros, los que evitan que los Demonios, seres peores aun, entren en iglesias, templos y demases lugares sacros.
Pero, perdón, me salteé un paso. Tenemos la ‘nube’ de magia ¿Qué viene ahora? La “pre-ci-pi-ta-ción”- dijo con tono de ‘maestro ciruela’, para frustración de un ‘Rati’ cada vez más impaciente-. Ésta puede venir en forma de ‘suceso’(por ejemplo, la magia proveniente del sentimiento ‘Fe’ precipita en forma de ‘Milagros’) o en forma de ‘ser mágico’, también conocidos como ‘Mambos’.
Ahora, tomemos un Mambo ‘X’: yo. Yo soy producto de su vergüenza. Desde que Pandora, esa prostituta griega, guardara su lista de clientes en una caja debajo de su cama(no te das una idea del quilombo que se armó cuando abrieron esa caja, una comunidad entera se vino abajo tras que las mujeres expulsaran a los maridos de sus casas), los hombres han guardado, ya sea bajo la cama, en el placard o en el ático, cosas que los avergüenzan. Lenta pero progresivamente la vergüenza se va condensando. Algo va tomando forma, una en-un-principio-leve, sutil, presencia que desde ese oscuro lugar (bajo la cama, etc, etc) los empieza a incomodar; los asecha todo el tiempo. Es el temor a que alguien eche un ojo donde no debe, es el miedo a que en cualquier momento uno puede quedar desnudo ante todo el mundo: soy yo, El Cuco. Y cuando sus mentes están mas permeables, sumergidas en un profundo sopor, salgo de mi escondite y susurro a sus oídos sus secretos más oscuros y dejo que el miedo a que la persona durmiendo a su lado escuche mis palabras los corroa por dentro; o sino, me acerco a la ventana para estas mismas cosas gritarlas a pulmón pelado lo que los deja temerosos del mundo exterior. Esa vergüenza, ese ocultar su oscuridad es lo que me da el ser. Ah, pará, vale agregar que ya no hago esas cosas, ya me retiré. Por las dudas lo digo; me olvido que estoy hablando con un oficial de la ley.
-Sí, sí, todo muy bonito, pero, ¿y ‘el hombre de la bolsa’?
-Uh, chabón, ya va. Tendrías que comprarte una pelotita de goma-espuma para apretar, un cubo ‘Rubik’ o algo; sos muy ansioso.
A ver, ¿en qué estaba? Ah, sí, soy su vergüenza. Pero… eso, una vez ‘condensado’ ya soy. No necesito que un adolescente guarde un piloncito de revistas ‘xxx’ bajo la cama para poder atemorizarlo, lo único que necesito es que sea falso. Y te digo, hay mas gente ‘falsa’ que ‘original’ dando vueltas, nunca me fue difícil encontrar a quien romperle las bolas. La cuestión, yo re-presento todo lo que un hombre quiere no-ser y sabe que es; ese ‘saber’ lo acompaña todo el tiempo. Por decirlo de alguna manera, yo solo la enfatizo, pero la vergüenza está siempre presente.
Ahora, tu ‘hombre de la bolsa’ mata con un súbito golpe de ‘decepción’. La decepción es repentina, es fulminante. Al parecer, este Mambo es un artista del terror, es un ‘terror-ista’. Cada ‘miedo’ que saca de su bolsa pareciera ser meticulosamente elegido para cada víctima en particular, de ahí que sean mortales. Si estoy en lo correcto, en la bolsa lleva lo que los hombres niegan de sí. Ver lo que ocultas de tu persona, te debilita; ver aquello de ti que niegas, te destruye. Lo que uno niega, los desecha; lo aleja lo más posible de sí y lo olvida. De alguna forma, este Mambo llega a estos ‘desechos’ y los carga en su bolsa. Lo que yo haría es buscar en las cercanías del Basurero de la Ciudad o en la empresa de recolectores de basura.
-¿No era más fácil arrancar por ahí en lugar de tenerme escuchando tus teorías de flujos de energías y no sé qué más?
-Ah, no te la puedo creer ¡Margaritas a los chanchos!
“¡Cuucu! Ya está la comida” se oyó a la lejanía.
-Ya voy, mi amor- respondió al llamado y volteó nuevamente a su entrevistador-. Hay muchas cosas que se pueden decir del Cuco, que es un mal anfitrión no es una de ellas. Asumo que te quedás a comer, ¿no? No sabés lo que cocina mi mujer… para chuparse los dedos.
-Y… la verdad es que tendría que ir partiendo. Pero, si me lo decís así, no te voy a decir que no.
-Me parece perfecto.- Levantaron campamento y se fueron a lavar las manos.
Parte 4: “Es un Criminal Mambo”
por Mr. Meiro Lopez, el 2 de Julio de 2009
Tras un largo, abundante y plenamente satisfactorio almuerzo en el que el Cuco convenció al detective a llevarse su alfombra ‘último modelo’, que con ese “tapete” iba a llegar en el “año del ñaupa”, que para cuando llegase el ‘hombre de la bolsa’ ya se iba a haber retirado hace rato y que de esa manera iba a tener una excusa extraoficial para volver a visitarlo, comenzó su retirada. Lo último que hizo antes de partir fue una parada a orillas del Beni para enviar una ‘nota en una botella’ a la Compañía, en la que explicaba una nueva teoría que se le había “ocurrido” a cerca del ‘Hombre de la bolsa’. Una ventaja de vivir en un mundo lleno de magia es el ‘Sistema de Mensajería Hídrica’. Si uno escribe una nota, la mete en una botella tapada y la arroja a un tramo de agua afluente, en menos de 3 horas, la nota indefectiblemente llegará a su destinatario. Ya sea ‘enviada’ por río, arrollo o por un des-agüe de la calle en un día de lluvia, en menos de 3 horas, la nota llegará a su destinatario. Ya fuera recibida por canaleta, canilla o por inodoro, en menos de 3 horas, el destinatario obtendría su nota. Como podrán imaginar, se dejó de usar el ‘bidet’.
Entrada la 2° mañana estuvo de vuelta. Un teniente le contó de un último asesinato; también le informó que, siguiendo su teoría, habían ido al depósito de basura de la ciudad y a la central de la empresa de recolección de basura. Al parecer, de la lista de sospechosos que lograron obtener de su teoría, el único que faltaba interrogar era el cuidador nocturno del basurero, un hombre llamado Víctor Van Petersburg. No habían podido localizarlo. Salomón tomó las riendas de la investigación y levantó una ‘persecuta personal’ en busca de aquel hombre. Al 2° día de no dormir y no encontrar volvió a su casa a reponer energías. Justo antes de introducir la llave en la cerradura oyó a alguien decir su nombre a sus espaldas. Él sabía de quién se trataba.
-Víctor Van Petersburg- contestó. Volteó para encontrarse con un hombre de gorra mugrosa, un largo sobre-todo y cargando un viejo saco marrón a no más de 3 pasos de distancia.
-Por favor, no hay razón para usar pseudo-nimos sin sentido.
-Hombre de la Bolsa- rectificose.
-¿Cómo llegó a dar conmigo?
-Con la ayuda de un Mambo amigo- le respondió rimando in-intencionalmente.
-¡Ese ‘botón’ de Melo! Un pequeño consejo, nunca le cuente de sus proyectos personales a nadie; tarde o temprano todos se van de boca.
-¡Qué ‘chamullero’ hijo de puta! Pensé que había deducido todo de la nada.
-Será ‘chamullero’, pero es un gran anfitrión a su vez.
-A pleno ¡Y cómo cocina la mujer!
-Uh, sí ¡Qué de delicias!
-En fin- interrumpió abruptamente el ‘ping-pong’ de ideas concordantes a cerca del Cuco- ¿A qué debo el placer de tan buscado encuentro?
-Cómo podrá imaginar, tengo algo para usted. Es una prueba, no todos han logrado pasarla ¿Está listo para ver lo que tengo para mostrarle?
La mano entró en la bolsa, pero nunca salió de ella. Es que ni bien se puso a examinar su mochila en busca de aquello que buscaba exhibir, el filo de la Lógica cortó su mambo de inspección equipajica al cortar su cabeza. Mientras re-enfundaba su espada se preguntó si el uso de ésta no había sido un tanto drástica y la situación no hubiera sido mejor contenido con el uso del ‘garrote periódico’. Ante el cadáver decapitado de su adversario, no podía más que aceptarlo; era igual a su abuelo, no más que un bruto que ab-usaba de su poder. Qué decepción. Bueno, no tanto. En el fondo ya lo sabía, solo no quería hacerse cargo.
Ahora bien, debía llamar a la jefatura para notificar lo sucedido. Pero no iba a hacerlo, no todavía. Tenía la oportunidad de ver la basura de la gente, secretos tan oscuros que debían ser olvidados para poder continuar viviendo, y estaba debatiendo con-sigo mismo si aprovechar o no dicha oportunidad. Es que antes de ver la basura ajena debía ver la suya propia, y no sabía si era lo suficientemente fuerte como para soportar el verla ¿Era capaz de ver su propia imagen sin los reparos que el reflejo nos impone, capaz de verse sin necesidad de la inversión de valores (izquierda-derecha, adelante-atrás) que el espejo hace antes de devolvernos nuestro ‘aspecto’? hay una razón por la que la naturaleza no nos permite vernos, por algo nunca podremos mirarnos a los ojos y solo se nos permite ver el dorso de nuestros parpados; misma razón que no nos permite oír nuestra voz sin la necesidad de una grabación. Lisa y llanamente no estamos listos para pararnos frente a frente con nosotros mismos. Aun así, iba a mirar en la bolsa. Es que la ansiedad de la intriga lo estaba volviendo loco; a demás, ¿quién podía afirmarle que todas esas razones que se planteaba para no-ver en la bolsa tenían real fundamento?
Pero no podía ignorar el hecho de que algo en esa bolsa era exclusivamente para él y que de verlo, podía llegar a morir. Decidió desparramar cuidadosamente el contenido de la bolsa en la vereda, de aquella manera eso que no tenía que ver podía pasar des-apercibido entre tanta basura. Lo hizo y lo único que vio fueron incontables fragmentos de espejos; cuidadosamente dispuesto ante él, un caos de incontables versiones suyas en miniatura le devolvían la mirada. Había un dejo de ‘bronca’ en esas pequeñas miraditas, el mismo dejo de bronca que había en su mirada de tamaño regular. “Espejos- se dijo-, justo lo que esperaba. No, pero… ¡Literalmente lo que esperaba!”¿Ese era el ‘graan’ misterio? ¿Eso era todo lo que había dentro de ‘la Bolsa’ de ‘El Hombre de la Bolsa’? ¡¿Espejos?! Es que esperaba algo más rutilante, más petardista, más original. Qué decepción; esperaba algo más imaginativo.
FIN
Echando raíces
por Jonás, el Bombero Incendiario, el 28 de Junio de 2009
Era peludo. Soy peludo. Al menos, hay mucho cabello de mi cabeza para arriba. Por encima de mi cabeza, nada. Tampoco esperen algo extraño. Por encima de mi cabeza, el techo, o el cielo si nos queremos poner en románticos o astrónomos. Pero… lamentablemente, soy un pelado en potencia. Mis antepasados, mis entradas audaces en bares nocturnos y el cabello que busca su futuro en las cañerías que se abren dentro de mi bañera como boca de sapo, así lo indican. El dedo índice, y luego el pulgar, señalan, al compás de un paisano en la montaña, hacia ese sur que no vemos porque un filo, con más altura que en el que nos encontramos actualmente, nos impide visualizarlo con nitidez, aunque sabemos que allí se encuentra, allí nos está esperando.
A pesar de ese destino que amenaza con tornarse irremediable, una esperanza se transformó en mi salvavidas, en mis flotadores. Reconozco que la primera vez que lo vi la desconfianza se apoderó con fuerza (no mucha, es cierto) de mis sensaciones primerizas. Había un pelo de más. Era un pelo distinto, distinguible. Casi un pelo patito feo. Un pelo ermitaño y no un pelo tudor. Su característica principal… ser un pelo que iba de frente. Practicaba el duelo, o mejor dicho, siempre estaba preparado si se presentaba la ocasión. En el sur borgiano tenía su fama. No era ningún mariquita. No había Sánchez de Thompson que se le animase a ese de bigotes agudos. Ningún par de zapatos se le plantaba en espejo. Por otro lado, es justo aclararlo, por debajo de la línea que trazaba el Río Colorado, en pleno desierto, no se necesitaba mucho para ser pulenta. No existían rivales para un pelo ermitaño, pues como la identidad –por otro lado bien asumida y asimilada- que le asignaba el adjetivo calificativo, se trataba de un pelo ermitaño.
Su localización, vía orientación GPS, tiraba coordenadas que dibujaban un triángulo de bermudas y mocasines. Es difícil saberlo con exactitud aunque los rumores color gin con vodka –y que salían de la pulperías dando tumbos, tragando polvo y yuyos- hablaban de una pulgada por sobre la ceja izquierda. Según se cruzase con un rayo de sol o una iluminaria artificial, su brillo cobraba mayor o ninguna intensidad. No tenía brillo propio. Como una flor más, como un hombre más, ese pelo se despertaba, se levantaba, sacaba pecho y enderezaba su torso al calor de la luz. A medida que la oscuridad cedía y la luz avanzaba a trotes ganando terreno, el pelo, casi bailando, primero estiraba sus brazos de manera de quedar perpendicular a su raíz y, como segundo paso, hacía una brazada de pecho. Luego, con el pecho expulsado hacia fuera, dejaba caer su cabeza paralela al suelo y al cielo y, de esta manera, daba a conocer su existencia al mundo.
Sus apariciones, no obstante, no seguían un calendario. Eran esporádicas y siempre fugaces. El ojo de un extraño, de otro, debía tener la disciplina de un monje budista o de un fundamentalista del empirismo si deseaba capturar el momento de la reencarnación, de su cíclico -aunque temporalmente anárquico- renacimiento. Si por una de esas casualidades el ojo extraño se tropezaba azarosamente con el pelo, lo más usual era considerarlo como la aparición de un poltergeist, lo que implicaba que si se trataba de un ojo escéptico, la sentencia, escribiendo en términos naturalistas, concluiría en las ilusiones ópticas, reflejos de luces o etcéteras neuronales.
El giro inesperado de la historia de nuestro pelo ermitaño y, en definitiva, de nuestra única esperanza, nos llega cuando, durante el transcurso de un viaje en trencito en pleno carnaval carioca, se aferra con las dos manos de las caderas de la chica del ombligo con mariposas o que tenía mariposas en el ombligo. Sí, la misma que besaba leprosos y cuyas pieles faciales formaban pliegues que daban origen a volcanes en erupción. Aún así, no dejaba de ser bonita, poseedora de una belleza que amerita dolorosos sacrificios, incluso tratándose del pelo ermitaño.
Ella nunca había escuchado hablar del pelo ermitaño. Desconocía su leyenda. Los cuentos que versan sobre personajes folklóricos de nuestro desierto no participaban de la compilación de ninguno de los libros que ella ubicaba en su biblioteca. Por esa misma razón, su reacción tiránica luego de ser protagonista -poco tiempo después de un violento ataque de bombas de tiempo- de uno de esos por momentos míticos encuentros azarosos, fue condenar el pelo ermitaño, paradójicamente, al exilio, al destierro. Ella pidió que lo echen de raíz. Ella me pidió que realice el sacrificio. Ella me imploró el sacrificio. Las razones, las desconocemos. Tal vez, se trataba solamente de una cuestión de piel. No lo sabemos, ni tampoco intentamos en su momento indagar en las causas de la, creemos, desacertada decisión. Nosotros procedimos simplemente como lo ordenan los usos y las costumbres, las leyes no escritas. A modo de conclusión sometemos a lectura –y si es posible a juicio- el breve diálogo, que en ejecución, dio lugar a la condena referida previamente.
-José Luis, eso es un pelo?
-Eh? De qué me hablas?
-De ese pelo que tenés, ahí –su dedo índice presiona sobre mi frente provocando una aureola amarillenta, que al poco tiempo se desvanece como si nunca hubiese existido, exactamente a una pulgada de distancia de mi ceja izquierda, justo al norte. Mi sonrisa nerviosa, claramente falsa, artificial, fue la prueba que se necesitaba para demostrar, confirmar, que yo sabía que se trataba del pelo ermitaño. En ese mismo instante, la sonrisa fue el tropiezo que el acusado debía evitar y que decidió la condena.
-Ah, sí, el pelo. Desubicado, no?
-Te pido que te lo arranques José Luis. No voy a poder seguir mirándote a los ojos si ese pelo sigue ahí. Sacátelo.
-Pero…
-Pero nada. Sacátelo. Yo no subo si no te lo sacas.
-Ok, me lo saco, pero solamente porque quiero tomarme con vos la línea A y luego hacer combinación con la D.
No me arrepiento, pero pienso que te extraño. Mierda! Cómo te extraño Señor Pelo Ermitaño!
